APUNTES SOBRE LA BELLEZA

APUNTES SOBRE LA BELLEZA[1]

 

CARLOS ZARRAGA OLAVARRIA

NOVIEMBRE 2009

 

                              El tema que expondré a continuación trata de la “belleza o lo bello” y responde a una pregunta directa: ¿Qué es lo bello? Pero debido a la amplitud y profundidad del tema me limitaré a exponer sólo algunas notas o apuntes sobre “la experiencia de lo bello”; experiencia que, por cierto, viene vehiculada y poseída por el lenguaje, viene apalabrada histórica y culturalmente. He llegado hasta aquí, no porque me preocupe lo bello en sí, sino porque la experiencia de lo bello pone en discusión algo más radical y preocupante, pone en discusión la idea misma de experiencia y a su vez, la inserción originaria del hombre en la realidad, fuente indiscutible de todas nuestras verdades.

 

                                               ***********

 

                            Los griegos hablaron de ‘kalós’ o “tó kalón” (to kalon), lo bello, pero también se usa ‘kalós’ para significar que algo está bien. A la pregunta ¿cómo estás? ti kanis, (ti kaneiV) un griego suele responder “polí kalá, (polu kala) “muy bien”, cuando en rigor está diciendo “muy bello”; asimismo, buenos días  se dice “kalimera” (kalhmera), que en rigor es bello- día, “emera” (hmera) significa ‘día’, de donde proviene ef-emérides, acontecimientos del día y hemeroteca, donde se conservan diarios o revistas periódicas, o  buenas tardes “kalispera” (kalespera), bella tarde,  ‘espera’ (espera) es tarde, de donde proviene ‘vespertino’. Este carácter de ‘bueno’ que tiene lo bello queda  claramente ilustrado en el término hispano “bonito”, lo bonito es un cierto “bonum”, como se dice en latín, algo bueno que tienen las cosas; en inglés corresponde a “beauty” y en francés  a “beau”, belleza se dice “beauté”. En algunas zonas rurales campesinas de nuestro país, a la pregunta ¿cómo te ha ido?, suelen responder “bonito”, o dicen, “que tengas un bonito viaje”, equivalente a “buen viaje”. Bello y bonito en español se aúnan con lo bueno. Lo que permanece en expresiones castellanas, como “caligrafía”, válido tanto para una bella, como para una buena escritura. Que lo bello sea bueno quiere decir que está con-forme a un canon, baremo o forma de ser – morfé –, según los mismos griegos; de donde se inspiró el mundo latino para hablar de lo bello como algo relativo a las proporciones o formas que poseen las cosas, origen del término “formoso”, omorjoV (como la isla de Formosa, antiguo nombre portugués de  Taiwán) o “fermosura” y que tiene como opuesto a “deforme” (παραμορφωμένα). Lo bello sería una ‘eu-morfé’, algo con buena forma, algo bien hecho o ‘per-factum’ en latín, algo perfecto.  De allí que se usen también indistintamente los términos bello y hermoso. Misma idea que se desliza cuando alguien se refiere al aspecto que poseen los contornos o lindes de una cosa, lo que lleva a hablar de la “lindura” de algo.

                                Desde los orígenes de nuestra cultura el universo entero se manifiesta como un espectáculo transido de belleza; de allí que los griegos usaran para “universo” el término “kósmos” (kosmoV) que perdura en nuestro idioma en expresiones como “cosmética” o “cosmetología”, referidos al ámbito de la belleza, concretamente  a la belleza corporal, puesto que el cosmos griego era algo bello y ordenado, y por eso estaba inundado de armonía (armonia). Los latinos tradujeron “kosmos” por “mundus”, que significa algo limpio y que se mantiene en el verbo “mondar” (como mondar una naranja o mondadientes), contrario a “inmundus”, algo sucio. Sentido que  mantiene el término  abstracto “pulchrum” que traduce precisamente al término griego “kalós”, o más bien el neutro “tó kalón”.  El “pulchrum” latino – lo bello — arrastra el sentido mundanal de limpieza y así se conserva actualmente en el término “pulcritud”. Sólo recién entrado el Renacimiento el “pulchrum” romano comenzó a llamarse “bellus”.

                             Lo bello conlleva siempre alguna dosis de placer y eso mueve a quererlo y por quererlo lo tenemos por bueno. Pero lo bueno es algo que se busca y por ello usamos el término “querer”, que proviene del latín “quaerere”, “buscar”, porque buscamos en lo bueno algo para nosotros, para apropiarnos de ello y no como los latinos que usaban simplemente el término “volere”, pues el bien o lo bueno constituye el objeto propio de la “voluntas” (voluntad), que a su vez proviene del griego “boulesis” (boulhsiV), que da origen a más de una palabra española, como por ejemplo “abulia” (falta de voluntad). Volere es el acto propio de la voluntas. La voluntad es un poder o facultad de acción, de movimiento; corresponde al apetito que anima al animal, pero en versión humana y equivale al poder de dar conclusión a las tendencias que no logran ser conclusivas en el hombre, es decir de aceptarlas y quererlas, o no aceptarlas, “nolere”, como diría un latino para expresar “no querer”. En los asuntos de la voluntad siempre hay en juego una finalidad. Sin embargo lo bello no es propiamente lo querible o amable de las cosas, no buscamos nada en lo bello, aunque eventualmente también podamos quererlo, tiene –como dice Emmanuel Kant –“una finalidad sin fin” ; pero lo bello es distinto a lo bueno y no coincide con la formalidad tendencial de la voluntad: tendencial, primeramente, porque nace de las tendencias del apetito concupiscente o ‘cupiditate’, como se ha llamado al deseo en alusión a Cupido y también tendencial porque busca apropiarse de lo bueno obteniendo la satisfacción terminal del beneplácito o placer en el bien poseído.

                                 Lo bello es algo que muestran las cosas, es una forma de presencia que no invita, no incita, no provoca sino que tiene un efecto inmediato mas bien paralizante,  suspensivo, capaz de detener los procesos lógicos de la inteligencia sumiéndola en una espesa niebla o sombra de estupefacción, lo bello asombra. En esto difieren radicalmente lo bello y lo bueno, pues lo bello detiene –en lo inmediato no mueve–, o como insistía Kant, no genera interés alguno sino un mero “placer desinteresado: algo es bello no porque valga para otra cosa, el valor es un apéndice de lo bueno, sino que lo bello es bello en sí mismo, para sí mismo. Tal como lo bueno es querido, lo bello es estimado en sí mismo y no “apreciado”, como suele decirse, porque apreciar o poner precio  equivalente a valorar o tasar lo bello tras haberlo asumido como bueno. En cambio la belleza – repite Kant – es una dimensión de la realidad plena de gratuidad, que, al igual que la verdad,  sólo puede ser querida para ser apropiada en su dimensión de buena, en tanto buena y no en tanto bella; claramente lo bello no tiene el carácter de bien útil, no es algo que podamos consumir o asimilar para sacar de allí un beneficio o provecho; aunque es innegable que podamos confundirlo con un “bien honesto”, como bueno en sí mismo y también con un “bien deleitable”, por cuanto genera placer. Lo bello cautiva la mirada y opaca por un instante todo lo demás, sorprende, encandila, embriaga, produce zozobra y admiración, “tzaumazo” (qaumazw), como  gustaba decir  Platón. Expresión que perdura en “taumaturgo”, esto es, aquel que provoca encantamiento y fascinación con actos prodigiosos.

                Hasta aquí hemos mostrado un aspecto de lo bello: lo bello como bueno. La filosofía ha llenado bibliotecas distinguiendo estos conceptos a cuenta de que suelen confundirse, pero también hay otra faceta: lo bello es algo que las cosas muestran desde ellas mismas, comprometiendo a la inteligencia, como facultad de toda comparecencia real y en esto se parece a la verdad, como actualidad o presencia de lo verdadero de la realidad. Porque al parecer las bestias no perciben esta dimensión de las cosas, de modo que sin intelección de realidad no habría ninguna aprehensión de lo bello. Sin inteligencia no hay belleza. Pero aquí nos topamos con un vacío de lenguaje, pues la voluntad  mueve en tanto quiere el bien que conocemos  y la inteligencia, en lo propio, intelige lo verdadero de lo real; pero no contamos con otra facultad para aprehender lo bello de las cosas. Lo que llevó a pensar en lo bello como una fruición o delectación volitiva que produce la contemplación intelectiva de lo real, como gozo de la intelección, en una confusa mixtura de bien y verdad, de voluntad e inteligencia, sobrentendiendo que los sentidos no poseen rango intelectivo, no residen en el alma humana, según ha enseñado la tradición filosófica occidental durante dos mil años, tesis muy acariciada en el mundo  medieval.

                             Por este otro camino se ha gastado mucha tinta también, para distinguir lo bello de lo verdadero. Pues así como lo bello no parece contar con una finalidad ni es útil, sino totalmente gratuito y por eso no coincide exactamente con lo bueno, pese a que de hecho no existe algo bello sin el placer que engendra, lo que automáticamente lo convierte en bueno. Así lo bello no conlleva una explicación ni una definición, no necesita ir vehiculado en un concepto ni a través de un argumento probatorio ni precisa de la formulación de un juicio y por eso tampoco coincide con la verdad. Pero que no precise de un concepto –como enseña Kant — no significa que no pueda ser inteligido, pues para ello usamos otros mecanismos, como, por ejemplo, perceptos. Los perceptos no son conceptos, no son unidades de significación fija y universal y por ello no son definibles, el percepto fluye osmóticamente, impregnándose de realidad ‘hic et nunc’, aquí y ahora, el percepto es atmosférico e inefable y no pasa más allá de un lacónico “esto, eso o aquello”  y así aprehendemos intelectivamente, por ejemplo,  una melodía musical. El percepto es un instrumento filosófico acuñado en la filosofía y en la literatura española, lo hallamos, por ejemplo, en Francisco Suárez (s.XVI), en Xavier Zubiri o en el poeta Antonio Machado. De este último cito un pequeño trozo de su Parábola VIII (editada en 1917):

                                Mientras la abeja fabrica,

                                 melifica,

con jugo de campo y sol,

yo voy echando verdades

que nada son, vanidades

al fondo de mi crisol.

De la mar al percepto,

del percepto al concepto,

del concepto a la idea

—¡oh la linda tarea!—,

de la idea a la mar.

¡Y otra vez a empezar!

                       Tensada entre los extremos de lo bueno y lo verdadero, lo bello reluce y se oculta como un enigma, el enigma de no saber cómo captamos lo bello de las cosas. Sin embargo, pese a estas dificultades, el misterio parece tener una vía de solución histórica y esta ha sido la vía del sentir: lo bello se siente – qué duda cabe–, lo bello se percibe envolviéndonos en un torbellino de sensaciones que nacen de lo sensible; por eso lo bello es asunto de los sentidos, “aisthesis” o “estesis” (aisqhsiV), como diría un griego. De “estesis” proviene anestesia, estímulo y otras palabras hispanas, como la palabra “estética”, válida tanto para lo sensible como para lo bello; ambivalencia que nos interna en un bosque de interpretaciones. Pues por una parte lo estético se refiere simplemente a los sentidos del hombre como vías de conocimiento, tal como lo usa Alexander Baumgarten, quien fue el primero en usar el término “Aesthetike” en el s. XVIII, como ciencia del conocimiento sensorial y por ello se lo reconoce como el precursor de la estética, y tras él Kant en su estudio crítico sobre la “Estética Trascendental”;  por otra parte lo estético se refiere a lo bello, como suele usarse coloquialmente cuando se habla, por ejemplo, de un centro de “estética, belleza y cosmetología”. Es por este segundo camino que surge una tercera interpretación, pues ocuparse de lo bello y convertirlo en un quehacer propio, no es competencia de las ciencias ni de la filosofía, sino del arte y así, extrañamente, cada vez que hablamos de lo bello creemos que se trata de un asunto relativo al arte, como si la existencia de lo bello dependiera del arte o del artista; pero en ninguna parte se ha dicho o establecido que lo bello sea propiedad del arte, hablar de lo bello no implica hablar de arte, como afirman denodadamente algunos; dando pie a una cuarta variable, esto es, asumir la estética como problema teórico, abriendo un ámbito novedoso, el de la filosofía del arte, como saber de lo bello, espacio habitado por los “estetas”, aunque muchos reniegan  de este apodo.  De todas estas variables, nosotros hemos escogido rodear, en la medida de lo posible, el tema del arte o la estética del arte y concentrarnos en lo estético como experiencia de lo bello.

                            Como se aprecia, no es  nada fácil situar el lugar de lo bello; pese a todo, la línea histórica ya ha sido trazada: “lo bello se siente”, llega a nosotros vehiculado en el sentir, este parece ser el lugar propio de lo estético. “Sentir” contiene la raíz “sent” existente en el francés “sentier”, o “sendero” en español; en inglés lo hallamos en “send”, expresando la idea de “paso”, equivalente al término “experiencia”, proveniente de “empeiría”(empeiria), extensión del verbo “peirao” (peiraw), que en griego coincide con “pasar” y de donde nacen las palabras españolas empírico, puerta, puerto, perito, poro, aporía… Y aunque resulte extremadamente redundante o tautológico decirlo: lo bello pasa por el camino de la “experiencia sensible”, a pesar de que no se agota en ella.

                        Porque ¿acaso es más  bello el calor que sentimos una tarde de verano a las tres o a las cinco de la tarde? Pareciera que lo bello no se percibe en una simple enervación de los terminales nerviosos afectados por estímulos físico-químicos ambientales generadores de sensaciones de agrado o dolor, sensaciones que provocan reacciones y suscitan respuestas biológicamente programadas. Que algo produzca placer, que sea agradable, rico o sabroso, no es suficiente para constituir la percepción de lo bello, aunque sí es suficiente para modular el gusto o disgusto con que se calibran las apetencias, según el programa biológico de cada especie, lo que a su vez da origen a las tendencias. El gusto aporta el elemento biológico que constituye  lo bello y no funciona como categoría ‘a priori’ sino como función biológica. A la tendencia los griegos la llamaban “exis” (exiV), de donde proviene la palabra “excitación” y una de las más fuertes tendencias era la “orexis” (orexiV) o deseo, palabra que se conserva en “anorexia”, falta de deseo. A estos apetitos tendenciales que van y vienen a su gusto se les ha llamado (paqhmata) “pathemata” o pasiones. Así funciona, al parecer, la mecánica del sentir meramente orgánico y animal, en una dinámica que desde Jacobo von Uexküll en adelante queda estructurada como estímulo-suscitación-respuesta.

                   NOTA: SI DESEA CONTINUAR LEYENDO ESTE TRABAJO LO PUEDE ENCONTRAR EN EL LIBRO “ADIMEN” PUBLICADO POR CREATESPACE USA 2011 , LO PUEDE ADQUIRIR A TRAVES DE WWW.AMAZON.COM LA DIRECCION ES >> http://www.amazon.com/Adimen-Apuntes-intelecci%C3%B3n-realidad-Spanish/dp/1461023297/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1309150214&sr=1-1

This entry was posted in ZUBIRI. Bookmark the permalink.

2 Responses to APUNTES SOBRE LA BELLEZA

  1. M.Luisa says:

    Pues no sé que decir…es un escrito bellísimo! Nunca pensé que se pudiera decir tantas cosas sobre la belleza y todas ellas tan brillantemente expresadas. Gracias de verdad Carlos y espero que su relectura reposada me ayude a comprender mejor y con mayor seguridad el pensamiento zubiriano. ¡Cuánto he de aprender todavía!

    M.Luisa

  2. Javiera González says:

    Encontré el blog navegando por internet hace un poco más de un mes. Soy estudiante de intrepretación simultánea y traducción en inglés y he quedado suspendida en la lectura de textos como el que precede, tambien “Hermenéutica, los hechos y las cosas y “Sobre la verdad”. Hace un tiempo pude asistir a un seminario acerca de la filosofía de Xavier Zubiri y aunque en la actualidad no participo de la actividad filosófica, me entusiasma encontrar estos bellos textos publicados.
    Si me preguntara cómo estas, respondería anecdóticamente “polí kalá”.
    Envío un afectuoso saludo a los creadores de este portal.

    Javiera González.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>