EL CUERPO I

EL CUERPO I

Carlos Zárraga Olavarría -2009

PRIMERA PARTE

 INTRODUCCION         

          La cuestión filosófica sobre el cuerpo heredada de la tradición enseña que “tenemos un cuerpo”, dejando entrever que no somos una realidad corpórea sino que algo distinto que posee un cuerpo en un compuesto cuya organización no se reduce a lo meramente material. La tradición enseña que no sólo somos materia carente de organización, mera masa o materia informe, sino que habla de una  organización de la materia en virtud de formas inmateriales que hacen de esta masa un cuerpo, un organismo organizado. De allí que la cuestión del cuerpo haya sido tratada desde el mundo griego clásico en un dualismo de materia y forma escindiendo lo humano entre lo material y lo inmaterial, lo que adquiere en el Medioevo la figura de lo corporal y lo espiritual. Lenguaje que hasta hoy pervive: el hombre es un compuesto de cuerpo y alma—se ha dicho–, de modo que cada vez que intentamos hablar del  cuerpo terminamos hablando del alma. El resultado ha sido paradojal: bibliotecas atiborradas de textos sobre el alma y una reducida literatura  sobre el cuerpo.

          Pero “no tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo”, somos una realidad corpórea, todo lo que somos es corpóreo,  pues no hay cuerpo y alma, sino alma del cuerpo o cuerpo del alma. El cuerpo es un hecho, un hecho  científico constatable  que debe ser teorizado y comprendido,  y en tal afán teórico ha surgido el alma: el alma es una teoría  que brota en un mar de leyendas,  mitos y  creencias religiosas. Que el hombre no tenga cuerpo sino que sea una realidad corpórea, significa que el hombre no “tiene”, por ejemplo,  enfermedades, sino que  es un enfermo” cuando se enferma, él se convierte íntegramente en una realidad enferma, la enfermedad no es un mero “daño” o “disfunción” parcial, sino un estado integral de la realidad humana. No hay enfermedades que curar, sino enfermos que tratar; no hay una enfermedad física o una enfermedad mental, sino enfermos de esto o aquello.

         Incluso la relación con uno mismo se vuelve problemática y novedosa (si es que existe una verdadera relación), pues parecen cohabitar en mí diferentes “yos”. Por una parte está lo que “yo soy” constituido por una estructura biológica que me sostiene, como sucede con nuestro hígado y todas aquellas funciones hepáticas que funcionan igual en un santo  que en un bandido, es decir, nuestra  propia sustantividad estructurada según un mismo código genético específico,  común a todos los hombres y, por otra, lo que “soy yo”, es decir, “mi cuerpo” en el que me reconozco y por el que soy reconocido, el que me hace “estar” bien o mal en realidad,  el que sufro y gozo, el que me identifica y me  da presencia, el que fija un entorno, define un espacio y con el que interactúo. Para comprender estos asuntos se han tejido teorías  hilvanadas con un lenguaje que es preciso definir con exactitud, pues no es lo mismo masa, materia, soma, cuerpo y organismo, así como tampoco son sinónimos lo inmaterial, lo espiritual, el psiquismo o el alma.

         

         Karl Jaspers (1883-1969), filósofo y médico (siguiendo lo propuesto por Husserl) sugería utilizar dos términos que hacían una tajante distinción: “Körper”, para referirse al cuerpo como organismo, a lo “dado” en el hombre  y que funciona como ajeno a nosotros, constituyendo lo que yo “soy” y  Leib”, el cuerpo que vivimos, el que disfrutamos y sufrimos, con el cual hacemos lo que queremos mientras podamos en  nuestra vida y que constituye lo que soy “yo”. No se trata de dos cosas, sino de dos aspectos de lo mismo: el cuerpo humano. Cualquier antropología médica debería considerar estos aspectos en la meditación (lat. Medeor= componer, arreglar, de donde proviene ‘medicina’) sobre el cuerpo humano; es urgente  ensayar una teoría del cuerpo humano, desatar el nudo en el que se encuentra esta cuestión.

         Las siguientes reflexiones corresponden a una  meditación sobre el cuerpo humano, con el fin de trazar la arquitectura de una futura Antropología Médica[1]. Desde un comienzo debemos admitir que no sabemos lo que es el cuerpo, porque no sabemos lo que es la materia, en definitiva, porque no sabemos lo que es la realidad. La filosofía se limita a describir las propiedades que conducen a determinar la estructura esencial de la materia corporal como realidad. Sin embargo nos  abriremos camino a través de las descripciones que la ciencia ha hecho para determinar “cómo” funciona la realidad material. La ciencia nos dice “cómo”, pero no dice qué es la materia, simplemente porque la ciencia no tiene como tema la realidad de las cosas. [2] Tras estos afanes hay un proyecto escondido: el proyecto humano. La salud, por ejemplo, es algo que debe ser configurado, pues corresponde a un status de armonía y plenitud que no se limita a ser una mera ausencia de enfermedades, sino que a “un estado de completo bienestar físico, psíquico y social”, como ha interpretado en las últimas décadas la OMS. La salud, el estar sano, sin embargo, no puede consistir en  mero “bienestar”, porque puedo estar enfermo y sentirme bien, sino que consiste en un “estar bien” y no en un sentimiento de complacencia. Pero ¿qué significado tiene estar bien?, ¿acaso puede constituir ello el fin de la vida o es un requisito para otra cosa? He aquí, pues, la función de la filosofía.

EL LENGUAJE DE LA CIENCIA

         La ciencia no puede dar razón de otra cosa sino de aquello que es posible aprehender sensiblemente (orgánicamente) y que es denominado “lo material” pese a que todo lo material no es necesariamente cuerpo material. La ciencia reconoce diversos tipos de materia[3].

1.      Hay un tipo de materia elemental a la que se denomina “partículas elementales” que la física enumera, como el electrón, el quark, el protón, el fotón, el mesón, el neutrino y otros…La energía misma es materia elemental y cada día se descubren otros tipos de partículas elementales, que permiten hablar, por ejemplo,  de la materia oscura en el universo, o el caso de las antipartículas que entran en colisión con las partículas dando origen a la energía que se vuelve antimateria. Las partículas no constituyen aún un cuerpo, ni siquiera un corpúsculo. La física ha disociado la noción de materia de la noción de cuerpo, aunque no existan cuerpos sin materia para la ciencia. Las partículas suelen ser realidades de una estabilidad tremendamente inestable, efímera, fugaz; realidades mínimas que no resisten la disipación, a diferencia de una  macromateria más estable, resultado  de la combinación de  partículas. Toda realidad posee al menos un momento de estabilidad, de lo contrario la realidad sería totalmente evanescente, inestable, inasible y por ende, ininteligible. Pese al dinamismo y fugacidad del centenar de  partículas elementales que se conocen, algunas, como el protón y el electrón, persisten con alguna estabilidad integrando átomos y moléculas. Esta es la primera forma de materia reconocible.

Que sean elementales quiere decir que no están formadas por otras partículas (al menos hasta donde conocemos en la actualidad), sólo eso, porque no obsta para que  ellas posean una estructura de notas y propiedades como la carga, masa, spin, vida media, decaimiento etc. Si se prefiere, podemos decir que son sistemas primarios constitutivamente interactivos, permanentemente interactivos, gracias a lo cual mantienen su estabilidad (la interacción no es eventual sino constitutiva, como la gravitación y la interacción electromagnética). La distinción entre materia y energía, por lo mismo, carece de sentido en esta línea, pues  una propiedad de estas partículas es que decaen fácilmente en energía, motivo por el cual es imposible medir su impulso y localización espacio-temporal, pudiendo hallarse en todo el continuo espacio-temporal y no en un solo punto. Las partículas poseen una actualidad no-medible y por lo mismo plenas de indeterminación en orden a la formación de sistemas compuestos de partículas, es decir, de cuerpos con propiedades sistémicas del todo novedosas. La ciencia ha  sido capaz de determinar al menos dos sistemas con cierta precisión: la formación de átomos y moléculas.

2.-La combinación de las partículas elementales hace posible las primeras formas de corporalidad: el átomo y la molécula. Los cuerpos no son más que sistemas estructurados de átomos y moléculas, más estables, complejos y resistentes a los cambios del entorno. Su existencia o persistencia en la realidad depende de esta resistencia (estudiada en resistencia de materiales); existir es  literalmente “aguantar” las vicisitudes del entorno, en física se habla de la resistencia a la disipación. Recién ahora es posible hablar de “materia corporal”, donde el material ‘particular’ se ha integrado, es decir, ‘incorporado’ a un sistema más estable. La diferencia con las partículas es que se forman estructuras moleculares no elementales generadoras de propiedades estructurales que  la física y la química se encargan de estudiar, como la densidad, resistencia, estabilidad, gravitación o  las propiedades termoquímicas o termodinámicas y cinéticas que presentan todos los cuerpos. De la indeterminación  (Heisenberg) de las partículas surgen estos sistemas más estables que se diferencian y excluyen, definiendo un aquí intercorporal medible. El aquí se produce “entre” dos sistemas que poseen sus interacciones internas propias, a diferencia de las partículas que son esencialmente  interacción  pudiendo estar dos partículas en un mismo lugar.

3.- Por encima de esta materia corporal está la materia viva o materia biológica, con otras propiedades como la capacidad de autorreplicación que poseen ciertas macromoléculas, como el ADN. La materia viva no sólo resiste pasivamente a la disipación para existir, persistir o perdurar en la realidad, sino que desarrolla un poder activo  o dinamismo de conservación, es decir, un ímpetu propio para mantener la estabilidad en un entorno constantemente inestable y desequilibrante y que caracteriza a todo el mundo  viviente; a este dinamismo propio de los  seres vivos se denomina “subsistencia”. Existir para un viviente es primariamente subsistir, mantener su propia estructura sustantiva en equilibrio vital, afianzar su carácter sustentable o sustentabilidad; esto, por cierto, incluye al hombre. Subsistir no para sostener otras cosas, sino para sostenerse a sí mismo en la existencia. Las estructuras vivas no sólo son más estables, sino que hay en ellas  una estabilidad para la estabilidad misma. Lo viviente desarrolla un dinamismo de afirmación de sí mismo, son “autotelés”, decía Aristóteles, “un fin en sí mismo”, develando un enorme secreto de la vida: se vive para ser sí mismo, es decir, simplemente para vivirse en un dinamismo creciente de ensimismamiento, de apropiación de sí mismo, de individualización, de sustantivación, de alejamiento de las variaciones del entorno, de control del medio y cuya máxima expresión parece ser el hombre.

        Para los cuerpos materiales que tienen un entorno, la resistencia es una forma de persistencia pasiva, en cambio el  entorno se vuelve medio para el viviente y produce una interacción  exigitiva de una respuesta, de una respuesta adecuada. El campo electromagnético no es un medio para el electrón. El medio, en cambio, adquiere el carácter de medio ambiente, bio-topos o hábitat para el viviente. Lo más propio de un ser vivo es que responde,  respuesta de la que dependerá la vida del individuo. Un mineral reacciona, es reactivo, pero no responde.

La forma más elemental de vida la encontramos en la célula; incluso en los seres vivos unicelulares su estructura ya posee esta organización viva que lo constituye en  materia organizada” y no en mera materia corporal estructurada (como por ejemplo los leucocitos o las amebas). Debemos distinguir “órgano, de orgánico y organismo”. Organismo es una estructura funcional de órganos, un sistema de órganos, una combinación funcional de órganos. El paso de la simple materia viva a la materia orgánica, es decir, al organismo celular es un proceso de las potencialidades de sistematización de la materia. Lo viviente no sólo posee la propiedad de autorreplicarse, sino que es más independiente del medio y puede ejercer control sobre él. La vida es una propiedad sistémica de  la materia y no una nota más sobreañadida al sistema. Pese a que se suele reconocer  materia viva, aún no organizada como organismo, como es el caso de las macromoléculas prebióticas, no obstante, la primera forma de vida sustentable es la célula; recién entonces podemos reconocer una forma de sustantividad.

Es importante señalar que cada uno de estos tipos de materia se halla integrando el nivel superior. Así la materia biológica sufre en su propia estructura la acción de los demás cuerpos y de las partículas elementales; cuando se producen alteraciones o variaciones materiales en la estructura biológica,  a nivel estructural, tenemos una mutación y cuando esta variación estructural  se produce a nivel de especie, es decir, es transmitida, entonces  tenemos  evolución.

4.-Las células pueden existir de manera aislada en un organismo vivo, como las células hemáticas o sanguíneas, pero por lo general se hallan agrupadas constituyendo tejidos, como el tejido nervioso, epitelial o muscular…asumiendo funciones orgánicas diferentes  de acuerdo a su diferente organización; de este modo tenemos las propiedades secretantes en el epitelio glandular, contráctil en el muscular, de enervación en el nervioso etc.

5.-Una quinta forma de  organización de la materia es constituyendo órganos (instrumentos), aparatos y sistemas operativos. Diversos tejidos, epitelial, muscular y nervioso integran el aparato digestivo cooperando unitariamente en la función del estómago y múltiples aparatos forman el sistema respiratorio o el sistema motriz. La materia organizada va de la materia viva monocelular a la pluricelular, como organismo vegetal, animal o personal.

      El organismo vegetal cumple la función sistémica de vegetar es decir, básicamente nutrirse; en cambio un animal desarrolla funciones inmateriales que surgen de su materialidad y que se ha denominado psiquismo o ánima  y que anima a los animales a tener una relación con su entorno de manera diferente a todo otro individuo material: el animal siente y por ello es animado, tiene un anima capaz de sentir. El ‘anima’ es una forma de organización sistémica de la materia y no una sustancia añadida al individuo material.  El sentir no es una mera reacción fisicoquímica, sino la aprehensión sistémica de lo otro generadora de una respuesta, generadora de una conducta y no sólo de una reacción, como es la reacción de un músculo en particular.

          La realidad de todo lo real se ordena según diferentes estructuras cósmicas y el cosmos en el que nos ha tocado vivir es un cosmos material.  La materia es aquello por lo cual algo está en la realidad, porque es por la materia por lo que estamos en este cosmos o universo. Desconocemos otros universos, aunque tampoco lo negamos (habría que saber demasiado). La materia es principio de actualidad y como tal suele denominarse “soma”  en el sentido de mera “masa”, indiferente a la organización (taxis) de la materia. Así podemos decir que un cadáver, tras un violento accidente, queda convertido en una “masa” de carne y huesos. [4]Masa en el sentido de bulto que abulta, montón que ocupa espacio y pesa; en virtud de la materia somática algo “está aquí o allá”. La materia somática es mera actualidad cósmica, actualidad como estar aquí, o bien, tener un ahí.  La materia somática inestructurada latente en todo cuerpo precipita la materia a un locus, la localiza en un campo, fija un lugar.

          La estructura orgánica, en cambio, desata un dinamismo  de interacción suscitación-respuesta cuya riqueza decanta además un situs, una situación a los cuerpos vivos. Cuando alguien pregunta ¿y qué tal?, solemos responder “aquí estamos”. No se trata de un aquí espacio-temporal, meramente somático, geométrico-geodésico; sino de una situación de actualidad corporal, de cercanía, de actualidad personal. Todo viviente se halla en una determinada situación vital, una piedra no pasa por situaciones, simplemente tiene una localización en su entorno campal. La localización es propiedad de la masa, en cambio cuando hablamos de cuerpo, hablamos de una masa estructurada, con una mayor organización, lo que permite hablar análogamente de cuerpo como sistema estructurado u organizado, como “el cuerpo médico” o “cuerpo de bomberos”, en un lenguaje coloquial.

          Otra propiedad de la materia que es muy importante resaltar, importante para comprender más adelante al cuerpo humano, es la fragmentariedad del cosmos material. Lo material se distribuye en fragmentos interconectados que poseen una realidad dependiente de lo demás, en un entorno o medio que la física suele denominar campo. La realidad material es siempre una realidad campal interconectada. El cuerpo está conectado a un campo, siempre,  al que Merleau-Ponty (hablando del cuerpo humano) denominará el “espacio antropológico” y al que podríamos llamar la “estancia”; el campo como estancia no coincide con el espacio geométrico. 

        No es que las cosas sean unidades que entren en relaciones, algo que eventualmente pueden hacer, sino que su propia realidad ya es un estructura interconectada, en su realidad hay elementos en los que lo otro está presente. Desde un electrón que se mueve en un campo electromagnético, todo lo material tiene un campo que define su dinamismo. El dinamismo primario, como el que se produce al interior de las moléculas macroscópicas, es de persistencia en la realidad generando  resistencia respecto de las variaciones del entorno; lo viviente, en cambio,  subsiste en un medio, dando origen a un dinamismo propio  diferente a la mera resistencia. Son dos formas de existencia. Pero lo que ahora interesa resaltar es ese “respecto” que hay en la resistencia y la subsistencia. Se trata de una propiedad de toda realidad material, o mejor dicho, de toda realidad por el mero hecho de ser real: su interna respectividad, es decir, su constitutiva referencia a  lo demás. Las cosas están hechas con lo demás, desde lo demás, hacia lo demás.

        Esta propiedad, la respectividad de todo lo real, permitirá decir que el cuerpo es mi modo de “estar” en la realidad global,  es lo que me instaura entre los demás, es lo que determina mi modo presencial, define mi presente y mi presencia; así se usa en el ámbito religioso cuando Jesús dice “este es mi cuerpo”, está diciendo, “he aquí lo que yo soy, aquí estoy”; la frase “este es el cuerpo de Cristo” está diciendo, “aquí está presente Cristo ”. No sólo es la “ratio cognoscendi” de mi realidad, no sólo soy conocido por mi cuerpo, sino que es la “ratio essendi” de mi realidad, yo soy mi cuerpo, aunque mi cuerpo no se agote en la masa que posee.[5]

LA IDEA DE MATERIA

        La idea primitiva de materia, como la hallamos en Aristóteles, que usa una imagen del primer escritor occidental, Hesíodo, es la de un “material con que está hecho algo” y por eso usa la palabra “Hyle” (υλη) que significa madera o bosque, para referirse al material con que está hecho el barco del cosmos que navega en el espacio infinito. La misma palabra española “madera” es un derivado del latín “materia” emparentada con la palabra  mater” (madre), otorgándole un poder generador a la materia. Todas las cosas están hechas de materia y provienen de ella; Aristóteles es el autor de la expresión “Hyle proté” (ulh proth), ‘materia prima’. Así construye su famosa teoría metafísica; la teoría hilemórfica, teoría sobre  la realidad del mundo y su devenir. Sin embargo, a la luz de la ciencia y la filosofía actuales, esta idea de materia prima no es mas que una construcción mental, la postulación de una teoría, pues lo único existente son las cosas materiales, a lo que él llamaba sustancias o materia segunda. Al cosmos (que por armónico y ordenado es cosmético) lo denominaron los griegos fysis, acentuando con ello la idea de totalidad, orden y poder; poder generador, fontanal, matricial. Fysis proviene del verbo griego “Fyo” (fuw) que significa “nacer”; traducido por “natura”, del verbo latino “nasco”-nascere = nacer.

          Junto con estas ideas de “con que”  y “desde lo cual”  se añade un elemento que va a constituir pareja indisoluble con la idea de materia y es la idea de estructura u organización; la materia no es mera masa, sino que posee un poder organizador y que para Aristóteles es preferentemente poder pasivo , receptivo de “formas” (morfé-morfh)). Los latinos tradujeron este poder que los griegos llamaban “dynamis” (dunamiV) como “potentia”. La materia es un poder potencial de recibir infinitas formas, en ella se plasman las formas con las que se configura la realidad de todas las cosas del cosmos. Materia y forma son los elementos básicos de todo lo real, la materia es un poder potencial de recibir el elemento configurador o sello final que le da actualidad a las cosas, es decir, el acto. Materia y forma se comportan como potencia y acto. Dicha teoría hasta hoy es vigente para interpretar el mundo y así está plasmado nuestro lenguaje; de modo que al usar estos términos no nos damos cuenta de que estamos siendo aristotélicos, repitiendo un esquema mental de hace 25 siglos atrás.

         No cabe duda que es posible hablar de la materia como material de lo que está hecho algo y no es un error distinguir la materia de su forma; siempre y cuando no olvidemos que yo no tengo materia, sino que soy mi materia. El idioma nos hace decir “mi cuerpo”, como si yo tuviera cuerpo, en vez de decir “yo-cuerpo”. Cuando uno pregunta de qué está hecho algo, pregunta por su material, pero la materia tiene un sentido más profundo, es algo constitutivo, en el sentido de que no puede ser sino con ello, por ello es que se  tiene realidad, pues esa es su exacta realidad esencial, como en el hombre tener una constitución material que lo individualiza y lo hace ser, es decir, ser una realidad somática, corpórea. No es lo mismo tener un cuerpo que ser una realidad corpórea. En este sentido la materia  en vez de ser determinable o determinada por formas que la actualizan, es un elemento  de la realidad de una cosa, como sucede con el código genético de un viviente, que no es una forma que le adviene a la materia, sino que corresponde a la organización misma de la materia. De igual manera, cuando hablamos de evolución, no es posible entenderla como un mero ajuste o adaptación  a  formas externas del entorno o medio ambiente, sino que depende de un ajuste programado en la organización genética interna de los sujetos. De modo que resulta inaceptable entender la materia como pura ‘dynamis’ o potencia de recibir algo extrínseco, más bien ella posee siempre una estructura enérgica, como reconoce hoy la ciencia. La estructura o forma es constitutiva de la materia y no algo extrínseco advenedizo; la materia da actualidad, otorga realidad a las cosas, la materia posee poder generador, es matriz del universo, la materia es principio de acto, como se dice  en biología, es generadora de potencialidades, es decir, como poder determinante y determinador de actos. No es suficiente la idea negativa de indeterminación y pasividad que nos entrega el mundo griego: la ciencia actual nos muestra una materia con un dinamismo positivo, no como “potencia”, sino como “poder potente”, con un poder “dar de sí” fontanalmente nuevas realidades y a esto es lo que se  llama, como en la biología, “potencialidades” de la materia; por ejemplo la potencialidad trófica (de crecimiento) o la potencialidad de sentir o la de replicación de sus estructuras (potencialidades genéticas).

          

 

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