¿QUÉ ES LA HERMENÉUTICA?

 

 

                                           De todas las definiciones que se han dado,  la que mejor expresa –a mi juicio— lo que es la filosofía, es la definición atribuida a  Sócrates en el siglo  V a. C., quien habría dicho que la filosofía es “Zetoumene episteme” (zhtoumenh epistemh), es decir, un saber o “ciencia que se busca”. Porque no está establecido que la filosofía tenga que hacerse forzosamente de una manera o de otra. Sin embargo, sobre el supuesto histórico de que la verdad sea el objeto de este quehacer, estaremos siempre obligados a ensayar una idea provisional de verdad para abrir un camino o  método y  conseguir los instrumentos más adecuados para esta tarea, como es, por ejemplo, tejer un lenguaje apropiado para conservar lo se busca. Ni siquiera está claro qué debemos hacer en el caso de alcanzar parcial o totalmente la verdad, debiendo justificar, entonces, por qué y para qué se inicia esta búsqueda. De allí que haya muchas maneras de hacer filosofía, muchos estilos, una enorme variedad de corrientes y escuelas, junto a una tipología inmensa de filósofos intentando todos ellos validar sus propuestas.

 

¿QUÉ ES LA HERMENÉUTICA?

CARLOS ZÁRRAGA OLAVARRÍA

VIÑA DEL MAR- 2010

 

                                    Una de las propuestas filosóficas que alcanzó irradiación casi explosiva durante el siglo XX fue la Hermenéutica; sencillamente no podríamos entender el pensamiento filosófico del siglo XX sin preguntarnos alguna vez ¿Qué es la hermenéutica? Pues bien, esta exposición tiene precisamente por tema esbozar una respuesta lo más clara y concisa posible a  esta interrogante. Advierto que la respuesta es tan poco original como la pregunta, ya que sólo tengo el propósito de poner-me al tanto de estos asuntos. Nada más y nada menos.

 

1.-                                   Comencemos por la palabra: la palabra hermenéutica (ερμηνευτική) es una tremenda palabra griega que –como toda palabra — muestra y oculta, pero ésta oculta mucho más de lo que muestra. Aunque se discute su enigmático origen[2] –como hace Emile Benveniste, lingüista del famoso Collége de France, (1902-1976) – constituye un parecer muy extendido que esta palabra evoca al paradójico dios olímpico Hermes, dios mensajero de noticias, de los caminos y de lo viajeros, políglota que guía a los extranjeros y a los muertos desorientados al inframundo, “psicopompo”, lo llamaban; heraldo de oradores y maestro de la elocuencia, guía del ingenioso y también de las artimañas de  ladrones y mentirosos, confabulador o “doliós”, ese era otro de sus epítetos; o “politropós”, de astutos pensamientos, pero también delicado y tramposo, ladrón, negociador y diplomático, espía nocturno que se introduce en los sueños,  vigilante de  puertas, entradas y salidas, amo del secreto, dios del juego y de la persuasión, “eriodós” o “jaridote”;  dios del intercambio, del cruce y la travesía y por lo mismo dios de la travesura. “Hermaión” significa hallazgo afortunado, conseguido gracias a la ayuda de Hermes, dios de la fortuna. Cuando se sacrificaba un animal a los dioses, se ofrecía la lengua al dios “Hermes Logiós”, otra de sus facetas: excelso orador. Las fiestas en honor a Hermes se llamaban “Hermoea” y en ellas se lo pinta con un petaso o sombrero ancho y con alas en las sandalias para volar. Los romanos lo llamaron Mercurio y lo nombraron “diemborós” o “embolaio”, patrón del comercio, “diactorós” o mensajero de noticias y le ponían un casco alado para llevar velozmente las nuevas y novedades (en vez de sandalias aladas). No pasa inadvertido que las palabras “hermenéutico” y “hermético” suenan muy parecidas, pues poseen el mismo linaje y dejan la misma sensación de algo cerrado y secreto; ambas se conectan con la palabra “herma”: que significa piedra que señaliza los caminos, piedra fronteriza (al menos este es uno de los significados de esta palabra). Las “hermata” eran indicadores de distancias, como hitos o mojones a orillas del camino, que con el tiempo pasaron de simples pilastras a monolitos confeccionados con apotegmas inscritos y figuras esculpidas, como las “Hermas cariátides” del “Erecteión” de la Acrópolis, junto al Partenón. Habría que mencionar también, por su cercanía,  a Hermafrodito, hijo de Hermes y Afrodita, quien quedó unido por un encanto divino a la ninfa Salmacis, de donde proviene su bisexualidad y añadir, finalmente, que hay nombres en la actualidad que recuerdan a Hermes, como Herman, Hermógenes o Hermione. Como sea que se lo mire, la filología o genealogía del término esconde metáforas de increíble profundidad poética, como la referida a las piedras, que aunque frías y silenciosas encierran mudamente un mensaje oculto y  sin embargo señalan un camino, obligando al viajero a excogitar el secreto escondido en ellas, a interpretar, a develar, a realizar un acto de “aletheuein” o “verdadear” los pétreos enigmas de la realidad. Visto así, hablar de hermenéutica es hablar del mudo mensaje de las cosas o del lenguaje secreto de las piedras (asumiendo que piedra representa una señal).  La hermenéutica sería un asunto de mensajes que se ocultan y se muestran, un asunto de señales.

 

                                  Con esta palabra se logró construir la expresión “hermeneutiqué tekne” que  en el mundo helénico significaba el arte de des-ocultar lo oculto, de develar lo que está bajo un velo, de sacar a luz o esclarecer lo perdido en la oscuridad, de apalabrar, de anunciar o enunciar lo hundido en el silencio o en el olvido, de reunir lo disperso, de traducir lo que otro dice, de expresar lo tácito, de explicar lo implícito, de hacer inteligible lo ininteligible, de descifrar un secreto o de transmitir un designio de un mundo a otro, Platón usa “Hermenés” en el diálogo “El Ión” para referirse a los poetas como “emisarios” de los dioses, porque “hermeneus” es el que comunica, el que notifica, el que informa, haciendo resonar “hermeneias” como “meneias” o “mancia” – tal como se usa en la palabra “quiromancia” o “cartomancia” – pues la “mántica” es el arte de adivinar los ocultos designios divinos, de donde provienen palabras como  semántica” o “mántica” de los signos o señales, muy cercana a la hermenéutica.

     

                                     Los  latinos finalmente tradujeron hermenéutica de un plumazo y sin ambages como interpretar, tal como hicieron con la obra de Aristóteles “peri hermeneias” que la tradujeron por “De interpretatione”, abriendo así el camino para una definición primera de la hermenéutica. La hermenéutica sería entonces “el arte de la interpretación”, como indica el diccionario de la real academia de la lengua española y que va desde la mera interpretación de lo que se dice, como interpretar un texto, hasta el más elaborado método de interpretación de la verdad, pudiendo llegar más lejos aún, y definir la hermenéutica como una forma radical de habitar el mundo, elevando al hombre  a la categoría de “zoon hermeneuticum”. No hay duda, pues, de que el desarrollo histórico que ha tenido esta palabra encierra la maduración o despliegue de una gran idea; veamos cómo ha sido este desarrollo.

 

2.-                                  Historia de la Hermenéutica: cuando Aristóteles, en el s. IV a. C. escribe esa gran obra de madurez intitulada “Ta proté filosofía” rebautizada en el s. I a.C. como “Ta metá ta physiká[3], repite insistentemente y con pocas variaciones — como “leit motiv” de los catorce libros que contiene –, la frase “To ón pollajós legetai”: “el ente se dice de muchas maneras”. Usa para ello el verbo “légein” que tiene variadas aplicaciones, pero que en Aristóteles y en el siglo de Aristóteles se utiliza primordialmente con el significado de “decir”. Consecuentemente esta obra habla de las diversas maneras como se dice o  acusa el ente, habla de las categorías o predicamentos del ente (o ser en acto), o lo que es igual, de los diferentes sentidos del ser. La metafísica es una obra interpretativa de los modos como apalabramos la realidad, o mejor dicho, es una obra interpretativa de los modos como nos hablan mudamente las cosas y que expresamos dándoles un pétreo sentido con un lenguaje. El decir tiene la función de hacer visible y sonoro lo callado y oculto e integrarlo al mundo con un sentido, porque el ser es la actualidad y sentido de una “dimensión” latente y oculta de las cosas, que en el hombre se vuelve lenguaje. El decir o “legein” como expresión consiste en dejar ser o dar a luz, integrando  lo disperso, como poner orden para visualizar las cosas, lo que generalmente se consigue agitando el caótico tumulto, es decir, “agitare” para “cogitare” y excogitar así lo inteligible de las cosas. Hermenéutica sería, pues, primariamente la notificación de la nuda realidad que se hace patente como el ser de un ente respecto de mí.

                              

                                      La gran preocupación, sin embargo, surge cuando nos damos cuenta de que uno nunca dice plena o realmente lo que está diciendo, sino que más bien termina uno diciendo otra cosa, diciendo lo que no ha dicho, pues existe una brecha inconmensurable entre lo que se dice y lo que se quiso decir realmente, o bien, entre lo que se dice y lo que sin querer se dijo, grave asunto si le sumamos todo aquello que no se dijo debiendo decirlo, tan grave como decir más de lo que se debe. Si se tratara de descifrar lo escrito, es decir, de leer un texto, entonces la verdadera lectura habría que hacerla entre líneas, leyendo los espacios en blanco, pues quien lee sólo lo que está escrito, no sabe leer, sólo deletrea o vocaliza. Lo dicho nunca posee su verdad en sí mismo,  lo dicho siempre remite a lo no dicho. Había un truco de conciencia que se enseñaba a los confesores para no mentir en caso de tener que declarar obligadamente en un proceso judicial, sin tener que quedar como cómplice y sin mentir: cuando se los forzaba a declarar algo que estaba bajo secreto de confesión decían yo sólo digo que “no se”, pensando en el decir y no en la materia preguntada. Así no había mentira, porque mentir es decir algo diferente a lo que se piensa. Este caso deja en evidencia que en lo que se dice hay dos momentos claramente distintos: el pensar respecto de las cosas y el decir respecto de lo que se piensa. Esta distinción también la hallamos en la lectura, pues lectura  es una palabra que proviene del griego “lekton” que se refiere a lo oculto que hay en las palabras, es decir a su “significado”; por eso leer no es pronunciar las letras y frases escritas, como lo hace un locutor de noticias, sino comprender su significado oculto, es decir, lo que piensa el autor del escrito respecto de la realidad pensada y referida por él. Por lo mismo traducir un texto no puede consistir en una mera reproducción literal de términos, como lo hace un computador, sino que consiste en reproducir la dirección a la que apunta lo dicho, es decir, en alcanzar la intención del autor original de un escrito, lo que otro quiso decir con sus palabras, pero también lo que quiso decir con lo que no dijo, interpretando sus silencios. He allí la genialidad de un traductor: interpretar incluso lo que otro calló en sus escritos; algo habitual  en las conversaciones diarias, en las que el silencio puede ser más elocuente que las palabras. Lo que lleva a concluir que leer es una cuestión utópica –como dice Ortega y Gasset –, pues quien lee termina hablando consigo mismo sobre lo que otro quiso decir con lo que dijo; como todas las lecturas que hacen los filósofos de los textos clásicos de la antigüedad, pues uno pronto se da cuenta de que no hacen más que decir lo que ellos piensan de las cosas a cuenta de los que otros escribieron. Puesto que leer es un acto de libre imaginación y de ficciones incontrolables, es un acto de recreación  poiética”, a final de cuentas cada cual lee lo suyo, o mejor dicho, cada cual termina leyéndose a sí mismo. Sin embargo esta situación no es algo que haya pasado inadvertida en la filosofía, se ha sabido siempre. Lo que lleva a la pregunta ¿existe alguna manera de leer lo que realmente está escrito, o mejor aún, existe alguna manera de decir realmente lo que se quiere decir? Esta fue la inquietud originaria de la hermenéutica que viene del mundo griego, pasa por el mundo medieval (generando la dura polémica de los universales), luego por el humanismo renacentista (que fomenta la relectura de los clásicos) y llega hasta la época moderna. Podemos reconocer dos etapas primarias en la historia de la hermenéutica: la hermenéutica surge como un quehacer más lógico que lingüístico, como algo relativo al decir del logos respecto de las cosas y luego se convierte en un  desciframiento de textos, como una interpretación de lo dicho. El “Perí hermeneias” de Aristóteles, por ejemplo,  es un texto que forma parte del Órganon lógico aristotélico, s. IV a.C. y recién en el siglo VI d.C. (diez siglos después) vemos aparecer una monumental obra hermenéutica propiamente lingüístico–filológica, como son “Las Etimologías” de San Isidoro de Sevilla (560-636. Arzobispo de Sevilla y Doctor de la Iglesia), provocando una renovación en la labor interpretativa.  

 

                                La función primitiva de la hermenéutica se limitaba a un rol auxiliar de otros saberes, como la Lógica en la antigüedad y que durante la Edad Media se transformó en la Retórica, que, como sabemos, integraba el plan básico de la enseñanza superior dentro del “Trivium” (además de la gramática y la dialéctica) y servía para dilucidar las dificultades lingüísticas de textos poco claros, ambiguos o chocantes con la doctrina oficial o dominante de la época. La retórica medieval buscaba alcanzar un efecto práctico en los demás a través de una exégesis exploratoria y explicatoria del sentido de textos preferentemente jurídicos y sobretodo de textos sagrados que se hallaban encriptados en alegorías; “Hyponoia” era la expresión usada para la técnica de descifrar el sentido de lo alegórico, ya utilizada en la Patrística, como por ejemplo, en las “Institutione Oratoria” de Quintiliano (30-100 d.C.) o en “Sobre la doctrina sagrada  de San Agustín (354-430), donde se practicaba la “alegorósis”, tradición que se mantiene inalterable durante la Edad media hasta la “Retórica” de Philip Melanchton, teólogo estrechamente ligado a Lutero e incluso hasta Friedrich Schleiermacher, en el siglo XVIII (1768-1839). Sin embargo, como apunta Jean Grondin en una magnífica obra sobre la hermenéutica publicada en el año 2006[4] y antes que él Gadamer en su ensayo “Hermenéutica clásica y hermenéutica filosófica” (1977), al parecer el primero en usar el término hermenéutica como una disciplina aparte, con un objeto de estudio propio, habría sido el teólogo de Estrasburgo Johann Conrad Dannhauer en 1654, año en que publica un libro intitulado “Hermeneutica sacra sive methodus exponendarum sacrarum literarum”, como término que define técnicamente la expresión corriente alemana “Auslegunslehre” o “Auslegekunts” usados como “arte de la interpretación”. Como arte – Kuntslehre- es un saber práctico, no cabe duda, pero es mucho más que eso; se ha convertido con el tiempo en un saber de reflexión crítica, que en el siglo XX alcanza la dimensión de filosofía propiamente tal, pues aunque surge como filosofía en contra de pretensiones filosóficas que la historia ha vuelto insostenibles, no involucra necesariamente una aplicación de sus contenidos (traducción, ética o política), sino que consiste fundamentalmente en un mero intento de comprensión.

 

                                      Ya hemos señalado la dicotomía o ambivalencia que esconde toda interpretación y que arrastra el verbo griego original “Hermeneuo” (ερμηνευω):

 a.) por un lado significa apalabrar o decir, como figuración de lo real, como interpretación de las cosas, como un hablar conmigo mismo de las cosas, como una forma de “aletheuein apofantikós” o enunciativo, más cercano a la lógica que a la lingüística y que los estoicos en el período helénico ya denominaban “logos endiatikós” o discurso interno;

b.-)  por otro lado significa interpretar el decir mismo, como traducir lo que se dice y que los estoicos llamaban “logos prophorikós” o discurso externo. Así, por ejemplo, cuando Aristóteles le pone “Peri hermeneias” al segundo libro del Órganon Lógico, utiliza “hermeneias” como la enunciación que afirma algo de las cosas, o sea, prefiere la primera vertiente del verbo “hermeneuo”, más que la segunda eminentemente lingüística, como se enfatizará más tarde en el siglo XIX. Obviamente se trata de dos caminos muy diferentes: la interpretación de las cosas o la interpretación de los signos, o como bien decía Schleiermacher, decano de la facultad de Teología de la Universidad de Berlín a partir de 1810: “Todo discurso descansa sobre un pensar anterior”. Porque obviamente los hombres no piensan siempre lo mismo, aunque tengan un discurso idéntico. De modo que podemos intentar interpretar el pensamiento que hay detrás de un discurso, valiéndonos de etimologías, de estructuras gramaticales y sintácticas  o simplemente estudiar el pensamiento mismo como interpretación de la realidad y que Schleiermacher denomina “la interpretación técnica” como comprensión (συνεσις/synesis) del aspecto psicológico del discurso o discurso interno, como ya decían los estoicos “para comprenderlo no sólo bien, sino mejor que su autor”, parafraseando un decir de Kant; la técnica consistirá, pues, en un acto de reconstrucción de la génesis de un pensamiento, lo cual se aplica a todo pensamiento expresado, a todo discurso o relato y no sólo a los escritos, elevando en el s. XVIII la interpretación hermenéutica a un rango de universalidad que antes no tenía. La interpretación hermenéutica saltó así de la mera interpretación gramatical a la interpretación psicológica. Y no resultará exagerado  decir, pues,  que todo puede convertirse en objeto de hermenéutica.

 

                                    La técnica aludida será denominada “del todo y las partes” correspondiente a horizontes o ámbitos de sentido como marcos de interpretación y que dará origen al famoso recurso metodológico denominado el circulo hermenéutico”. H.G. Gadamer escribe un ensayo de 1959 intitulado “Sobre el círculo de la comprensión” (en “Verdad y Método” II): “La regla hermenéutica de que el todo debe entenderse desde lo individual y lo individual desde el todo procede……cuando las partes que se definen desde el todo definen a su vez ese todo”, lo que implica un “anticipo de la compleción” –como diría Heidegger – y que es un presupuesto que preside toda comprensión, pues permite “atenernos” de una manera u otra a la información que procesamos, como es , por ejemplo, intentar comprender cualquier asunto desde la conciencia histórica que le sirve de horizonte y le da sentido no sólo a las posibles respuestas que se den a las interrogantes, sino sobre todo da sentido a las preguntas, pues ellas brotan o son producidas por las mareas de la historia; asunto que explota muy bien, por ejemplo, el austríaco Emereth Coreth en su texto “Sobre el hombre”, esto quiere decir que toda comprensión está tejida espontáneamente al hilo de una biografía, de una lengua, de un género literario, de una cultura, de una mentalidad o de una época, de modo que todo intento de comprensión hermenéutica debe poner las cosas en la perspectiva de estos horizontes que ya están funcionando pre-comprensivamente o a priori, convirtiendo a la labor hermenéutica en un acto de comprensión sobre una comprensión previa que ya tiene el hombre por el sólo hecho de vivir y sólo desde estos horizontes es posible , a su vez, una adecuada comprensión del hombre como individuo; he aquí la circularidad de la hermenéutica.

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One Response to ¿QUÉ ES LA HERMENÉUTICA?

  1. M. Luisa says:

    Estimado D.Carlos Zarraga, con gran interés he leído el presente artículo y con más si cabe espero su continuidad en el siguiente.

    El tratar de la hermenéutica parece haberme sido de gran oportunidad ya que no hace mucho comprobé por mi misma en un foro la errónea interpretación que desafortunadamente muchos lectores de Zubiri hacen de su filosofía. Sitúan su pensamiento fuera de la filosofía contemporánea, como inservible, precisamente porque como contemporánea sólo entienden la hermenéutica como filosofía. Cuando en realidad, pienso, es la filosofía zubiriana la que más apunta hacia el futuro.

    En cuanto al Congreso realizado aquí en Chile, decirle que me encuentro metida de lleno saboreando los videos que hace poco la Fundación nos facilitó, aunque en verdad eché de menos la grabación de su intervención.

    Permítame, D. Carlos, mandarle desde el otro lado del Océano un fuerte abrazo.

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