LA VIRTUD MORAL II

 LA VIRTUD II

Carlos Zárraga Olavarría

                                                                        AGOSTO-2010

                                     

                                       Si no surgiera ese apego del sentir que llamamos afecto no podría brotar el sentimiento de la amistad y si no hubiese agitación de contento tampoco  alzaría su vuelo la alegría. Lo engañoso, sin embargo, – he aquí la gran diferencia antropológica  con la tradición– es que no hay ninguna secuencia o proceso, no es  primero una cosa y luego la otra; porque  –como hemos dicho  antes – no hay otra forma de sentir sino sintiendo en realidad lo que sentimos, es decir, sentimos siempre, al menos, desde el logos[1]. Lo cual admite infinitud de variables, desde la más obvia como es estar alegre de puro contento, hasta la más retorcida alegría a cuenta del dolor de otros, lo que da paso  al sentimiento de impiedad o crueldad. Pero también hemos dicho antes –hay que consignarlo – que estamos en la realidad volitivamente montados sobre nuestras propias tendencias que corren libremente por nosotros forzándonos a optar y entre las opciones, una muy frecuente quizá, es la de no optar y dejar que pasen las cosas sin el esfuerzo que requiere toda opción, como es, por ejemplo, tener que pensar; aunque no sólo tener que pensar sino también poder querer, pues a veces no hay fuerza o destreza suficiente para querer con firmeza y poner en marcha alguna acción. En tales casos, hemos dicho, se produce lo involuntario, sabiendo que lo involuntario es propio sólo de quienes pueden realizar actos voluntarios. Lo involuntario es un acto de la voluntad  que detona un acto “sin querer” un fin, como soltar la flecha “a donde caiga”, pero ello es otra forma de querer[2]. 

                                 El drama moral –el de una vida personalmente vivida–, entonces, no consiste en dominar las fuerzas ciegas de nuestra constitución animal, porque ni las sensaciones ni las pasiones se pueden evitar ni controlar propiamente. Sentir deseo, miedo, dolor o frío resulta tan incontrolable como la lluvia o el viento; estas cosas simplemente vienen y caen sobre nosotros, nos afectan y nos poseen y tal como vienen se van; lo  que podemos controlar más bien es el modo cómo quedan o pasan esas afecciones por nosotros y las respuestas que  damos a las mismas. Cuando llueve la lluvia moja,  es lo propio de la lluvia y nada podemos hacer, salvo evitar que moje donde no queremos que moje. Ocurre igual con el frio,  sentir frío es más o menos lo mismo en cualquier parte y sólo podemos intentar que no nos afecte. Tal modo de atemperamiento que ejecuta el hombre constituye una respuesta voluntaria y no una mera reacción biológica programática, como son las contracciones musculares que hacen tiritar de frío; se trata de  una respuesta a la realidad del frío o al frío en realidad y por ello es una respuesta libre o liberada por la realidad del estímulo sentido como realidad afectante de mi propia realidad. La respuesta es siempre integral, es del individuo entero. Por ello no es ninguna exageración afirmar, pues, que el hombre siente frío sólo porque se siente friolento en su propia realidad, pues sentir es ‘a fortiori’  sentirse sintiendo y en tal transparencia  se hace efectiva la posibilidad personal de apropiarse de la propia realidad. Porque en esto consiste precisamente ser persona: en estar abierto a su propia realidad, esto es, en no poder vivir sin  vivirse, lo cual consiste en estar viviendo con uno mismo y al mismo tiempo con los otros, en tanto lo más íntimo de uno mismo  viene siempre de afuera.  Lo otro y los otros configuran la realidad que vivimos,  en tanto los otros ya están en  mí puedo vivir – a gusto o a disgusto –las vidas de otros,  como es sufrir por los demás o  alegrarme por ellos;  porque sufrir por otros, no es sufrir en otros, sino en uno mismo, a cuenta de que los otros están de algún modo en mí.[3]

                            En la medida en que un hombre va entrando en sí mismo, descubre a los otros en su carácter de otros, habitando en él. Admitir el carácter de otro y conservar el espacio que le corresponde se convierte en admitir una realidad que constituye íntimamente a toda persona. El otro personal, a diferencia de una mera cosa, es aquel que también puede ser feliz. En una etapa primaria de la moralidad el bien no pasa más allá del individuo y el axioma moral es “mientras yo esté bien, qué me importan los demás”. Pero pronto se da cuenta uno de que no es posible estar bien si los otros no están bien, como suele ser el entorno más cercano, tal vez la familia; entonces “yo estoy bien, mientras nosotros estemos bien”. Luego descubrimos que no estamos bien si nuestro pueblo entero no está bien y lentamente llegan algunos a darse cuenta de que nunca se está bien del todo si todos los demás no están bien. Para entonces caemos en la cuenta de que el máximo bien de la persona es el bien de  todo hombre y sólo porque me debo a mi mismo, entonces, me debo a los demás; no porque los demás me sean útiles para ser feliz, sino porque ser feliz  pasa por la felicidad de los otros, siendo feliz con otros, “dejando”  que el otro sea en su propia libertad, respetando su espacio personal. Todo aquello que me resulta útil para ser feliz tiene el carácter de bien que llamamos “beneficioso o benéfico”; en cambio el bien que hay en las acciones que involucran a otras personas adquiere la connotación moral de bueno o malo.

                       Hay acciones moralmente buenas y acciones moralmente malas; en ambos casos se trata de términos morales interpersonales. Algo muy diferente a la “maldad” o “malicia” que un individuo pudiera tener al realizar una acción. Hay acciones malas que son ejecutadas sin malicia, así como también hay acciones malas muy beneficiosas. Puede haber maldad sin que haya algo moralmente malo, como adular a otro, pero para debilitar la coraza de su honorabilidad. Así las virtudes que integran las dimensiones individuales humanas no poseen el mismo carácter moral que las virtudes que involucran a los otros; por ejemplo, hay grandes beneficios en la sobriedad, pero no por ello es necesariamente buena; en cambio ser justo es algo bueno, aunque muchas veces no traiga beneficios, como aquel que en un acto de justicia entrega el dinero que se ha caído y pertenece a otro. Tener salud y mantenerse saludable también es algo bueno, no cabe duda; pero bueno en este caso tiene el significado de  “benéfico” o “beneficioso” y no posee ninguna connotación moralmente buena, pues para un malhechor también es beneficioso mantenerse saludable para cometer sus fechorías. Fumar no es benéfico para nadie, pero no es por ello moralmente malo, en cambio fumar en lugares públicos contaminando el ambiente y poniendo en peligro  la salud de los demás es algo moralmente malo, una inmoralidad, una injusticia. Una vida solitaria, como la Robinson Crusoe en su isla, no da cabida a la inmoralidad, no hay nada malo ni bueno en la vida de Crusoe, solo cosas benéficas o maléficas, no hay propiamente moralidad a menos que integremos la vida de Crusoe en una relación personal con ese Inevitable Otro que es .

                                                         Ya hemos dicho que la vida moral consiste en la  apropiación de la propia vida a través de las posibilidades reales de realización personal y cuya plenitud se consuma en el estado de felicidad; ahora bien, esta actualización moral  del hombre se hace efectiva concretamente en las virtudes y los vicios; es aquí donde se da cumplimiento o no al proyecto de felicidad. Virtud y vicio son habitudes de una realidad moral ‘in fieri’[4], es decir, estados de apropiación y propiedad de uno mismo que marcan o sancionan el status moral  de la persona, como es, por ejemplo, ser decente o inmoral, honesto o malhechor, mucho antes de la sanción moral  o reproche que la sociedad deja caer sobre  los individuos.  [5]

                                                             

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3 Responses to LA VIRTUD MORAL II

  1. Elías says:

    Estimado Carlos:

    Hay un tema al que llevo dándole vueltas algún tiempo. Dicho tema responde a tu pregunta ¿acaso maltratar un animal no es algo malo?
    La respuesta que se suele dar es que dar muerte a un animal no es en sí mismo malo; sólo se hace malo en tanto afecta a personas.

    Voy a intentar poner en relación este tema con la filosofía de Zubiri.

    Para el filósofo vasco había una diferencia entre los animales y el hombre. Los animales obedecen a estímulos, mientras que el hombre, es un animal de realidades. La inteligencia sentiente es irreductible a lo estimúlico. Y lo que la caracteriza es la formalidad de realidad. El Logos y la Razón, se podrán poseer en mayor o menor medida, pero, la Formalidad de Realidad, se posee o no se posee. Y es esta formalidad lo que define al animal de Realidades.

    A continuación Zubiri pone en relación la formalidad de Realidad con el mundo de la Ética.
    Al ser el animal de realidades un animal cuyas acciones no están ajustadas a los estímulos (sino a la realidad), éstas, quedaran en suspenso. El hombre deberá justificar sus acciones. Y es este hecho el que define al hombre como una Realidad constitutivamente moral (moral como estructura, y no, como contenido). Por lo tanto, se es constitutivamente un ser moral, por la formalidad de Realidad.

    Pero dónde está dicho o demostrado que los animales no son animales de realidades. Quién ha demostrado que algunos animales, delfines o chimpancés, no se enfrentan a las cosas como realidades.

    Es más, para mí es un problema irresoluble, y lo es, porque considero que la ciencia no puede resolver dicho enigma. Considero que no existe ningún experimento científico que pueda determinar si algunos animales, o incluso el hombre, es un animal de realidades.

    Y no puede haberlo porque la formalidad de realidad pertenece al mundo de las vivencias, y no, al de los contenidos. De ser así, nunca sabremos si un chimpancé es o no un animal de realidades.

    Lo que está claro es que si existen animales, como los primates, que sí son animales de realidad, entonces, y siguiendo a Zubiri, serían constitutivamente morales. Y por tanto, dar muerte a uno de estos animales, es en sí mismo inmoral, independientemente, de que afecte o no a las personas.

    El problema radica en que si la ciencia no nos puede decir si algunos animales son o no animales de realidades, entonces, cómo podremos resolver su estatuto moral.

    Pues francamente no lo sé. Ya que no sabemos si son o no animales de realidades, deberíamos extremar todas las medidas y protocolos en relación a ellos. Sé que a veces son necesarios para el tratamiento y cura de enfermedades humanas (sé también que algunos nos pueden acusar de “utilitarismo”), pero si debe hacerse, al menos hay que minimizar en lo posible todo sufrimiento.

    Aunque también sé, que estos argumentos, no resuelven la cuestión.

    Un Cordial Saludo

  2. Estimado Elías:
    Lo primero que se me ocurre es decir ¡Si, estoy de acuerdo! Pero vamos por partes. La exposición que haces de Zubiri me parece correcta, la pregunta que formulas me parece totalmente pertinente y la inquietud que motiva la pregunta es la misma que muchos compartimos. Concuerdo también en eso de que la ciencia no podrá dar una respuesta a la pregunta ¿tiene acceso a la realidad el animal? Simplemente porque la ciencia positivo-experimental no alcanza la realidad en cuanto tal. La acumulación de datos empírico-positivos no es suficiente para completar la esencia real de una cosa. Me explico. No se es gallina por cacarear sino que cacarea porque es gallina. De manera que no por tener una gran inteligencia el animal tiene acceso a la realidad, como parece sugerir un tal Singer que hace clases en USA, sino por tener acceso a la realidad se tiene una inteligencia capaz de alterar la realidad, no sólo del mundo, sino sobretodo de sí mismo. Sin embargo últimamente se han hecho observaciones inquietantes sobre el comportamiento de algunos animales, que actúan de manera similar al humano. Como decir que los delfines tienen conciencia de sí mismos pues se llaman entre ellos por su nombre propio. ¿Nombre propio, digo yo? ¿No es acaso un exceso, un abuso en las analogías? ¿Dónde radica, entonces, el límite entre el hombre y lo animal? ¿Cómo nos atrevemos a decir que el animal no tiene acceso a la realidad? Decir que no tiene acceso porque no es evidente que lo tenga constituye una falacia Ad Ignorantiam, algo tan ilógico como decir que tiene acceso porque no sabemos si lo tiene o decir que ninguno tiene acceso porque la mayoría da muestras suficientes de no tener acceso a la realidad. Lo que sucede es que en esto se procede según una “Reducción ad absurdum”: resultaría tan absurdo reconocerle categoría personal a los animales, por falta de prueba, sobre todo teniendo en cuenta las consecuencias, que es preferible declarar lo contrario (así procede un argumento ad absurdum) en espera de una prueba. En consecuencia los animales no son personas (mientras alguien no me pruebe lo contrario). No puedo declarar que tal cosa sea imposible, porque si un animal pudo llegar a este nivel personal ¿por qué no otro? ¿Cuál es la prueba que se solicita? Que el sujeto manifieste una modificación de su realidad individual y campal dentro de su especie (no una mutación que devenga en evolución, eso es otra cosa). Una prueba muy fuerte es la creación de un lenguaje, pues al oír la realidad los hombres la oyen de diferente manera y la apalabran de diferente manera; en cambio los “lenguajes “ animales son uniformes, iguales dentro de la especie. La partitura musical de un gorrión, que aquí le llamamos “chincol”, es el mismo de Alaska a la Patagonia. Un experimento tremendamente agresivo y transgresor sería “abrir” una especie animal cercana al hombre gestando un híbrido interespecifico (con chimpancés, orangutanes o gorilas), porque el carácter personal, a fuer de ser estructural o esencial está en lo biológico del hombre. El hombre es biológicamente personal, no sólo su psiquismo sino también su cuerpo es personal, luego posee genes personales, genes que pueden transmitir esta impronta. Sería un experimento tan audaz que raya en lo inmoral, pero serviría para cortar esta discusión de un solo tajo. Con el tiempo tendríamos a un primate póngido estudiando filosofía o música en la universidad.
    CZárraga

  3. Elías says:

    Estimado Carlos:

    Estoy totalmente de acuerdo en que a veces las analogías se llevan demasiado lejos, y por tanto, se abusa de ellas.

    Algunos defensores de los animales tendrían razón en el ámbito de una concepción “concipiente” de la inteligencia. Su argumento sería más o menos como sigue: Si lo que tradicionalmente se ha considerado que constituye y distingue a las personas de los animales es la razón, entonces, porque no considerar a ciertos animales como personas, ya que a través de multitud de estudios se puede derivar que algunos animales razonan.

    Este razonamiento no “funcionaría” en el ámbito de la filosofía de Zubiri, ya que la condición para ser persona, no se basa en el logos o en la razón, sino en la aprehensión primordial de realidad. Y por tanto, se tendría que probar que ciertos animales perciben realidades y no solo estímulos. Y nos encontraríamos con los problemas que ya hemos apuntado.

    Creo que Peter Singer basa su argumento en el sufrimiento y no en la razón.

    Singer considera que los animales sufren como las personas, y por lo tanto, son dignas del mismo respecto. El denuncia el diferente tratamiento que se da entre las personas y los animales como un “especismo”. En cualquier caso, Singer, sigue considerando a la inteligencia como concipiente y no como sentiente.
    Pero aquí se alzaría nuevamente la filosofía de Zubiri para defender que los animales, al no percibir realidades sino estímulos, sentirían dolor pero no sufrirían. El sufrimiento sería una categoría que solo se podría aplicar a las personas, y no, a los animales.

    No me queda muy claro lo del experimento, que efectivamente, es agresivo y transgresor. Me pareció entenderte, y discúlpame si me equivoco, como que el hombre sería el que cede en el híbrido el carácter de persona. Con lo cual, e implícitamente, estarías considerando que los chimpancés o los gorilas no son animales de realidades, que es precisamente, lo que se trataba de demostrar. Pero en cualquier caso, con ese experimento tendríamos, no, un primate póngido estudiando filosofía o música en la universidad, sino un híbrido estudiando filosofía o música en la universidad. Podríamos decir, que ese híbrido es persona, pero no, los primates de partida.

    Un Cordial y Afectuoso Saludo.

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