[1] Sin experiencia no hay realidad, porque no hay manera de construir la realidad. La realidad es algo que hay que ‘experienciar’, ella es algo “dado”, un dato “duro” inconcuso. Sin embargo no es posible tener experiencia de la realidad en su nuda condición de realidad, pues sólo tenemos experiencia de realidad pasando por las cosas[2], solo hay experiencia de cosas reales; puesto que la realidad no es una cosa, sino que “habita” en ellas haciéndolas reales. Por lo mismo se hace necesario “trabajar” (construir) para vaciar la realidad de las cosas en la intelección, no sólo porque ellas están constituidas de, desde, con, hacia y para otras cosas, sino también porque son inteligidas como reales –de suyo reales– según los parámetros propios de la intelección humana que a fuer de orgánica es sentiente, y más aún, porque no podemos experienciar las cosas sino desde la realidad. De allí que todo lo que digamos de la realidad será dicho según el lenguaje que usamos para hablar de las cosas (y no de la realidad), pues sin cosas no habría realidad para nosotros. La realidad en sí misma es un ‘prius’ indiscutible, es algo inapelablemente “dado” a la inteligencia, pues sólo desde allí conocemos, por eso también es una verdad irredargüible que la realidad es el formato con el que aprehendemos y experienciamos las cosas, experienciamos las cosas según la formalidad de realidad. La historia de la filosofía ha oscilado pendularmente entre estos dos sentidos que tiene la realidad: como algo propio de las cosas y como algo propio de la inteligencia. ¿Cómo construir (explicar, argumentar o demostrar), por ejemplo, la realidad del sonido a alguien que jamás ha tenido la experiencia de la audición? No sabemos por qué las cosas suenan, simplemente es así, las cosas suenan y punto. Esto respecto de la realidad del sonido, pero si pensamos en la realidad misma, más allá de cualquier cosa ¿cómo explicar la realidad si no se ha tenido jamás experiencia alguna de lo real? Lo real es lo otro sin más, en su total nudez y la experiencia constituye el vaciado de su realidad en la inteligencia humana o la inversa, y no hay otra manera, así estamos en la realidad sin poder salir de ella, atrapados en el vórtice de la experiencia. ¿Pero qué es exactamente la experiencia? Esta ha sido la piedra de tope de la filosofía, desde donde arrancan todas nuestras verdades y falsedades. Este es el asunto que ahora trataremos apretadamente en estas páginas: el modo primario de habérnoslas con las cosas, es decir, la experiencia de lo real.
El primer acto de la inteligencia lo llamaremos Aprehensión Primordial (AP); en dicho acto yo siento intelectivamente. Allí no sabemos nada, no conocemos qué, no entendemos cómo, todo en ello es inefable, nada podemos decir de lo aprehendido, sólo es un sentir en el que nos sumergimos profundamente, hundiéndose la inteligencia en el contenido “talitativo” de lo sentido, para ser catapultada inmediatamente hacia el ámbito “trascendental” de toda cosa, pues toda cosa es más de lo que encierra su talidad individual. Tal impelencia hacia la profundidad de cada cosa nos saca fuera de la aprehensión primaria, rompiendo su unitario y compacto carácter orgánico en un alejamiento hacia lo otro sentido impresivamente, pues en la AP se sienten las cosas siempre “en función de”, es decir, en hacia, de modo respectivo, de modo “campal”, pues la urdimbre más íntima de las cosas se encuentra tejida con otras cosas, toda cosa es intrínsecamente otra. Las cosas más que cosas reales son en la AP ámbitos de encuentro que nos hacen pre-sentir la hondura de un compromiso mayor al contenido que nos entregan individualmente. La AP nos lanza siempre a un estadio diferente de intelección: la intelección campal del Logos. En el Logos se ejecuta la Aprehensión Simple (AS), en el afán de aprehender el contenido de una cosa frente a otras, en su campo correspondiente. No sabemos lo que es un campo, ni sus dimensiones, simplemente es el estar propiamente constituida la cosa entre y con otras cosas, es el mero “hacia” un horizonte desde el que se perfila el escorzo de cada cosa. En la AP simplemente se actualiza lo real realmente, sin saber aún lo que las cosas son. ¿Esto que quiere decir? Quiere decir que todas las propiedades sentidas se aprehenden como de la cosa, como simplemente “suyas”, todo lo que aprehendo de lo real se aprehende como “lo otro sin más”, en su realidad “en propio” o “de suyo” (Berez). Toda su realidad es suya y no mía. No hay nada más en la AP, salvó el arrastre que ejerce la realidad fluyendo desde sí misma hacia sí misma y que nos retiene como arraigados en ella y nos lanza a sus profundidades: esta es la “fuerza de imposición” de la realidad, la realidad se impone ‘de suyo’. La aprehensión primera de realidad no es más que un “estar” en la realidad sentientemente, un fluir y dejarse llevar, sólo eso. Sentir (intelectivamente) es la manera más genuina de estar en la realidad; allí se da la verdad originaria, la verdad real. Las otras maneras de estar en la realidad sólo son un “re-sentir” lo ya sentido, carentes de la frescura y fuerza que posee la AP.
El Logos, en cambio, intenta (es un ‘intentum’) re-aprehender el contenido de lo ya aprehendido “en realidad”, permaneciendo siempre atado a la AP sentiente. El objetivo del Logos es retener “a firme” la realidad de lo sentido que se escapa fugazmente en la AP. En la inestable AP hay algo real impresivamente fugaz e inexpresivo, sin expresión real. Entonces, como si fuera una mano (Aristóteles) que se hunde en la profundidad de un oscuro cajón el Logos inicia un “tanteo” y lo primero que aprehende “en” el cajón (el campo) es algo unitario, individual y compacto que percibo como un “esto”. Es el percepto de un ‘esto’ realmente distinto de esto otro y esto otro realmente distinto de aquello, sin figura conceptual, sin un ‘eidos’ aún. El “esto” es un algo (aliquid) sentido ‘hic et nunc’, aquí y ahora. La alteridad (otroidad – aliquidad) de lo aprehendido es un carácter formal de todo lo real por el que se constituye en un “esto” real, equivalente a “cosa”, en su sentido más elemental y primario, en una mera función deíctica. Como afirmaban en la escolástica medieval cosa quiere decir algo real (res) con un “que” o talidad. La aproximación del Logos en pos de ese “qué” equivale al tanteo que haría la mano, pasando (peirao, empeiría: experiencia) una y otra vez, recurrentemente sobre las propiedades de cada cosa. Desde lo que “no es” el logos se aproxima, tanteando, prescindiendo y precisando precisivamente “lo que sería” una cosa, construyendo una figura o “eidos”, es decir, con-figurando lo que una cosa es desde su ‘sería o pudiera ser’; este es el intentum propio de la “ficción”. El logos ficciona el contenido de un ‘esto’ en realidad, apoyado por las ficciones que hereda de los demás y que se transmiten a través de la cultura; el Logos en su campalidad no puede ser sino histórico. Como se ve, el término “es” se utiliza en nuestra cultura greco-occidental para “ratificar” lo real como “realmente real” o “real en realidad” o “siendo en realidad”; en español decimos que se trata de hallar lo que una cosa definitivamente “es en realidad”. El logos conjetura lo que una cosa “podría ser” o “sería” (en el mundo de lo “posible”); el logos habla, expresa lo inefable, logos es legein y habla del ser de las cosas como expresión primera de la realidad; de la conjetura el logos forma un parecer definitivo: este el concepto. El concepto es el resultado de la construcción de nuestros fictos. El ficto expresa cómo es una cosa, el concepto expresa qué es una cosa tras el paso de múltiples tanteos o figuraciones. Con ello la inteligencia termina su movimiento de alejamiento envolvente hacia lo campal, para retraerse a la cosa individual juzgando, es decir, afirmando lo que la cosa es en realidad según lo aprehendido en AP. La afirmación es siempre el resultado de una construcción y por ello está expuesta a error, en ella se esconde la posibilidad del error que consiste en confundir “mi parecer” tentativo con lo que la cosa “realmente es”. Puede suceder, por ejemplo, que esto que juzgo como “vino” no sea auténtico, sino parecido a vino, sería un error de autenticación, o bien puede suceder que no sea verdadero lo que afirmo como vino, pues no es vino sino vinagre, sería entonces un error de veredictancia.
La verdad del logos es “dual” porque se da en una correspondencia entre lo aprehendido en AP y lo construido por el Logos. Construcción por cierto irreal; teniendo en cuenta que la irrealidad es el camino forzoso para avanzar en la hondura de la realidad (irrealidad no es estar fuera de la realidad)[3]. La forma primaria de irrealizar la realidad es la ficción de la fantasía con la que construimos figuras posibles de realidad. Podríamos decir que la verdad del logos o verdad lógica es “quoad nos”, pues nada decimos de lo que la cosa es “de suyo” en el mundo (porque esto es propio de la razón), sino sólo de lo que “en realidad es” una cosa para el logos desde lo aprehendido en AP. Decir lo que la cosa es en la realidad del mundo es consecuencia de la aproximación o tanteo que hace la Razón esbozando tentativamente la esencia última de las cosas, en una perspectiva mayor que la perspectiva del Logos. La Razón se pone en marcha pensando, lucubrando teorías, postulando hipótesis, esbozando modelos para llegar “al fondo” de las cosas. Aquello aprehendido (AP) como color verde (Logos) es en el fondo una onda de fotones (Razón); pero esto es teoría, teoría de la razón, un mero postulado cuya verdad hay que poner a prueba una y otra vez para que se constituya en verdad. La AP nos instaura sentiente e intelectivamente en la realidad, pero la aprehensión primordial no se agota en ser aprehensión de realidad, además es aprehensión de un contenido, un contenido cuya riqueza, profundidad y fuerza nos sumergen en un compromiso cósmico que ponen en movimiento a la inteligencia en pos de una aprehensión plenaria del contenido real de la realidad de las cosas en la que ha quedado simplemente instaurado (el término apropiado es “estar). Este movimiento es un intentum de apropiación cuyo término es la verdad plena o pleno conocimiento. Se trata de un movimiento tentativo de ensayos y aproximaciones en pos de la adecuación perfecta que llamamos verdad. Este estado “aproximado” de realidad es lo que denominamos “irrealidad” y no coincide con la falta de realidad o arrealidad, sino que estamos en la realidad irrealmente. Por ello el estado habitual de la inteligencia es la “inadecuación” respecto de la verdad. La inadecuación es el estado propio de una inteligencia tentativa y errante, lo que no equivale a error, aunque el error sea una forma de inadecuación. Esta actividad tendente (intenciones lógicas) y constructiva de la realidad es la irrealización de ella. Construimos perceptos, fictos, conceptos, juicios, modelos, teorías, proyectos etc. Y con ellos realizamos un tanteo de realidad que denominamos “experiencia”. La experiencia no es sentir, aunque sin sentir no hay experiencia. La experiencia no es empírica. La palabra adecuada sería re-sentir, pero por desgracia este término evoca el sentimiento del resentimiento y por ello no nos sirve. Pero podemos usar el término “captar”. Sentir es captar la realidad, en cambio con la experiencia podemos per-captar, recapturar la realidad, percatándonos de la efectiva realidad de algo. Y esto es posible porque insistimos en ella, en una re-currencia o vuelta sobre la AP. Una inteligencia especialmente recurrente es, según se dice, una inteligencia “ocurrente”. En la SA o AS de realidad, propia del Logos, no sentimos propiamente, sino percibimos la realidad. Desde las múltiples sensaciones que fluyen desde las cosas, en constelaciones de notas, percibimos la simple mismidad unitaria de ella como un “esto”, lo que viene siendo un percepto. El percepto es el primer constructo mental irreal. Aristóteles mencionaba el papel de la memoria o retentiva (mneme) en la formación de la experiencia, pero sólo es una condición más de ella. La experiencia como tanteo o probación (en el sentido de “cateo”, como catar un vino) de la realidad sólo es posible sobre la construcción irreal de un proyecto mental, tales como los perceptos, fictos o conceptos. En la experiencia sometemos a probación las cosas desde la figuración irreal que hacemos de ellas; aunque se parece al experimentar no coincide con ello, pues el experimentar es sólo un tipo de experiencia dirigida por la razón, experimentamos para convertir algo observado en un hecho real. El verbo de experiencia es propiamente el “experienciar”. No hay experiencia sin irrealidad. La experiencia comienza a tejerse en el Logos y es propia de la Razón y no reside en la AP.
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