Una nueva idea de realidad conlleva una nueva idea de inteligencia, y a la inversa, una nueva idea de inteligencia conlleva una nueva idea de realidad. [1] No existe prioridad de ninguna sobre la otra. Inteligencia Sentiente es una refrescante propuesta sobre la inteligencia, no como inteligencia comprensiva, sino como inteligencia aprehensiva o impresiva, inteligencia directa y no mediatizada sobre las cosas y que se conoce tradicionalmente como ‘Nous’ (en oposición a la inteligencia dianoética discursiva). De donde nace el neologismo “noología” (en vez de epistemología) fabricado para referirse a esta propuesta gnoseológica en tanto estudio del ‘Nous’.
La idea central del tríptico “Inteligencia Sentiente” (1980-1983) es que la función de la inteligencia no es otra que la intelección, y la intelección humana es formalmente “una actualización de lo real en la inteligencia sentiente”.
“He aquí la idea, la única idea que hay en todo este libro a lo largo de sus centenares de páginas. (IRE.14).
Aparentemente resulta una afirmación fácil de comprender. El nudo de la trama se halla en esta idea de “actualidad o actualización” (tal como el nudo de “Sobre la esencia” se halla en la idea del “de suyo”)
La actualidad no es un estar “presente”, sino que es un “estar” presente. Presentidad es algo fundado en la actualidad” (IRE 144)
Lo novedoso está en que la inteligencia y la sensibilidad son una sola facultad, de modo que al inteligir sentimos y al sentir inteligimos la realidad. Digámoslo en una frase: la realidad se siente. La inteligencia es el sentido de realidad. Resulta algo novedoso y problemático, pues la tradición nos enseña que la inteligencia no puede “sentir” la realidad, simplemente porque al sentir aprehendemos lo “inestable” de las cosas, aquello que sucede sólo una vez, pues no podemos (svv) “experimentar” algo dos veces, como enseñaba hace 2500 años Heráclito. La tradición insiste que la realidad, en cuanto tal, es lo “estable”, lo que es siempre (αεί >aeí), como decía Platón, lo que no pasa ni cambia y por lo mismo, sólo puede ser inteligida o (svv) pensada. De modo que la realidad inteligible no puede ser sentida y lo sensible, siempre cambiante e inestable, no puede ser aprehendido por la inteligencia sin paralizarlo. Este ha sido y sigue siendo, el gran problema que la inteligencia plantea a la filosofía y que en esta obra se vuelve a replantear.
La intelección conduce a la apropiación de las cosas para extraer de ellas la riqueza de propiedades que sostienen la realidad del hombre y ofrecen las posibilidades de realización personal[2]: en este afán la intelección separa, distingue, clasifica, ordena, define, analiza y compone la realidad de las cosas aprehendidas haciendo uso de perceptos, fictos, conceptos, juicios, teorías, raciocinios….en una actividad que no es mera “noesis” sino que elaboración o construcción activa de lo aprehendido, convirtiendo a la intelección en un acto verdaderamente “noérgico”. Pero al “sentir” la inteligencia no toma distancia, no se pone ante las cosas, ni va hacia ellas ni se las apropia ni se afana, sino que fluye en la realidad conectada con ella a través de las cosas. Propiamente es desde la realidad que vamos a las cosas en un acto de apropiación que es lo propio del conocer y cuyo acervo final es el saber.
Infortunadamente a este “estar en la realidad” lo llamamos “sentir” al igual que el sentir animal, propio de una relación orgánico-sensible. Por una parte es acertado llamarlo sentir, porque la inteligencia es orgánica y efectivamente está sintiendo orgánicamente, padeciendo, no hay otro modo. Pero por otra desvirtúa el acto de sentir de la intelección, porque nos hace pensar que este acto equivale al sentir animal. Nada más ajeno a la verdad. Porque si el sentir es propiamente animal, entonces el hombre no siente, aunque haga uso de sensores orgánicos. Pero si el sentir es propio del hombre, entonces el animal no siente. Para solucionar este perturbador ‘impasse’ lingüístico podríamos, aunque resulte grotesco, proponer al menos por unos instantes, que el animal no siente sino que sólo se afecta estimúlicamente; entonces el hombre siente y no sabemos lo que sucede realmente con el animal. O, a la inversa, si aceptáramos que el animal siente, entonces podríamos decir que el hombre “sentimenta”. Valga este grotesco ejercicio lingüístico para ilustrar lo que queremos decir, esto es, que el sentir animal y el sentir humano son esencialmente diferentes y no sólo diferentes en grado. Sin embargo la situación desafortunada persiste, pues seguiremos usando el término sentir con esta odiosa ambigüedad que arrastra. Zubiri deja ver esta cuestión cuando utiliza el neologismo “sentiente” (y no “sintiente”, como debiera ser).
Por otra parte, no hay manera de explicar el “encuentro” que se produce en el sentir sino como una presencia en el que lo real cobra realidad en el que siente; pero sobre la marcha Zubiri explica que esta presencia no es exactamente una presencia de algo “ante mí”, sino propiamente una “actualidad”, dando a entender con ello la idea de un estado de co-fusión o co-actualidad de la persona y las cosas, en la cual no hay estrictamente una “relación” y por lo mismo sobra el “y”, pues se trata más bien de un constructo en el cual los elementos que la constituyen se intergeneran, –como bien dirá Zubiri— “en estricta respectividad”. Visto así, la persona no es más que un vacío abierto a la realidad de las cosas a través del sentir orgánico de la intelección. A este estado primario de la intelección se lo denomina impresión sentiente de realidad. Y no es del todo inadmisible la tesis fenomenológica de Heidegger cuando sostiene que la primera impresión en la que percibimos las cosas sea en una unidad de sentido y no en su realidad esencial. Percibimos primero mesas, lápices, sillas, libros (cosas-sentidos) y sólo después por un esfuerzo ulterior percibimos las notas sensibles en su realidad de tales separadamente (propiedades reales). Desde el punto de vista de una inteligencia conocedora y concipiente, este proceso sigue dicho orden. Pero desde una inteligencia intelectivo-impresiva es necesario insistir en la anterioridad de la realidad de la cosa-real a la unidad de sentido de la cosa-sentido. Pero esta insistencia no apunta a una prioridad cronológica de la cosa-real, como es lo propio de las propiedades reales de una cosa aprehendidas a través de los canales orgánico-sensibles de la inteligencia sentiente, color, textura, tamaño…sino a una prioridad estructural, si se quiere “metafísica”, factual o fundamentativa y no fáctica que se produce en la intelección. No debemos confundir origen con fundamento. La cosa-sentido como realidad posibilitante o posibilidad de realización personal es percibida sólo sobre la realidad de las propiedades reales que en propio tienen las cosas[3]; lo primero se halla estructuralmente fundado en la realidad, pues sin realidad no podría haber cosa-sentido; lo cual no obsta a que ambas se den ‘a simultaneo’ en la aprehensión primordial de la inteligencia. Salta a la vista el absurdo que se produciría si no hubiese más que unidades de sentido, pues sería imposible todo encuentro intercultural, sería imposible toda traducción idiomática.
A fuer de ser intelectiva, la impresión primaria no es un haz fragmentado de sensaciones según el número de sentidos que obran en la percepción, como sería la postura que asumen quienes sostienen que la percepción primera es meramente “sensible”, sino que por tratarse de una percepción real, la realidad de las propiedades o notas reales incluyen las alteridad de las otras notas o propiedades que constituyen el “de suyo” unitario de lo real. En cada nota están las otras; lo cual no es algo perceptible sensiblemente, sino sentientemente en tanto real. Por ello no vamos de las propiedades a la cosa, sino que estamos “a una” (aunadamente) en ella
“Todo lo que el hombre intelige es inteligido como algo “de suyo”. Esta es la esencia formal de la intelección” (HD. 33)
“Inteligencia y realidad” –como finalmente se intituló el primer tomo de Inteligencia Sentiente (1980) – es una obra íntegramente dedicada a la Aprehensión Primordial de realidad. Se trata de un momento estructural constitutivo de la intelección humana, primordial más que primero, en el que lo real aprehendido no logra mantenerse o sostenerse en tal condición un segundo siquiera. Como impresión es tan poderosa e impetuosa que no nos permite permanecer en su condición de impresión y nos lanza instantáneamente hacia afuera de lo real aprehendido en impresión sentiente y hacia adentro, hacia la campal profundidad de la realidad que hay en y desde cada cosa. La aprehensión primordial es más bien el lugar de encuentro hombre-realidad desde el cual la inteligencia inicia la noergia intelectiva del conocimiento. La aprehensión primordial es pura “aperturidad sentiente”, inicial, incoactiva e inconclusa. De la realidad nunca salimos, porque no es posible salirnos de la realidad, pues estamos retenidos por ella, por eso nunca salimos de la aprehensión primordial. Sin embargo, estar en la realidad sentientemente no coincide con el “estado” o “status” que se tiene al estar en la realidad. Difícilmente permanecemos en el estado primario, de suyo insostenible. Aunque Zubiri insiste en que desde la dispersión de notas reales llegamos a la unidad de lo real como “cosa”, fenomenológicamente la impresión por ser siempre intelectiva se percibe como un “esto” real, aunque no contemos aún con la palabra “esto”, como lo haría un lactante usando la mano o un dedo para indicar unitariamente lo que ha aprehendido. Sin embargo en el “esto” ya hay una insistencia intelectiva o reactualización o elaboración o, si se prefiere, una construcción unitaria; hay un percepto. Lo cual ya constituye un segundo momento intelectivo, el momento del Logos, tema que se desarrolla en “Inteligencia y Logos” (1982).
La tradición filosófica suele hablar, sin más, de la Simple Aprehensión como el primer acto de la inteligencia en la que se constituye el concepto. Conceptuar sería el primer acto de la inteligencia. Pero para Zubiri este acto no es el primer acto intelectivo de la inteligencia ni es tan simple como parece, pese a que igualmente lo denomina Aprehensión Simple, pero como acto ulterior de la Aprehensión Primordial de Realidad, ahora Logos Sentiente. Sin la percepción unitaria de un “esto” no llegamos al “concepto”. Del percepto al concepto hay un camino de intentos, de pareceres y conjeturas sobre lo que podría ser o más bien “sería” esto o aquello, a lo que se denomina “ficción”. Perceptos, fictos y conceptos estructuran los momentos de la Aprehensión Simple del logos. Sin un percepto no se podría formular el juicio “esto es un árbol”, lo cual, por cierto, es consecuencia de un intentum o tentativa de la inteligencia que ha tanteado otras posibilidades por el camino de la ficción. Lo que lleva a decir que sin ficción tampoco llegamos al concepto. La verdad lógica sobre la realidad de lo real es fruto de una elaboración o construcción de la inteligencia que pasa inevitablemente por la irrealidad o virtualidad de la fantasía[4]. La pura imaginación combina meras imágenes, pero la fantasía combina “realidades” imaginarias.
La aprehensión primordial de lo real nos lanza hacia la realidad en su carácter campal respectivo. La inteligencia toma distancia para poner las cosas en perspectiva, la perspectiva de su respectividad, tanto en amplitud como en profundidad. Y no por una necesidad de la inteligencia, sino por la misma constitución de la realidad.[5] Pero inteligir que esto – real - es rojo – en realidad - no es aún inteligir que el rojo es – en la realidad - una onda electromagnética. Porque no es igual contextualizar la cosa dentro el campo “ cósmico” de su tipología, índole o talidad (Logos), que contextualizarlo en el campo de la realidad toda o “mundo”( Razón), que es donde (o cuando) la inteligencia logra la efectiva comprensión de lo aprehendido en aprehensión de realidad. Cuando hemos dicho que la inteligencia se halla retenida en la realidad, queremos decir que la inteligencia no abandona nunca la impresión de realidad, por eso Zubiri nos habla de un Logos Sentiente y de una Razón Sentiente. De manera que cuando la inteligencia consigue ejecutar un acto intelectivo de comprensión, comprende desde la razón la realidad en la que se halla sentientemente en impresión. Lo paradojal, entonces, está en que la Aprehensión primordial no sólo es el comienzo de toda intelección, sino que también el final.[6]
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