LA LEY NATURAL
Carlos Zárraga Olavarría-2009
Comencemos estableciendo una distinción elemental: ley natural y ley de la naturaleza no son la misma cosa. Por lo de ley la primera es un mandato con carácter obligatorio y la segunda, en cambio, define una necesidad, un determinismo. Sin embargo obligación y necesidad son términos excluyentes. Algo es obligatorio porque no es necesario y si algo es necesario no es obligatorio. Porque la obligación sólo puede darse respecto de quienes son libres para obedecer o desobedecer un mandato, libres para acatar o no acatar una disposición que ob-liga (a futuro) a hacer o no hacer algo. En cambio un cuerpo no es libre para desobedecer la ley que sanciona que “todo cuerpo ocupa un lugar en el espacio”. La primera es una ley normativa que define un ‘deber ser’ y la segunda es una ley fáctica que define un hecho rotundo, algo que simplemente ya ‘es’. En cuanto al calificativo de natural o de la naturaleza, la ley natural apunta a la esencia o naturaleza de algo, se trataría de un mandato que emana exclusivamente de la esencia del hombre libre; en cambio cuando se habla de leyes de la naturaleza se apunta a un campo o entorno de cosas cuya denominación global es la naturaleza o ‘fysis’, refiriéndose a todas las cosas del mundo físico, a las cosas de nuestro medio ambiente o cosmos. Qué duda cabe que hay una diferencia gigantesca de carácter estructural entre la ley natural “no matar”, ley normativa, y la “ley de gravedad”, perteneciente a las leyes de la naturaleza, leyes fácticas.<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–>
Según esto, la ley natural se predicaría estrictamente del hombre; no hay ninguna ley natural en los animales (sólo leyes de la naturaleza), porque los animales no son libres para conocer el mandato de una ley y decidir frente a ella. Sin embargo lo más característico de esta ley natural es que no se halla promulgada por el hombre ni se encuentra codificada en ningún código conocido. La ley natural no es una ley positiva humana. Y cuando preguntamos ¿dónde se halla escrita la ley natural?, se suele responder —como santo Tomás de Aquino – “en el corazón de los hombres”, lugar desde el cual se oye dicha normativa como una voz que impera desde el fondo de nosotros mismos, o como dicen otros, se trata de la misma naturaleza humana que se deja oír imperando en la conciencia. ¿Conciencia de qué? Conciencia de nuestra propia naturaleza que da a entender su mandato a través de la fuerza con que se imponen las tendencias, tan poderosas que asumen el carácter de necesidad vital para todo hombre. Este ha sido el sentido de la “exis” (exiV) o tendencia en el mundo griego. Todo hombre tiende a vivir, a buscar el alimento y a procrear; son tendencias universales, naturalmente invariables asumidas como necesidades esenciales. Asunto tremendamente paradojal, pues se trata de necesidades que no son necesarias, pues el hombre es libre frente a ellas, es libre de cara a su propia naturaleza; de allí que tales tendencias parezcan más bien obligantes, pues no siendo necesarias se vuelven inconclusivas, admitiendo la posibilidad de múltiples desviaciones que no existen en el mundo animal, mundo de causa y efecto, mundo de lo necesario. Que de pronto hablemos del hambre como una necesidad es sólo un énfasis de lenguaje, porque la verdadera necesidad es el alimento, energía imprescindible para mantener la vida orgánica, lo cual genera la fuerza apremiante del deseo. Pero dicho apremio no es una necesidad, aunque pueda detonar sensaciones de necesidad.
Por cierto las tendencias delatan la naturaleza de cualquier viviente, esta ha sido la “ratio cognoscendi” que permite excogitar la escurridiza esencia en los seres vivos. Siguiendo este modelo se ha pretendido configurar la naturaleza humana, dejando el asunto de la libertad como condición para que el hombre pueda alcanzar la perfección prefigurada ya en la finalidad de las tendencias. El libre arbitrio surge como un complemento perfectivo de la naturaleza humana, ante el riesgo que encierra la no-necesidad de las tendencias. Aquí precisamente es donde irrumpe la denuncia de estar cometiéndose una falacia, “la falacia naturalista”. Dicha falacia se comete cuando se convierte en ‘deber ser’ a una simple inclinación o tendencia fáctica: no porque exista la tendencia a vivir (en un ámbito de no-necesidad) se convierte en una obligación, en un deber vivir. La denuncia resulta del todo válida, porque no hay manera de extraer un deber de una simple inclinación biológica.
Tradicionalmente se ha hablado de “tendencias naturales”, cada cual con su formalidad esencial propia, integrando el programa global de la “naturaleza humana”. La tendencia (έξις) natural de comer, canalizada a través del apetito o deseo (ορεξις) de comer, por ejemplo, tiene – según se dice — como fin natural la alimentación o nutrición necesaria para la vida orgánica; las tendencias sexuales, por otra parte, tienen como fin natural la procreación o propagación de la especie… Así entendemos que el fin de algo es su perfección, luego cumplir con este fin natural es cumplir con el programa natural que conduce al hombre hacia su perfección o bien natural. Alterar este orden es actuar “contra natura”, como quien se induce vómitos después de comer, para así poder seguir comiendo con el único fin de disfrutar de la comida. El placer de suyo no es malo, siempre que no contravenga el fin natural de las tendencias: algo similar puede decirse de la sexualidad cuando se dirige exclusivamente al placer. Y así decimos también que el ojo es para ver y no oír, el corazón para bombear sangre y el hígado para procesar sustancias…En todo ello se señala una pauta que debemos seguir para cumplir con lo que debemos ser, esto es, para conseguir ese fin último “escrito” en la propia naturaleza humana, allí estaría indicada la cartografía de nuestra plenitud o felicidad.
Pero esto es inadmisible. Porque el hombre posee una naturaleza personal, el hombre es esencialmente persona. Y quizá los órganos que mejor expresen esta realidad sean las manos. ¿Cuál es el fin de las manos? ¿En qué consiste manipular? Con las manos podemos tocar, acariciar, bailar, saludar a la distancia, indicar, tocar piano, boxear… Las posibilidades que ofrecen las manos nos permiten hacer con ellas todo lo que queramos en tanto contemos con los medios para hacerlo. Pero esto también es aplicable al comer. Las tiendas están llenas de alimentos cuyo fin no es la alimentación o nutrición, sino el mero placer de consumirlos, como los caramelos, chocolates y confites; o alimentos que sólo sacian el hambre pero que no alimentan, ya que se les ha quitado todo poder nutricional, alimentos “hipocalóricos”; o bebidas que no tiene como finalidad quitar la sed ni hidratar, sino sólo el placer de su ingesta, como las bebidas espirituosas alcohólicas o bebidas “de fantasía”. En esta misma línea podemos encontrar igualmente las más insospechadas finalidades para el sexo. En verdad todo nuestro organismo queda en condiciones o a disposición de la persona. No hay propiamente “tendencias naturales” (meramente fisiológicas) a menos que entendamos “natural” como lo más habitual o normal en el hombre, sólo que tal cosa dependería de las oscilaciones de la costumbre y no de un programa preestablecido en la esencia humana.
Esto hace que debamos tomar ‘cum grano salis’ la falacia naturalista, pues ella misma arrastra una ‘petitio principii’ al separar sin más lo fáctico del deber y al suponer que la ética debe funcionar siempre con los mecanismos de los imperativos de conciencia. Pues si bien es cierto que de la invariancia y forzosidad de las tendencias no es posible obtener sin más un imperativo moral, no obstante de allí podemos extraer “orientaciones” o “inspiraciones” suficientes para construir un sistema moral de vida. Las tendencias elementales no han funcionado jamás como un mandato natural a la conciencia, sino más bien como un “faro” o “vector” natural de la moralidad; la ética no depende siempre de la conciencia de un deber o del acatamiento de una máxima o un consejo, sino de los flujos y reflujos de la realidad aprehendida cultural, social e históricamente. La razón impera (Kant), esto es cierto, pero sobre tendencias que ya actúan canalizadas por los usos y costumbres y que permiten el esbozo que la razón hace de las obligaciones y los deberes, de los bienes y de la felicidad concreta de la vida, es decir, de lo que sea mejor para un hombre. Sin embargo la realidad se impone al hombre mucho antes que ella sea razonada o valorada, estimada o juzgada.<!–[if !supportFootnotes]–>[2]<!–[endif]–>Y lo mismo sucede con el arrastre que la realidad ejerce sobre la realidad personal humana, el cual no sólo se halla presente en la biología de las tendencias, sino sobretodo en el carácter propio de la realidad personal que centra y subsume bajo su realidad a todo lo humano de la persona humana.
La idea que ha servido de trasfondo metafísico a la tesis de una ley natural basada en que todo tiende a su perfección y esa perfección es su bien metafísico, constituye una interpretación filosófica que oculta una tremenda ambigüedad. El bien, se dice, es un trascendental metafísico en un universo en el que todas las cosas oscilan entre dos estados de realidad: todo está en potencia o en acto y la actualidad es la perfección de una potencia. No fue difícil extender esta tesis al hombre en su globalidad y decir que por tanto el hombre, como todas las cosas, tiende al bien, esa es su beatitud (de Beo= colmar), esa es su plenitud o felicidad. Pero esto no es cierto, porque no es igual decir que una cosa busque su plenitud, que buscar la plenitud bajo la razón formal de bien, es decir, expresamente como bien, porque esto último es sólo propio del hombre en tanto es capaz de querer el bien, objeto formal propio de la voluntad. El bien no es el resultado de una tendencia, el hombre no tiende al bien, sino que lo busca queriéndolo y para eso debe configurarlo, pues nadie quiere lo que no conoce. Lo que se denomina el bien metafísico no puede confundirse sin más con el bien moral del hombre. En la vida de un animal no existe bien ni mal, sólo tendencias que cumplen con el propósito final de la especie; en cambio el hombre puede rechazar una tendencia como mala o querer a cambio algo que no conviene a sus tendencias, como el mártir que prefiere la muerte antes de renunciar a su fe.
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