LA MENTIRA

LA MENTIRA

   Carlos Zárraga Olavarría-2009

                                      Iñaki era médico y había descubierto  que inyectar una pequeña esperanza en sus pacientes tenía un efecto enormemente terapéutico, sobre todo en aquellos que parecían  haber perdido la dura batalla en contra de la enfermedad. Por eso  no le importaba mentir, si con ello hacía brotar alguna esperanza salvadora. Tras largos años de experiencia, todas las estadísticas médicas obraban en su favor. Una mentira  dicha en el momento oportuno podía resultar  una poderosa herramienta de sanación. Mentir  en tales casos era bueno”.

                                                        Tradicionalmente se enseña que la mentira posee una tipicidad moral universalmente reconocida: es ‘de suyo’ moralmente mala (siempre), porque priva al hombre de un bien necesario, lo priva de la verdad. La mentira es el ‘finis operis’ de la acción de mentir y aparentemente no existe intención alguna que altere la tipicidad moral de esta acción. Ahora bien, cuando hablamos de mentir para salvar una vida, no debemos entender dos actos con dos tipicidades sino  un sólo acto compuesto por dos momentos. Nos topamos, entonces, con la vieja cuestión moral de “si el fin justifica los medios”. La ética ha enseñado que lo propio de la moralidad es que los actos refluyen sobre el sujeto que los realiza, en esto consiste el “ethos” o “mor” de la persona humana, su moralidad; de manera que si alguien camina se convierte en caminante y si hace cosas justas se hace justo; así el que hace cosas buenas se hace moralmente bueno y el que hace cosas malas se vuelve moralmente malo. Pero para que un acto sea bueno debe ser íntegramente bueno, tanto los medios (la acción) como la intención (el fin); pues cualquier momento malo vicia el acto refluyendo malamente sobre el individuo (aunque un fin bueno puede atenuar –o agravar — la maldad del acto en su totalidad, no obstante no habría manera de que la intención o el resultado alteren la moralidad de la acción). Porque lo bueno no depende del resultado de una acción, sino de ambos: de la acción y del resultado, en el contexto de la moralidad de los actos y no de las personas que realizan esos actos, puesto que existen numerosas circunstancias capaces de eximir de la autoría moral al sujeto que realiza un acto (como sería el caso, por ejemplo, de alguien que realiza una acción inmoral movido por un miedo incontenible).

                               “Iñaki insistía  en que lo más importante para él como persona y como profesional era ser un buen médico y ello lo conseguía cuidando la salud de sus pacientes, restableciendo la armonía perdida en el enfermo, contribuyendo así a la felicidad de todos, como lo demostraban los frutos  de su trabajo y poco le importaba los debates filosóficos que suelen no contribuir en nada a la solución de los problemas del diario vivir. Iñaki no entendía ese lenguaje de categorías universales que hablan del “siempre” y de lo “absoluto”  de las cosas, porque la felicidad es algo que se consigue minuto a minuto en la adversidad de la vida y no como resultado de una larga  vida de sufrimientos”.

                                                 Pero lo bueno de una acción no depende de las circunstancias de la acción (quien, dónde, cuando,  cómo, con qué, por qué o para qué). Lo bueno es tal por ser bueno  en todas las circunstancias. Igual cosa sucede con lo malo: asesinar es siempre malo. Esta es la tradicional perspectiva de la moral: el bien de cada cual, el bien circunstanciado queda medido en la perspectiva del bien común del hombre. La inmoralidad, por ejemplo, surge cuando alguien realiza una acción buscando su bien particular en algún momento, desconectándose del bien común. El bien común no expresa el bien de la mayoría circunstancial o el bien colectivo de todos, sino el bien de “todo hombre”, pudiendo darse el caso de que el bien común estuviera paradojalmente representado por la minoría circunstancial y no por la mayoría. Visto así, mentir es malo para “todo hombre” y en esa medida se hace malo para “todos”, aún para aquel que se ha beneficiado con la mentira. Lo común del bien, sin embargo, no se debe a una naturaleza humana compartida –como suele explicarse corrientemente–, sino a la efectiva presencia personal de los demás (conocidos o desconocidos) en el individuo: la existencia individual  no se agota en el individuo, pues posee una dimensión común (social e histórica) ineludible, presente incluso en el ermitaño que se disgrega de la colectividad. Por eso el mal de otro es inexorablemente mi propio mal y el bien de otro es mi propio bien; aunque darse cuenta de esto requiera de una buena dosis de madurez moral. 

                           “Iñaki llevaba mucho tiempo escuchando aquel discurso de una pretendida objetividad universal de la verdad y del  bien, esa misma que ha proscrito no sólo  acciones sino también a una inmensa cantidad de personas, simplemente por querer vivir de otra manera, por ser diferentes. Pues para él no hay otra forma de entender el bien sino como  “tener un buen pasar por la vida”, es decir, una buena vida sin dolor ni sufrimientos. Eso lo había aprendido de los antiguos griegos que entendían el camino de la felicidad como un “eu prattein”, un buen vivir asumido como tarea individual y que a la larga trae beneficios para todos. El éxito personal de un individuo no tiene por qué contradecir el bien global de la comunidad, por el contrario,  redunda inevitablemente en el éxito integral de la sociedad, puesto que nadie vive solo”.

                                                     La ética investiga cuál es el bien del hombre, el bien de todo hombre;  no como un  compendio  psicosocial de conductas, pues “todo” (en la expresión “todo hombre”) no corresponde a la suma de las partes, de modo que el bien común, en cuya perspectiva se perfila siempre el bien moral de cada cual, no es la suma de todos los bienes particulares (el bien del vendedor y del comprador, de la víctima y del ladrón…), el bien colectivo no es el bien común de la totalidad presente  en cada uno de los individuos (se trata de una presencia real de los otros y no de una participación en una pretendida e inexistente naturaleza universal); a menos que se postule la tesis del “buen pasar por la vida” como la mejor forma de realización humana, en cuyo caso lo bueno queda inevitablemente circunstanciado, es decir, relativizado y la conducta moral obtiene su validez en el consenso de la mayoría: “todo está bien si todos estamos bien”. Esta es la moral del consenso donde “bienestar” significa “estar bien”, de modo que una “buena vida” sería entonces una “vida buena” (J. Rawls). Así todo aquello que contribuya al estado de complacencia mayoritaria es “beneficioso” y por ende es socialmente reconocido y aceptado como “bueno”. Lo valioso y digno es el resultado. Queda diseñada de esta manera una ética del beneficio, una ética  de resultados propia del pragmatismo (R. Rorty), que es una de las formas que asume el denominado “consecuencialismo ético” de nuestra época. Lo bueno es bueno porque nos beneficia mayoritariamente a muchos por el momento; la ética se vuelve “ética social” al servicio de proyectos políticos enfocados en resolver el status de problemas que afectan a una comunidad.

                              Una ética de principios (principialismo ético), en cambio,   puede resultar tan inflexible como una ética formal de conciencia, pues ambas tienen idénticas pretensiones de universalidad y permanencia.  Kant, por ejemplo,  afirmaba que “los hombres no tienen por qué saber el resultado que tendrá su hacer o dejar de hacer moral, pues les corresponde cumplir con su deber y basta”. Sin embargo, quien actúa pensando que mentir es malo “siempre” y no prevé las consecuencias es un irresponsable; o a la inversa, hacer lo justo y que salga lo que Dios quiera (fiat iustitia, pereat mundus) es causa de desordenes tan evidentes como exigir justicia a todo precio, pues ello conduce inevitablemente a  conductas de vileza. Consciente de esto Max Weber   prefería hablar de una “ética de la responsabilidad” que no define lo bueno por un dictamen incondicionado de conciencia ni por principios inmutables ni por las circunstancias ni por los resultados, sino por la sintonía de todos estos elementos.        

                              “El cuerpo humano había sido el maestro y la escuela de Iñaki. Allí aprendió que todos los elementos que estructuran el organismo humano están en función de los demás .No fue difícil aplicar este descubrimiento a la sociedad y al universo entero, pues funcionan según la misma mecánica. Evidencia que con el tiempo se consolidó en postulado metafísico: “toda cosa es otra”. Resultaba una sentencia tan simple como atractiva: lo único absoluto en el cosmos parece ser la relación, de modo que cualquier verdad debía nacer de una relación, no importa como se llame esta relación. Los griegos hablaban de “omoiosis”, los latinos de “rectitudo” y de “adaequatio” en la constitución de toda verdad. Esto le permitió comprender que en materias morales lo bueno es algo que debe estar sujeto igualmente a una relación, primero entre las cosas y el hombre y luego entre un hombre y los otros. De tal manera que no basta definir la figura de la mentira como “privar intencionalmente de la verdad a otro” y añadirle una tipificación de “mala”, pues tal criterio resulta grotesco sin las variables del entorno social  que establecen los parámetros de lo aceptable e inaceptable para la convivencia en un momento determinado; pues vivir es algo que también queda sometido a la relación: “vivir es convivir” (incluso para aquel que ha decidido vivir solo, porque esta opción supone la negación a la que queda de por vida atado: solo ante los demás,  soledad en la que los otros asumen la  presencia del “ausente”)”.

                                                                        Pero ¿se puede establecer la relación como categoría  primordial de la realidad? Si A y B están en relación ¿”y”, en cuanto real, también es una relación que supone dos relatos internamente? Y si esto es así ¿dentro de estos relatos existe otra “y” con otros dos relatos y así sucesivamente ‘ad infinitum’ disolviendo toda  unidad en una “y” primordial? (H. Bradley). Pareciera que la única manera de postular la absoluta y universal prioridad de la relación descansa en aceptar, al mismo tiempo, la prioridad unitaria de los relatos, pues sin ellos no hay relación. Una relación fundamental debe sostenerse sobre la constitución unitaria de relatos; no puede haber relación sin unidad. No es que haya cosas unitariamente constituidas y luego “entren” en relación, sino que ellas “son” constitutivamente “en” relación. Esta es la única manera de aceptar un relacionismo  originario, afirmando una proto-relación que no es causa de los relatos, sino más bien una relación sin prioridad de los relatos ni prioridad de la relación, como barruntaba A. Amor Ruibal y que definió después  X. Zubiri con su idea de respectividad.

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6 Responses to LA MENTIRA

  1. Mach says:

    ENTONCES EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS…

  2. MACH: TEMÌA ESTE COMENTARIO!!. Si me pones en el caso teórico (abstracto) de un medio (acción) malo, con un fin bueno (como se ha planteado tradicionalmente el problema), respondo diciendo que el fin no justifica los medios (en materias morales). No puedo resistir la lógica que hay en ello; posee una lógica redonda, perfecta. Pero sólo eso, es pura lógica. Ya que en esto hay un principio tácito, implícito y discutible: que existen acciones de suyo malas, es decir, ajenas a toda circunstancia (acciones que no forman parte de actos, acciones solas). Imaginemos por un momento la peor de las acciones, la más mala: ¿matar a otro? “Matar a otro” es una acción que produce mal-daño, el “más grande de los daños, tanto que de inmediato hace presumir un menoscabo integral en la persona (en lo que es, en lo que puede ser y en lo que quiere ser), es decir, algo que por su compromiso integral se vuelve malo, moralmente malo, objetivamente malo. Pero esto no es cierto. “Matar a otro” (daño) no siempre es malo (por eso quien mata a otro debe ser sometido a un proceso judicial para ver si hizo algo efectivamente malo, basados en la “presunción” de maldad, movidos por la enormidad del daño, subentendiendo que en el hombre no es posible esta acción sin una intención).Porque es posible dar muerte a otro por accidente (acción que se realiza con “otra intención” y no “sin intención”), en defensa propia, aplicando la pena de muerte, en caso de guerra, movidos por un ataque de locura… Tales casos no son excepciones a la regla, como se suele decir fácilmente; sino más bien un claro indicador de que “matar a otro” no es malo siempre. ¿Por qué? Porque varían las circunstancias, especialmente la intención del que actúa. La intención es fundamental para juzgar “EL ACTO” y no la acción en abstracto (digo “en abstracto” porque en rigor no existen acciones solas; denominadas alguna vez “actos del hombre”. Toda acción es “personal” e integradora, toda práxis realizada por el hombre es un acto, es un “hacer” que refluye sobre la persona). Ciertamente el más grande mal–daño es la muerte, pero no siempre es malo, pudiendo “entregar la vida” por algo verdaderamente bueno, precisamente porque la vida no siempre es buena. Pero no nos confundamos: asesinar es siempre malo. Si, pero asesinar es “un acto” (conlleva una intención de hacer mal), no una acción. La figura del asesinato (como acto) queda cerrada sólo tras el fallo de un proceso judicial (o en el tribunal silencioso de la conciencia moral).
    Aplicando estos criterios a la mentira como acción, diremos que por definición ella puede considerarse corrosiva y dañina, sobre todo desde la perspectiva del bien común o de la justicia debida a otro, por eso presumimos que es mala, especialmente porque no se puede mentir sin intención, es decir, sin alguna malicia para consentir en el daño y posible mal que acarrea a la larga la mentira, o al menos, sin picardía, como la picardía de aquel que miente para hacer una broma poniendo en dificultades a otro, con el fin de provocar luego un estallido de alegría. Pero para que sea efectivamente mala, debe quedar establecida la intención. En consecuencia, si no podemos hablar de una acción de suyo mala (sin la intención), el asunto de si el fin justifica o no los medios queda mal planteado, tal como se ha planteado tradicionalmente. Ese es el punto. Lo cual quiere decir que ‘sensu stricto’ no puedo estar de acuerdo con que el fin justifique los medios ni con su contraria (a menos que acepte la tesis de una acción mala y un fin bueno, como un mero logicismo o ejercicio lógico, claro está). Como principio absoluto no sirve en ningún caso, pues asumido negativamente ya hemos visto que hay muchos daños que buenamente se aceptan por un fin bueno y asumido positivamente tampoco sirve, pues a veces la acción produce un daño tan grande que no es proporcional al pequeño bien que se busca con la intención del acto, como defenderse de los ataques verbales de otro (fin bueno), dándole muerte (medio).
    Demás está advertir que, aunque se parecen, hay perspectivas diferentes en el derecho y la ética, pues la ética se ocupa propiamente de lo bueno y lo malo, en cambio el derecho, como institución social, se previene propiamente del mal como daño, en tanto corroe el orden y desestabiliza el equilibrio social. Pero no vamos a entrar en este asunto por ahora.

  3. Mach says:

    Sin embargo he sido enseñado que la mentira es mentira, siempre, al igual que robar es robar, siempre, asi sea un alfiler o un banco, un queque que me darían despúes o un cajero automático, asi he entendido y creo es el sentir social respecto a la mentira, aúnque en la praxis, me he dado cuenta que efectivamente el acto de mentir, muchas veces resulta de acuerdo al fin que se persigue con el. Lamentablemente hoy en nuestra sociedad, el mentir es parte de nuestro diario vivir, en todas sus formas y lamentablemente sin medir las consecuencias, lo que se a traducido en una cauterización de la conciencia social, y por tanto, en dejar de lado lo que se sabe del mentir y actuar por la necesidad de mentir.

  4. La mentira es mentira siempre, como el agua es H2O siempre. Son definiciones que no cambian. Pero no se puede realizar una acción sin algo más, sin un fin. Entonces la mentira (acción) pierde su simpleza y pasa integrar algo complejo, un constructo contextualizado en un dinamismo situacional (un acto personal). Las propiedades esenciales de la mentira, entonces, no cambian, sino que permanecen produciendo sus efectos propios; pero en el contexto de la praxis humana tales propiedades se integran a un proyecto humano y por ende se vuelve algo moral, asumiendo el carácter de posibilidades y en tal medida son queridas como buenas o malas. El asunto moral o personal de lo bueno y lo malo no compete a las acciones ni a sus propiedades, sino a las posibilidades en el contexto de los actos personales y por lo mismo, inevitablemente sociales, culturales. Y en este contexto –lamento decirlo – la mentira es una forma de vivir la verdad, o si se prefiere, de convivencia en la verdad. En un mundo en que nadie posee la verdad, postular una verdad, cualquier verdad es, por tanto, mentir, como diría mi amigo Nietzsche. No conozco otra forma de socializar la verdad. Lo que pasa, estimado MACH, es que en la dinámica social o al interior de una cultura una mentira proscribe a las otras. Pero de esto yo no deseo hacerme cargo por ahora.

  5. Elías says:

    Estimado Carlos:

    No entiendo muy bien por qué dice que matar no es siempre malo. Creo que es porque usted considera que la intención es fundamental para juzgar el daño. Pero es que la intención, es sólo eso, intención. Qué es lo que existe en la intención, que hace que en unos casos, el acto sea bueno y en otros malos.
    La intención, para juzgarla como buena o mala, con respecto a qué hay que ponerla en relación.

    Discúlpeme si me equivoco, pero me da la sensación, de que para usted no existe un criterio universal para saber si matar a un niño de tres años, por el puro placer de matarlo, es bueno o es malo. Nunca podremos estar seguros de si lo que ocurrió en los campos de exterminio Nazi fue bueno o malo.

    No estoy diciendo que esté usted equivocado. Sino, que si está usted en lo cierto, no existirá nunca ningún criterio (que todos podamos compartir)para poder determinar sobre lo bueno y lo malo.

    Un Saludo.

  6. czarraga says:

    Estimado Elías:
    “Matar a un niño de tres años”¬: ¡de sólo imaginarlo siente un horror! Supongo que has escogido la imagen de un niño de tres años para representar a un inofensivo inocente. Pero además complementas la imagen añadiendo: matarlo “por puro placer”. Sin duda se trata de una imagen extremadamente cruda, violenta, mueve al espanto y al consiguiente rechazo por “malo”. Sin embargo debo responder insistiendo:”matar no siempre es malo”. Para entender esto debemos comenzar por reconocer una evidente ambigüedad en el lenguaje (que por ahí he explicado en Adimen), pues “malo” se usa para referirnos al “mal” de daño que produce un “maleficio” (lo contrario a beneficio) y también para referirnos al mal de “maldad”, que conlleva generalmente malicia y a veces también malignidad. Males diversos y diferentes. Cuando se sanciona el precepto religioso-moral “no matarás” o se penaliza el homicidio (en Chile se define simplemente como “el que mate a otro”) se alude directamente al mal de daño con la presunción de maldad. Para que haya maldad debe haber intención. Los animales también matan y provocan daños, pero no hay en ellos maldad; también el hombre puede matar sin intención, parcial o totalmente, por eso la intención — que no es evidente – debe ser probada en un proceso judicial y por eso no podemos juzgar personas (en lo moral), porque desconocemos sus intenciones. Pero tú has añadido una intención humana: “por puro placer”. Actuar por puro placer es una decisión voluntaria en el hombre y establecidas las condiciones mínimas de voluntariedad, no afectas a una excepción o eximición (por ejemplo, que el autor no esté loco), el acto de matar es susceptible de ser juzgado como malo en lo moral o judicialmente malo. No antes.

    ¿Es moralmente malo matar a un inocente sin intención, sin querer? Por cierto que no; aunque el daño, el dolor y el sufrimiento provocados sean inmensos. Esto es así desde el punto de vista del que ejecuta la acción de matar Pero también podemos ver el asunto desde el punto de vista del agredido o víctima. Pues todo lo que el hombre necesita para vivir queda revestido de dignidad moral y es protegido bajo un escudo moral y jurídico. Lo que se protege con ello es la posibilidad real que tiene el hombre de hacer de “su” vida algo realmente “suyo”: sólo en esta medida las cosas humanas se vuelven buenas o malas “de suyo”. Así la vida de otro se vuelve universalmente buena y arrebatarle la vida se vuelve universalmente malo, en consecuencia matar a otro hombre constituye en principio algo universalmente malo; pero “en principio” no significa “siempre”, pues como dice Aristóteles, cuando habla de estas cosas morales, “los principios universales se vuelven relativos en la práctica (concreta)”. He aquí la relación por la que preguntas: la intención se hace mala cuando pasa a llevar algo declarado bueno, para lo cual se exige , entre otros factores, tener conocimiento de esa declaración, que en este caso, es tener conocimiento de la ley moral o civil. Sin conocimiento no hay maldad en el acto de matar a otro. Los criterios universales, como la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” de 1948 están fijados con estos parámetros. De modo que lo que pasó en los campos de exterminio nazis, según se conoce, fue algo indudablemente malo(va contra los principios enunciados en esta Declaración y en muchas otras): pero nunca sabremos si hubo la misma maldad en todos los ejecutantes del exterminio, posiblemente más de alguno era completamente inocente. ¿Por qué? Porque matar no siempre (en el caso concreto) es malo.

    Un saludo cordial
    Carlos Zárraga Olavarría

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