LA VIDA COMO CONDICION MORAL FUNDAMENTAL

La vida como condición moral fundamental.
(El )

I
¿Cuánto vale la vida si no podemos echar mano al recurso de la inmortalidad? ¿Puede la inteligencia postular la dignidad de la vida humana sin recurrir a fundamentos religiosos? No es que estemos negando lo que admitimos por fe, sino simplemente de ver los alcances de este asunto sin la ayuda de la fe, en un mundo en que los argumentos de fe suelen generar una inquietante hostilidad.

II
La libre creación de nuestra realidad personal, absuelta por el poder de la realidad de los automatismos biológicos, ensaya la autoría de su propia realidad sumergida en el devenir de las cosas del mundo. Es un ensayo libre y creador, carente de limitaciones, propio de la realidad personal, creador de nuevas formas de realidad pero no desde la nada, por eso no es creacional sino recreacional. Por ser libres somos ab-solutos , pero no somos libres para ser libres, pues estamos retenidos por la realidad e impelidos por ella a realizarnos; en esto somos relativos, estamos ligados, atados a ella y no de cualquier manera, sino desde nuestras estructuras orgánicas psicobiológicas humanas. La persona es una realidad relativamente absoluta. Es la paradoja del estado de religación personal. La libertad comienza, a fortiori, haciendo al hombre libre de sus propias tendencias y que por quedar inconclusas lo fuerzan a tener que optar libremente, empujándolo sobre sí mismo.

El proceso de realización personal posee un carácter ficcional o virtual, siempre dentro de una irrealidad-real. La irrealidad es una forma de estar moviéndonos en la realidad. La ficción (fingere) no es ficción de realidad, sino realidad en ficción; la irrealidad de la ficción no es arrealidad, sino una forma de realidad. Ficcionamos nuestra realidad personal desde las cosas y desde los demás, a través de modelos decantados en el devenir histórico de la cultura y la sociedad. Sin la ficción de la fantasía no es posible la experiencia de la realidad, ninguna experiencia, de ninguna realidad. La única realidad “real”, con “verdad real” no ficcionada se da en el sentir, pero el puro sentir, pura ‘aisthesis’, no es posible en el hombre, ni siquiera es posible el puro acto de sentir intelectivo propio de la aprehensión primordial de realidad, pues siempre sentimos desde el logos mediado, intermediado, apalabrado, “culturizado”, con memoria, socializado, historizado, es decir, ficcionado fantasiosamente. Por eso la realidad siempre resulta fantástica.

Pero la realidad ejerce un arrastre que no se limita a ser intelectivo o emocional; no se trata de un arrastre selectivo, sino físico-integral que nos fuerza a optar por formas de realidad, nos fuerza a diseñar la figura de nuestra propia realidad, eso que denominamos nuestro ser personal y que invocamos como nuestro “yo”. Yo soy yo y el modo como soy yo es mi personalidad. Intentamos una y otra vez diseños personales, esbozando modelos de personajes, imitando, desechando, recreando…. Muchos de estos modelos son abandonados, otros resultan inalcanzables, en algunos nos quedamos pegados y a veces terminamos siendo prisioneros de ellos o perdidos irremediablemente entre tantos personajes que hemos vivido. Nos movemos en la vida actuando innumerables personajes en busca de lo que realmente queremos ser. Pasamos la vida ficcionando nuestro yo, viviendo nuestros personajes en un teatro en el que tenemos, por lo general, una escasa autoría. Antes que autores de nuestra realidad personal somos actores de ella. Resulta frecuente oír a la gente decir “este es el papel o rol que me ha tocado vivir en la vida”. Lo que soy “yo” nos viene primera y principalmente de afuera, desde los demás, develando otra paradoja: la irrepetible individualidad personal está diseñada primordialmente desde los demás, por los demás, o sea, es constitutivamente comunitaria, comunal, social. La condición moral del hombre es social, porque estructuralmente la persona es una realidad social, constitutivamente social. De allí que el ‘factum’ de la moralidad sea propiamente una relación con el otro, siempre. De manera tal que no existe propiamente moralidad respecto de un hombre solo, pues un hombre absolutamente solo es una perfecta monstruosidad metafísica.

Que el hombre sea una realidad moral quiere decir que se ha¬lla inevitablemente coludido, involucrado con su existencia. Esto es algo estructural, antes que operativo. Yo soy mi realidad aun¬que no consiga ser dueño de ella. El reflujo entitativo moral se produce incluso no estando presente el “yo”; lo que haga me afec¬ta personalmente, aún cuando no esté consciente de mi realidad afectada o de lo que me afecta. El compromiso con mi realidad no es sólo activo, sino primeramente pasivo. No se es persona por decidir libremente, sino que tal cosa es posible por ser persona, pues antes de que pueda hacer de una acción algo “mío” (la moralidad efectiva), mi realidad ya es esencialmente “mía” (lo moral como condición protomoral de la persona). Lo personal, como esencia del hombre — lo humano del hombre –, es anterior, incluso, a la constitución individual del hombre, pues lo esencial, como diseño estructural es lo que da inicio al proceso de constitución humana individual. La persona es anterior al individuo.

De modo que la moralidad no nace de un acto voluntario, sino que lo voluntario es posible dada mi condición moral. No podemos entender los asuntos éticos sin este marco de referencia antropológico. La moral en sentido estricto no cambia, lo que cambia es el hombre moral (su moralidad). Nada en la vida humana queda exento del horizonte de la moralidad, todo en la vida humana queda moralizado pues se pone en juego la vida. Solo la vida humana es moral, las cosas no son morales; un arma de fuego no es buena ni mala, sólo es un pedazo de metal con un mecanismo que se moraliza en las manos del hombre.

Por lo mismo sólo hay derechos para una realidad moral que debe realizarse a sí misma, una realidad arrastrada por el poder de la realidad a tener que realizarse libremente. Sólo por este arrastre se abre la posibilidad moral de ser feliz y sólo desde esta posibilidad se abren otras posibilidades que se reconocen socialmente como derechos, es decir, como condiciones necesarias para el desarrollo de la moralidad. Hay derechos básicos constituidos por los bienes elementales que operan como condiciones mínimas de la moralidad y hay derechos que surgen de posibilidades que hacen posible el surgimiento de otras posibilidades y que corresponden a los derechos adquiridos. Sin embargo todos los bienes y derechos brotan de la posibilidad fundante y fundamental de una Vida Feliz. Esta es la única posibilidad adquirida ‘a priori’, en tanto posibilidad constitutiva de la persona ‘qua’ persona. Y constituye, por lo mismo, el derecho fundamental, el derecho “germen” de todos los derechos: el derecho a la Vida.

NOTA: SI DESEA CONTINUAR LEYENDO ESTE TRABAJO PUEDE HACERLO EN EL LIBRO “ADIMEN” PUBLICADO POR CREATESPACE USA 2011 Y LO PUEDE ADQURIR A TRAVES DE WWW.AMAZON.COM N LA SIGUIENTE DIRECCIÓN >>> http://www.amazon.com/Adimen-Apuntes-intelecci%C3%B3n-realidad-Spanish/dp/1461023297/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1309150214&sr=1-1

This entry was posted in ZUBIRI and tagged . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>