LA VIRTUD MORAL I

LA VIRTUD MORAL

(Primera parte)

Carlos Zárraga Olavarría. Julio 2010

 

Lo antropológico          

                                    

                                       La filosofía tradicional enseña que el hombre no es racional por tener razón, sino que tiene razón (propiedad accidental) por ser racional (índole esencial). Se usaba la equivocidad lingüística del término “racional”  – válido tanto para la facultad de la razón como para la esencia del hombre –, para señalar la diferencia que hay entre la “ratio cognoscendi” (vía del conocimiento a través de lo accidental) y la “ratio essendi” (razón de ser esencial de las cosas); no es lo mismo lo esencial que lo accidental, en esta dicotomía hay mas de dos mil años de filosofía acumulada. Pero desde una perspectiva filosófica actual, lo esencial se agota en las notas o propiedades que  constituyen sistémicamente a las cosas; no hay más que un mundo, una realidad. Ni la esencia ni las propiedades son anteriores a la cosa misma, ni cronológica ni metafísicamente. De modo que la esencia del hombre como persona no es anterior a sus propiedades, sino que consiste en sus propiedades; aunque no se es persona sólo por una de estas propiedades, sino por todas coimplicadamente, porque ninguna de ellas funciona sin las otras, pues están hechas “en vista” de las otras y las otras en vista de las anteriores (pese a que podamos  realizar el ejercicio intelectual de distinguir las formalidades propias de cada una de ellas). En esto consiste un sistema, a diferencia de un compuesto. La esencia no está más allá de sus propiedades constitutivas (lo que la filosofía tradicional denominaba  proprium’); la esencia o naturaleza metafísica consiste en la misma constitución física actual de cada cosa. De esta manera, que el hombre sea un sistema dinámico y unitario de propiedades, significa que tales propiedades no son consecutivas de su esencia, sino constitutivas. Habida cuenta de estas consideraciones metafísicas puntuales, habría que remitirse, entonces, a los hechos, al hecho humano en concreto.

 

Los actos personales                            

                                     En el hecho las potencias humanas no funcionan separadamente. No es que para su funcionamiento individual  concurran eventualmente otras potencias, sino que de acuerdo a su propia constitución precisan estar facultadas por otras para funcionar, como sucede con la sensibilidad y la inteligencia que no pueden funcionar separadamente en el hombre, por ello se suele decir que hay una “facultad bipotenciada” (facultad y potencia no son lo mismo). Sin embargo, no es que la sensibilidad y la inteligencia funcionen juntas  o que concurran  a la vez, sino que son la misma facultad que al sentir intelige y al inteligir siente como una misma cosa: como “sentiligir” (según se viene diciendo últimamente).  Esto sucede toda vez que el hombre aprehende la realidad de lo real.                                            

                                     En la praxis o quehacer humano, no obstante, lugar de encuentro o cohabitación del hombre consigo mismo a través del mundo (las cosas y los demás)–,  más bien existe una facultad “tripotenciada”, pues todo “sentiligir” ya es una praxis  y toda praxis implica la intervención de la voluntad. Motivo por el cual todo acto humano es voluntario, incluso los involuntarios (no es posible aceptar la clásica distinción entre “actos del hombre” y “actos humanos”, pues los “actos del hombre”, definidos como involuntarios,  también son voluntarios). Lo involuntario es un acto de la voluntad; lo contrario es lo “avoluntario” (los conejos no tienen actos involuntarios, sino “avoluntarios”). Los actos de los animales son movidos exclusivamente por tendencias que nacen de su sentir y por eso, en rigor, no “hacen nada” ni pueden padecer sentimientos que surgen del “no tener nada que hacer”, como sucede con el aburrimiento (los monos del zoológico no se aburren; aunque reconozcamos en ellos contento y descontento). Involuntario y ‘avoluntario’ son cosas muy diferentes. Un descuido suele ser algo involuntario, descuidadamente dejamos a veces entreabierta la voluntad, debido a que no hemos adquirido aún la destreza  para mover con agilidad las pesadas “compuertas” de la voluntad o porque no se tiene la suficiente “fuerza de voluntad” debido a una  abulia enfermiza o simplemente porque no se dan las condiciones que se requieren para pro-mover y dirigir ciertas conductas, como pasa frecuentemente con los niños. Hacer algo “sin querer” es una manera de “hacer” y es otra forma de “querer”; también es una forma de “estar” en la realidad del mundo y en uno mismo. Un oso no puede “hacer algo sin querer”.

Lo voluntario                              

                                    Pero aclaremos algo: no es que propiamente exista la “voluntad” como algo diferente a las tendencias que brotan desde la orgánica constitución animal. No hay dos facultades ni dos potencias para obrar ni es la voluntad que se impone sobre las tendencias, como si pudiésemos o debiéramos imponer nuestra voluntad sobre el “ciego sistema biológico” que nos anima animalmente, sino que las tendencias mismas quedan “sueltas” o libres debido a la naturaleza personal del hombre. Lo personal en el hombre no consiste en hallarse liberado de los automatismos biológicos, sino que el mismo sistema biológico programa al hombre a ser libre, pues el hombre posee una estructura biológica personal, el hombre no sólo posee una psique personal, sino que también un cuerpo personal y todas las tendencias poseen este mismo carácter abierto y  libre. Los instintos son libres en el hombre, las manos humanas son personales, lo mismo que los ojos y el cerebro.

                                   Las pasiones, por su parte, se padecen, ciertamente; pero no son conclusivas en sus tendencias, no terminan forzosamente. Más que hablar de “voluntad” deberíamos en rigor hablar de “actos tendenciales libres o voluntarios” (lo cual constituye un hecho y no una mera teoría interpretativa, como es hablar de  facultades, en vez de actos). De modo que si vamos a pensar en el lenguaje que la historia de la filosofía nos ha dejado, lleno de sustantivaciones, aceptemos hablar de una voluntad tendente o tendencias voluntarias. Esto quiere decir que sin deseos o ganas de comer  no existiría el querer o no querer comer (sobre todo cuando nos hallamos privados de tales deseos), porque el querer es el mismo deseo abierto al que hay que dar término con una “de-terminación” final, es una “ferencia” a la que debemos dar (o no dar) la  “pre-ferencia”, se trata de un sentir que exige con-sentir o “asentir” (o no consentir) desde las figuraciones que hemos hecho sobre lo “mejor” para nosotros mismos, toda vez que ser persona significa hacerse cargo de uno mismo en tanto individuos y en tanto miembros de un entorno socio-cultural que permanentemente está decidiendo por nosotros.

                                     La praxis correspondiente al hombre la denominamos “hacer” o “quehacer humano”; pues propiamente “hace” quien tiene que “hacerse” a sí mismo, vale decir, sólo el hombre “hace” y con ello “se hace” en tanto realidad personal. El hacer tiene ese reflujo ontopoiético que ya reconocían los griegos de la antigüedad y que lo resumían en el término “hqoV-ethos”, de donde proviene ética y que luego los latinos llamaron “mor”, de donde proviene el término moral. Ambos términos apuntan a una característica o rasgo exclusivo y esencial en el hombre: la persona humana es una realidad moral. Esto quiere decir que el que canta se hace cantante y el que camina se hace caminante. Todo lo que el hombre hace reverbera sobre él. Pero no siempre lo que hace bien reverbera buenamente sobre el hombre. Se puede  hacer muy bien algo, como realizar un buen negocio y sin embargo constituir una acción que refluye malamente sobre el individuo o el mundo humano en el que se vive. Tal distinción tiene al menos 25 siglos de antigüedad.

                                     La interpretación filosófica del acto humano se ha mantenido en línea recta desde su origen griego hasta hoy y  se hace patente con claridad en nuestro lenguaje. La tendencia o “exiV-exis” es un impulso que nace de la fisiología de los vivientes afectados por los estímulos del medio ambiente (de allí proviene el termino “excitación”), una de las tendencias más fuertes que padecen los vivientes sensibles es precisamente la “orexiV-orexis” o deseo (de donde proviene “anorexia”). Por “padecer” la fuerza del impulso suele denominarse “pasión”, aludiendo con ello a la original idea griega de “paqoV-pathos” (de donde proviene patológico, patógeno, simpático…). El pathos griego apunta a una fuerza  (demónica) que “posee” y arrebata al hombre en su condición de animal viviente, fuerza ciega que sostiene la vida sin distinción de bien o mal y que termina con la satisfacción del impulso, envuelto en una atmósfera de placer o al menos de ausencia de dolor.

                                      Por otra parte, el esquema biológico del comportamiento de todo lo viviente es el mismo desde comienzos del siglo XX (von Uexküll): estímulo-suscitación-respuesta. Pero se trata de un esquema “necesario” que funciona según causa y efecto, acción y reacción, instantáneamente (“instintivamente”). En cambio en la persona humana este mismo esquema funciona libremente, las respuestas que libera el individuo son libres. Entonces las tendencias son ineficaces para terminar por sí solas, no poseen la fuerza para ser conclusivas ni son certeras para concluir sin desviarse, lo cual quiere decir que las “necesidades” en el hombre, como dormir o comer, no son necesarias, sino paradojalmente libres. Por cierto comer es necesario para que el cuerpo se nutra y funcione, es decir, para que viva; pero no es necesario para que “el hombre viva”, porque ni la vida misma es necesaria para el hombre siempre. Resulta muy extraño, pero todas las necesidades en el hombre no son necesarias, sino libres, son necesidades no-necesarias. Por cierto hay cosas que son rotundamente necesarias para el hígado o el corazón, pero no para el hombre. Las tendencias fuerzan, pero, entonces, ¿acaso obligan? Las obligaciones tampoco son necesarias, pues pueden ser obedecidas o desobedecidas, las obligaciones fuerzan libremente, en ellas no hay necesariedad. Necesidad (necesaria) y obligación son términos antitéticos; si algo es necesario, no obliga y si hay obligación, no es necesario. De modo que el hombre está obligado a comer sólo si quiere vivir, aunque ciertamente todos queremos vivir siguiendo la más fuerte de todas las tendencias, la tendencia a vivir o también conocida como “instinto de sobrevivencia”, pese a no tener carácter rotundo de necesidad-necesaria. Estamos obligados por la vida que queremos (bioV-Bios) y no por el hecho de vivir (zwh-zoé); y sólo porque nos obligamos a vivir según un propósito se hace obligante la vida como soporte biológico. De aquí nace la idea del “deber-obligante” de la voluntad. Recién entonces surge la pregunta: ¿qué debemos querer? La respuesta es obvia: sin duda lo mejor para nosotros, eso que llamamos nuestro bien. Aunque no sepamos en qué consiste materialmente ese bien, formalmente estamos obligados al bien, esta ha sido la conclusión final de la filosofía. Pero estamos obligados libremente, pues la misma fuerza indiscriminada de las tendencias  puede desligar al hombre del bien que se propone.

                                    La vida humana se desarrolla inmersa en un torbellino de fuerzas que empujan al individuo — como las olas al capitán del navío — a tener que hacerse cargo del rumbo que ha de tomar la vida en cada momento de ella. Las tendencias exigen de-terminaciones y una de estas determinaciones es frecuentemente “dejarse llevar”, la indiferencia es una manera de resolver las ‘ferencias’ que nacen como tendencias. Las tendencias humanas   no son más que voliciones incoadas  desde el fondo de lo que cada uno “es”, tendencias que tensionan  al individuo como un arco y que  requieren ser dirigidas bajo la  pre-tensión o “intentum” de alcanzar un fin, es decir, bajo la intención de un fin, intencionadas para dar en el blanco a riesgo de acabar desviadas en la vía del bien. Para expresar la idea de fuerza se ha utilizado la partícula latina “vi-“, de donde nacen “vir” (lat. hombre), viril, violencia, vicio, virtud. La virtud etimológicamente es pura “fuerza de voluntad” para ser. Sin embargo,  no es que se necesite  fuerza de voluntad para controlar las pasiones y sus tendencias, como si en el hombre existiese aquel viejo dualismo griego de cuerpo y alma en el que una dimensión domina a la otra en el afán de humanizar la zona opaca y animal; sino que dicha fuerza es necesaria para dominarse a sí misma y sea uno mismo quien pueda querer y no la voluntad por sí sola, es decir, se trata más bien de la fuerza necesaria para querer “querer” y mantenerse firmemente en ello. Algo nada fácil si lo que queremos es aplacar la tendencia que corre libremente por nosotros, como dejar de comer voluntariamente cada vez que tengamos hambre o, peor aún,  tener que querer o poder querer comer a falta de hambre. En rigor las pasiones no se pueden controlar, quien tiene hambre (deseo) seguirá teniendo hambre mientras no satisfaga el impulso, no importando la respuesta que se elija. Lo que uno hace en estos casos es desviar la atención, hacer como  que no existe, olvidarse, ocuparse en otra cosa,  dormir… Lo que se controla es la voluntariedad con que es asumida la pasión y su tendencia y no la pasión misma; soy yo conmigo mismo ocupado en manejar los resortes de mi propia voluntad sumida en el torbellino de pasiones.

                                     Sin embargo hay algo verdadero en el reconocimiento de una dualidad en el hombre, aunque más bien se trate de dos niveles de actualización personal. Porque no es lo mismo decir “mi” vida, o sea, aquello que corresponde a lo que yo “soy” (mi constitución anatomofisiológica, morfo-genética, psicorgánica e incluso social, histórica y cultural), que pensar por ello que mi vida sea “mía”, lo que apunta a lo que propiamente soy “yo” (el constructo final de mi personalidad propia).  Mi vida, mi inteligencia, mis sentimientos y mi voluntad funcionan mucho antes de que yo esté expresamente en todo ello, pueden funcionar sin “mí”. Como la mente que  funciona  por sí sola y a veces, incluso, en contra mía y me impide vivir la vida como yo la quiero; así también mi voluntad se abre o se cierra sola y fluye sin que este “yo” en ella necesariamente, como sucede sobretodo en la infancia. Porque siendo evidente que yo soy mi cuerpo, mi inteligencia y mi voluntad, sin embargo no estoy “yo” siempre en mi mismo o en esa vida que llamo “mía”, o al menos no estoy siempre íntegramente en mi cuerpo y en mi psiquismo.  Una forma de ser persona es justamente “estar fuera de sí” y obrar impersonalmente. Pero lo impersonal es claramente una forma personal de ser. Un  gato no puede estar fuera de sí ni actuar impersonalmente, simplemente porque nunca podrá estar en sí mismo y constituir un “yo”.

                                      Se ha dicho, entonces, que el acto propiamente voluntario es aquel en el que estoy “yo” a cuenta de que es deliberado y consciente. Pero esto no es cierto, porque la voluntad sólo precisa de un acto de intelección  de realidad y no de una deliberación consciente, porque el acto propio de la inteligencia no es la deliberación sino la intelección de realidad, que no incluye necesariamente (siempre) la comprensión de lo aprehendido intelectivamente ni mucho menos una deliberación.   Un simple acto de sentir es ya intelectivo en el hombre, es lo que llamamos “sentimentar”, para diferenciarlo del sentir meramente orgánico-estimúlico. Esto quiere decir que el hombre no puede sentir sin tener un sentimiento de realidad, no puede sentir dolor sin sufrirlo, o al menos sentimentarlo con algún otro sentimiento. El dolor se produce en terminales nerviosos muy definidos y localizados, en cambio en el sentimiento se siente la realidad integral de la persona. Es posible sentir dolor en un pie, pero no puedo ‘sufrir un pie’, sino sufrir enteramente yo por el dolor de un pie. Esto significa que no es posible sentir dolor sin sentirme adolorido; más aún, si no me sintiera adolorido por el dolor, no podría tener consciencia de la realidad del dolor que me afecta, no seria realmente un dolor, un dolor “real”. Podemos hablar precisivamente de  afecciones puras sólo desde la realidad presente en mí mismo como sentimiento real de un sentir orgánico. “Duele” porque “a mi me duele”, de modo que si a “mi” no me duele, entonces “no duele”. Un dolor no-real, sentido sólo en terminales nerviosos es para el hombre inimaginable.

                                       El sentimiento es ya aprehensión intelectiva de realidad, una aprehensión traslúcida de realidad;  el hombre no puede sentir sin sentirse sintiendo y a esto se le ha llamado acto consciente. Dos cosas podemos extraer de lo dicho. Lo primero es que la voluntad sigue muchas veces un sentimiento con más facilidad que a una deliberación de la razón. Y cuando hablamos de consciencia no hablamos de una facultad “ad hoc”, sino de una cualidad de todo acto humano, los actos son conscientes, es decir, son actos que refluyen sobre nosotros  transparentándose a sí mismos y justo por ello, debido a esto nos es posible adentramos en nosotros mismos, en nuestra propia realidad, aunque no siempre podamos dar razón plena de ellos, pues esto pasa por diferentes niveles de  intelección. Lo segundo que se extrae es que sin no podemos sentir sin sentirnos sintiendo o lo que es igual, si no podemos sentir sin sentimentar lo que sentimos,  entonces no podemos hablar de dominar sin más nuestras afecciones, emociones o pasiones, como el deseo o el miedo, sino de dominar más bien los sentimientos correspondientes. De modo que la templanza no sería la virtud que controla las pasiones concupiscibles, sino los sentimientos con los que sentimos lo concupiscible. Y como los sentimientos en cuestión son ‘a fortiori’ impulsos volicionados, entonces el acto de la virtud como voluntad no es otra cosa que la voluntad de querer sentimentar en orden al bien propuesto por el hombre. Se trataría, pues, de educar los sentimientos (como “educir”, del verbo latino “duco”: llevar), para tener buenos sentimientos; no cabe duda de que se aprende a sentir, como aprender a amar o a sufrir, aprender a sentir solidaridad o a tener amistad. Este es justamente el tema de las virtudes morales que nos enseña la forma de habérnoslas con el mundo, conmigo mismo, con los demás y también con Dios. Hay en esto, como se ve, otra propuesta sobre la virtud, asentada en el vórtice de la voluntad y el sentimiento y no en la tensión  voluntad-inteligencia, pese a que en cada acto personal está presente la intelección.

                                    La historia ha triangulado el área de las virtudes morales entre la inteligencia y la voluntad de cara a todo lo que no es intelectivo y voluntario como figura propia de lo humano. Y frente a lo considerado humano está el propio cuerpo y las cosas del mundo. Sin embargo desde la perspectiva del hombre  como persona, el cuerpo y las cosas son momentos que integran y constituyen lo más íntimo de la persona humana. Por eso hay virtudes respecto del entorno personal, considerado no como cosas extrañas al hombre, no como las “otras cosas” que hay en el planeta, sino como cosas de “nuestro mundo personal”. Mundo y entorno físico no son sinónimos. Cuidar del entorno, entonces, no se reduce a cuidar las cosas del medio ambiente como si ellas tuvieran derechos, lo cual es inadmisible, sino que es cuidar mi propio mundo personal, cuidar de las cosas integradas a mi mundo personal, en definitiva, cuidar de mí mismo. También hay virtudes individuales, como es la prudencia o el respeto por uno mismo, por ejemplo el respeto por el cuerpo o el cuidado de las tendencias. Y también virtudes sociales, como la justicia y virtudes religiosas (no teologales), como la fe, que regulan el trato con el Inevitable Otro que habita en cada uno de nosotros, virtudes que nos enseñan a tratar con el misterio de la vida. Claramente no es admisible el diseño espartano de las cuatro virtudes cardinales (Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza), pese a ser un modelo funcional y a estar férreamente enquistado en nuestra cultura. La persona humana posee un diseño muy diferente al animal-racional  de la antigüedad.

                                     Lo que interesa resaltar por el momento es que todo acto del hombre es personal, toda praxis humana reverbera sobre el individuo,  todo acto personal es intelectivo, sentimental y volitivo y todo acto `personal es consciente, incluso aquellos que denominamos inconscientes, pues tales actos refluyen efectivamente sobre el individuo definiendo la figura de su personalidad, sólo que refluyen inconscientemente. Consciente quiere decir consciente de realidad, inconsciente es otra forma de consciencia.   De modo que bien puede funcionar la voluntad libre e inconscientemente, sin que haya de por medio ninguna deliberación.  Consciente e inconsciente son, en definitiva, dos formas de estar en la realidad. Un zorzal no vive una vida en la inconsciencia, sino en la falta total de consciencia de realidad, siendo real  no está en la realidad.    

                 

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One Response to LA VIRTUD MORAL I

  1. Es muy grato el volver a leer y releer sus ensayos profesor, saludos.

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