EL ROL DE LA VOLUNTAD

EL ROL DE LA VOLUNTAD

 

Carlos Zárraga Olavarría

       

         No hay cosas de suyo buenas ni cosas de suyo malas. Esto no quiere decir que sea  el hombre quien añade lo bueno o lo malo a las cosas con sus acciones, sino que ellas por sí mismas, debido a sus propias propiedades, “quedan” en condiciones de buenas o malas en tanto queridas por el hombre; quererlas significa aceptar o rechazar las posibilidades que las propiedades de las cosas ofrecen. Quedar (respecto del hombre) en condición de ofrecer posibilidades de realización es algo que le pertenece a la realidad de las cosas, es algo propio de las cosas. Aceptar una posibilidad es permitir que la riqueza de la realidad de algo se traspase a mi realidad, sin embargo este “dejar que” lo bueno en tanto posibilidad me embargue no constituye causa de lo bueno; pues así como el hombre no es causa de lo bueno, tampoco lo bueno es causa, sino resultado de una volición. La situación que se produce en el acto voluntario es similar a la que se produce en la aprehensión sensible de los colores, pues sin ojos no hay colores, pero no es el órgano visual el que causa los colores sino la luz que se descompone en ondas electromagnéticas al reflejarse en las cosas y que resulta aprehendida visualmente como color.

         “El bonum, el αγαθόν, es pues simplemente la realidad en tanto posibilidad” (X. Z; SSV p.38). Y así como la inteligencia intelige la realidad, pero la realidad no es nada real, pues lo único real son las cosas; así la voluntad  quiere el bien que hay en la realidad de las cosas. Lo que significa que no podemos querer sino un bien concreto, es decir, no es posible querer el bien bajo el puro respecto abstracto de bien, porque esto no es una opción voluntaria. No es cierto que el hombre tienda al Bien, como han sostenido algunos filósofos. ¿Bajo qué respecto, entonces, se quieren las cosas? Bajo el respecto de mi bien concreto.[1][1]

       Pero toda posibilidad conlleva una doble dimensión: por una parte están las tendencias que las propiedades reales de las cosas generan en el hombre a raíz de su aprehensión, tendencias que tienen el carácter de ‘inconclusivas’ y por otra el tener que hacerse cargo de concluir la respuesta apropiadamente. La respuesta correcta del que obra con rectitud es la que más se adecua al bien propio de cada cual; lo que se trasunta en que cada vez que estamos queriendo una cosa nos estamos queriendo en ella, desde nosotros (no trataremos por el momento el tema de cómo configura cada cual su bien propio, pues esto es un asunto diferente al acto de volición).

        La unidad sistémica e integrada del hombre que se resuelve en un inteligir sentiente y no en inteligencia y sensibilidad, hace que al inteligir sintamos y que al sentir haya intelección de lo aprehendido. Igual cosa sucede con las tendencias, pues su inconclusión no sólo provoca sino que exige el acto de la voluntad, las tendencias exigen una elección libre, es decir, la voluntad no funciona sólo  en virtud de una graciosa invitación de cosas indiferentes para la voluntad, sino que está internamente constituida por la exigencia de nuestras propias tendencias, convenientes o inconvenientes, dejándonos en un estado de desequilibrio, desorden e inconclusión que empuja ineluctablemente al hombre sobre sí mismo. Lo empuja primeramente a un acto teórico, a tener que decidir y luego a querer libremente entre la conveniencia y lo mejor. Lo más conveniente a un apetito es la satisfacción del impulso, pero a veces no es lo mejor. Lo conveniente y lo mejor no coinciden. De modo que la libertad no es un estado ni un vacio, sino que se presenta como  una urgencia vital. No es posible querer sin desear o no querer sin aborrecer algo, aunque lo bueno y lo deseable sean formalmente distintos, como lo malo y lo aborrecible. El ejercicio de la voluntad arranca de esta base tendencial “pática”, que puede ser variable de un sujeto a otro, de un apático a un hiperpático, de alguien que posee una tendencia deforme o viciada a otro que posee una pobreza tendencial insuperable o de alguien que libremente actúa pero en estado psicopático.

       Pero la voluntad no es una tendencia de ningún tipo, no es, por ejemplo, un apetito que tiende al  bien, sino que es una facultad cuya formalidad es querer y en tanto quiere acepta o rechaza tendencias en la perspectiva del bien concreto del hombre. La propensión al bien es generada por una tendencia empíricamente concreta y no por un impulso propio e innato hacia el bien. La idea de una voluntad tendente nace del hecho de que una vez aceptada una tendencia nos “subimos” voluntariamente a ella e incluso podemos impulsarla; visto así es obvio que la voluntad “tiende”. Apetitos y tendencias conforman (o deforman) todo acto voluntario, haciendo así de la volición un acto tendente. Pues si no hubiese tendencias no sabríamos qué querer (o no querer). Resulta inconcebible una voluntad que no fuese somáticamente tendente; no tendría sentido hablar de virtudes como la templanza o la fortaleza; tampoco tendría sentido hablar de la virtud de la justicia pues nuestra relación con los otros es esencialmente somática y comienza por el respeto de las condiciones orgánicas del otro y de su espacio físico y de su tiempo vital, sin olvidar la índole sexuada de todas las relaciones humanas, lo que es absolutamente determinante en ellas.

       Las cosas generan tendencias que al ser sentidas intelectivamente como realidades pierden el poder biológico para concluir en estricta necesidad y quedan respecto de mi realidad como posibilidades que voluntariamente asumimos como buenas o malas desde mi bien personal configurado individual, social e históricamente.

        Pero volvamos al acto voluntario. La voluntad se hace plena—decíamos — en la aceptación y posesión de la realidad querida como posibilidad mía: esto sería, según el parecer de Zubiri, la fruición. Todo apetito se sacia en el placer de su objeto alcanzado, en cambio la voluntad se fruye. Fruición – explica — no coincide con placer o deleite ni con estar contento o satisfecho, como lo estaría un animal, ni siquiera coincide con estar alegre, que es un sentimiento –afección de una tendencia en el hombre — y no lo propio de la volición, aunque no lo excluya[2][2].

        Así pues, el primer momento del acto voluntario  nace del torbellino de tendencias que movilizan a querer, es el momento pático (pasional), previo al acto mismo de querer; por cierto no todos tenemos la misma disposición “pática”, pues algunos simplemente son “apáticos”. El segundo momento es un estado de alerta, atención o circunspección ante el panorama de lo querible como bueno; no todos tenemos el mismo cuidado y vigilancia o “caución” sobre lo que es realmente bueno o mejor para nosotros; resulta frecuente hallar a personas  que sucumben a una emotividad agresiva y actúan precipitadamente o no resisten a la conveniencia ocasional que a veces suele ser muy diferente a lo bueno. Movilizadas las preferencias se  ejecuta el acto de preferir ante el elenco de posibles opciones ofrecidas en una situación concreta;  queda entonces el hombre vacilante, expectante, pues no basta querer para alcanzar lo que se quiere; hay que buscar la manera de conseguir lo que queremos. Algunos  se atascan en este momento y quedan como pasmados o atorados sin saber qué decidir, pero cada situación conlleva su ocasión y ello impone la urgencia de tener que decidir: es la  urgencia de tener que preferir. Elegida ya la acción a seguir hay que ponerse a ello y esto es el arrojo, es decir, el acto “eficaz” (y no meramente ‘elícito’) de querer  con firmeza o tibiamente, como es el caso del hombre voluble. Para quedar finalmente en un estado de  complacencia o fruición por lo que se ha conseguido. La volición transcurre a través de estos ocho momentos (que recuerdan los 12 pasos del acto voluntario conocidos en el tomismo).[3][3]

       Pero la voluntad no sólo se halla enfrentada a las situaciones que tejen las cosas, sino que también se enfrenta a ella misma teniendo que querer y no poder hacerlo, en ocasiones, con la fuerza necesaria para conseguir su objeto y quedar, como sucede a veces, sobrepasada  por las tendencias o sumida en una inercia sofocada por el desgano, debiendo, entre otras cosas, hacerse cargo de sí misma queriendo “poder querer”(como decía Nietzsche: “Wille zur Macht”- voluntad de poder), esforzándose en poder querer con más fuerza, no sólo ante el arrastre poderoso de las tendencias, sino sobre todo, a falta de ellas. Persistir en la volición, persistir en lo ya querido una vez que se ha saciado o extinguido el apetito tendencial, es por cierto, pura “fuerza de voluntad”. Este es un carácter del areté griego; no sólo es un asunto de buena o mala disposición de la voluntad, sino de fuerza de voluntad adquirida a punta de esfuerzo. Tal es el sentido que asumió la traducción latina de areté como virtud; término construido con la partícula “vi-“, usada para formar palabras relativas a fuerza, como vir, virus, o vis y en español viril, viral, violencia, o vicio.

        La virtud no consiste propiamente en el control volitivo de las tendencias pasionales, como se suelen explicar tradicionalmente la templanza y la fortaleza – virtudes cardinales –, sino que consiste en la fuerza de voluntad  necesaria para controlarse a sí misma, pues la tendencia es un constitutivo intrínseco de toda volición, pese a que ambas no coinciden formalmente. La voluntad impera incluso sobre sí misma; he aquí precisamente donde hunde sus raíces la fuerza de la Gracia o donde se enquista el virus de la desgracia que produce el vicio. No hay voliciones sin alguna tendencia, pues si no existiese el deseo de comer, simplemente se nos olvidaría comer, nadie querría comer, como sucede cuando se pierde el apetito a causa de una enfermedad. Pero tampoco hay tendencias sin volición; el hábito virtuoso es un asunto de la voluntad consigo misma y no sólo un mero manejo tendencial. Con todo, la virtud admite otro sentido y es como “haber”, es decir, como  hábito adquirido, como una especie de “naturaleza segunda o estado secundario” del hombre — como se  decía en el mundo medieval –, y que corresponde a la conclusión de las tendencias inconclusivas en el hombre y que pasan a integrar la personalidad  del individuo; resoluciones no siempre afortunadas, pues no es extraño que una opción libre pueda producir trastornos psicofísicos, tanto como la inversa, vale decir que una  determinada estructura psicofísica pueda hacer al hombre proclive a definiciones morales poco felices.

        Sin embargo debemos hacer algunas precisiones. La voluntad es como una mano que se abre o se cierra para dejar o coger algo; la voluntad no goza ni se fruye (Zubiri sostiene que la fruición es propia de la voluntad en su curso de 1961)[4][4], porque no es una tendencia ni un sentimiento, sólo acepta o rechaza, permite ir o deja venir (da lo mismo). Fruición no es el gusto pático que produce una afección, sino el “estar a gusto”, es decir, sentirme a gusto al degustar algo. Fruición no es goce o deleite, sino un sentimiento de realidad, de la realidad sentida intelectivamente en mí. Pero la volición no es una tendencia, la volición no reposa alcanzando su cometido, pues para querer es indiferente poseer o no poseer lo querido, ya que incluso poseyendo lo querido no acaba el acto de quererlo. No es cierto aquello de que uno quiere lo que le falta, pues aún teniéndolo se sigue queriendo, sólo que de otra manera. El acto de la voluntad, es decir, la volición, consiste en querer libremente lo bueno entre las cosas, o sea, preferir o elegir la mejor de las posibilidades que se presentan desde nosotros mismos. La volición no debe confundirse con el deseo y su satisfacción ni con el sentimiento y su fruición, aunque ellos estén concretamente integrados en la volición. Pues así como la voluntad no funciona sin intelección ni tendencias, tampoco  funciona sin el sentir intelectivo de las sensaciones (estimúlicas) que en el hombre son siempre sensaciones de realidad, o sea, sentimientos (no debemos confundirlos). Se puede no querer lo que deseamos (tendencia) o desear lo que no queremos; o amar (sentimiento) sin querer (voluntad) o sufrir por un deseo. Podemos, incluso, dejar de querer lo que amamos o sentir un profundo disgusto por lo que queremos. Pero no es posible sentir agrado o gusto sin fruición (de realidad) o fruirnos por algo sin que  nos guste. Aunque hay alegrías que no provocan fruición alguna y fruiciones que florecen en la tristeza o en el huerto de otros sentimientos.

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