VERDAD Y FE
Carlos Zárraga Olavarría- 2010
czarraga@uc.cl
RESUMEN
La fe no es formalmente un acto de la inteligencia ni de la voluntad ni es un sentimiento, sino que es un acto integral de la persona, una praxis personal culturizada individual, social e históricamente; la fe consiste más bien en un acto personal de adhesión en una vía de conformidad con el poder religante de las ultimidades de la realidad que obra en y desde la persona misma, constituyendo así una experiencia de religación que asume múltiples formas de religiosidad. La fe como aceptación del poder divino de Dios en nosotros pertenece a la experiencia que el hombre tiene de las ultimidades de su propia realidad y a la respuesta religiosa que la persona da al poder religante que habita en ella. Se trata de una experiencia de religación y constituye, precisamente, lo religioso de la religación. La fe, como experiencia religiosa, es más bien un acto de adhesión de una persona a otra y que para el cristiano constituye renuncia de sí mismo y entrega a la invitación y promesa que nos hace ese Inevitable Otro que tiene, para nosotros, el rostro de Cristo.
ABSTRACT
The faith is not formally an act of the intelligence neither of the will neither is a feeling, but is an integral act of the person, a praxis personal cultured individual, social and historically; the faith consists more well in a personal act of adhesion in a way according to the power religante of the finalities of the reality that work in and since the same person, constituting this an experience of religation that assumes multiple forms of religiousness. The faith as acceptance of the divine power of God in us belongs to the experience that the man has of the finalities of his own reality and to the religious answer that the person gives to the power religante that inhabits in her. He is a matter of an experience of religation and he constitutes, exactly, the religious thing of the religation. The faith, as religious experience, is more an act of adhesion of a person to another and that for the Christian constitutes resigns of itself and delivers to the invitation and promise that one does us Inevitable another that has, for us, the face of Christ.
NOCIONES CLAVES
Filosofía de la religión, religación, experiencia, inteligencia, logos, voluntad, sentimiento, verdad, razón y fe, deidad, ateísmo, agnosticismo, panteísmo, monoteísmo, politeísmo, teología natural, persona, praxis.
KEY NOTIONS
Philosophy of the religion, religation, experience, intelligence, logos, will, feeling, truth, reason and faith, deity, atheism, agnosticism, pantheism, monotheism, polytheism, natural theology, person, praxis
EL PROBLEMA
Aristóteles enumera en su “Ética” diversos tipos de verdad: la verdad de la experiencia acumulada y que hace al hombre un hombre “experimentado” o “perito” y que se vacía en el molde de la opinión experta; la verdad érgica que acaba en una obra, en la que la obra es la verdad misma, como la obra del artista; la verdad del saber obrar en la vida, cuya verdad queda puesta a firme porque funciona en nuestra vida, lo que redunda en la vida misma como verdad, es la verdad hecha biografía y que la gente narra como “su verdad”. Pero también hay otras verdades que no menciona Aristóteles, como la verdad del sentimiento que nos atempera con el mundo haciéndolo vivible, verdad de tipo social porque siempre funciona con los demás; la verdad fantástica de los sueños y creencias que permiten vivir la vida con un futuro, pues hacen que la vida tenga un rumbo, los sueños tienen eso de abrir un futuro a la vida, una vida sin futuro simplemente no es vivible, no es humana, pues un rasgo de la vida humana es tener que vivirla desde un futuro (Heidegger). En la vida utilizamos muchas clases de verdades, o bien “verdadeamos” el mundo de muchas maneras; a veces poco importa que el argumento que sostiene una “verdad” sea falaz, si éste resulta más rápido, simple, funcional, efectivo, si significa un ahorro de energía y conlleva un alto grado de aceptación social, más aún si va cargado de peso, fuerza, simpatía, gracia, elegancia y tiene a su favor la estadística de que funciona siempre. En cambio un argumento estrictamente lógico exige demasiado esfuerzo y requiere que otros posean una capacidad intelectual que generalmente no poseen; argumentar lógicamente desgasta, es odioso, no es comprensible fácilmente, suele no ser amable y cuanto más eficiente, resulta socialmente menos eficaz. La comunicación humana no siempre es lógica, sino emotiva, pasional, afectiva. Más vale una atmósfera comunicacional adecuada, que una lógica perfecta. Por eso la publicidad y el marketing usan la atmósfera, por ejemplo la atmósfera musical o las analogías, usan la falacia como el ‘ad populum’ y el ‘ad misericordiam’, más que las reglas de la inducción y el silogismo. La gente del campo, por ejemplo, suele argumentar defendiendo sus técnicas de labranza diciendo que “siempre se ha hecho así” y “siempre les ha resultado bien” (falacia por la causa falsa); porque lo que interesa es el resultado y no la lógica del argumento. Don Juan, el amante y seductor, no seduce con argumentos lógicos, sino con palabras dulces y frases encantadoras, con analogías falaces cuya perfección es tan admirable como perversa.
La gente aprende pronto las señales de aceptación comunicacional del medio socio-cultural en el que se encuentran; una de ellas es la apariencia, el ropaje con que algo se presenta, la vistosidad. La verdad frecuentemente se impone más por el impacto de su presencia que por su verdad. Lo que hay en juego es la vida, se trata de aprender a vivir y para ello no se requiere de un buen silogismo, sino de un discurso amable, de una verdad con más de fantasía que de verdad. Uno de los formatos históricos de esta verdad ha sido la verdad vehiculada en el mito, una verdad simpatética, funcional, afectiva, fisiognómica, animista, creencial y tremendamente eficaz, poderosa. De nada sirven los reproches griegos y decir que se trata de verdades envueltas en truculencias sofísticas. No cabe duda de que existen muchas formas de verdad. Hay verdades que se validan como verdades simplemente porque funcionan, como es la verdad de moda, aunque no haya nada cierto en la moda; se trata de verdades prácticas y no visuales, verdades operativas, con enorme fuerza vital y no especular, verdades que sirven, que dan seguridad, firmeza y confianza y de allí proviene toda su validez, aunque visualmente no conlleven evidencia alguna; puesto que no interesan las evidencias. En esta perspectiva, precisamente, surge la verdad de fe. Quien tiene fe no cuestiona la existencia de lo que cree, simplemente está seguro de ello; en la fe no tiene cabida la duda ni el error. No se trata simplemente de decir que es un acto de la inteligencia que acepta una verdad sin ver. Esto es sólo parte del problema, tal cosa corresponde sólo a un aspecto de la fe, al aspecto intelectivo de la fe en el que se desliza una verdad lastrada, semi-oculta, sumergida en el dudoso subentendido de que el sentido propio de una verdad sea “ver”.
Pues bien, desde la óptica de una realidad humana integrada, integral, sistémica, como es el hombre organizado esencialmente como persona, la experiencia de la fe no es meramente una experiencia intelectiva, aunque si no fuese intelectiva no habría ninguna posibilidad de fe. Integradamente la fe constituye una experiencia de vida y como toda experiencia es una experiencia de probación, de constante probación y por lo mismo de permanente zozobra. Sin embargo para que entendamos esto debemos hacer algunas precisiones, algunos ajustes.
La fe puede entenderse en tres sentidos que suelen confundirse:
1. La fe como mera estimación probabilística de algo que desconocemos, como creer que saldremos bien en un examen o que nuestro equipo de fútbol ganará el campeonato o que lloverá mañana. En esta misma línea puede inscribirse el creer que Dios existe o que hay otra vida después de esta vida. No siendo imposible lógicamente, la fe puede crecer alimentada por argumentos a favor o agonizar a causa de una anemia intelectual. Si todo tiene una causa ha de haber una causa de todo y si hay una vida ¿por qué no puede haber otra?
2. Otro sentido de la fe es aquella en la que le creemos al otro la revelación de un secreto, enigma o misterio. Aquí interviene un elemento que no existía en el caso anterior: la aceptación del otro. La validez de lo que creemos depende de la validez del que declara, de la validez del otro que se impone como válido, como autorizado o con autoridad para declarar que conoce lo desconocido por nosotros. Sin la aceptación del otro no hay aceptación del secreto que transmite. Aceptamos la palabra divina sólo si lo aceptamos a El como Dios nuestro.
3. Pero hay un tercer sentido del que no podemos hablar y es la fe como gracia o don divino que abre nuestro corazón, dispone nuestra voluntad e ilumina nuestra inteligencia para que se asiente en nosotros el mensaje o la palabra de Dios.
Sin embargo, en cualquiera de estos sentidos hay tres momentos que constituyen todo acto de fe y que corresponde a los tres momentos que constituyen la instauración de la persona humana en la realidad.
LA UNIDAD INTEGRAL DE LA PRÁXIS HUMANA
El hombre es esencialmente persona. Esto significa que posee un diseño o programa esencial inconcluso hecho para que el individuo se auto-programe, o si se prefiere, cuenta con un programa esencial que debe ejecutar e instalar para ser viable. En esto consiste precisamente su “ethos”, la persona es lo que hace, consiste en su praxis; todo lo contrario del resto de los vivientes, cuya praxis depende estricta y directamente de lo que ya son. La persona es una realidad ‘in fieri’ cuyo programa esencial se constituye en un proceso “biomoral” o “biocultural” a partir de las condiciones impuestas por la estructura psico-orgánica humana que sostiene a la persona en la realidad. Una de estas condiciones exige que haya una participación intelectiva para instalarse dinámicamente en la realidad; por ello tenían razón los griegos: el hombre es primeramente un ‘zoon logistikón’, pero “logistikón” no quiere decir necesariamente comprensivo, pues inteligir no implica caer en la cuenta de lo que se intelige; la intelección simplemente nos instala en la realidad, hace que estemos en ella, lo cual no incluye la presencia expresa de la realidad como siendo efectivamente en realidad, tal cosa viene después.
Sin embargo el hombre no es un compuesto, sino que consiste en una unidad sistémica de propiedades o notas, de modo que todo acto intelectivo es también un acto animal, nada en el hombre es no-animal, luego todo acto intelectivo es animal, no antes ni después, ni siquiera a la vez: al inteligir sentimos y al sentir inteligimos. Nuestra intelección es biológica, pero es intelección biológica de realidad, intelección animal de realidad y esto es una característica propia del alma humana, entendiendo alma como la animación o configuración propia de nuestro organismo biológico. El animal también se las ha con cosas reales, pero no en la dimensión de la realidad, lo que llevó a los medievales a decir que los animales no tienen un alma intelectiva, pero habría que añadir que tampoco tienen un cuerpo intelectivo. El alma es siempre alma del cuerpo; al perder el alma se pierde el cuerpo y al perder el cuerpo se pierde el alma. Dejo de lado el asunto de lo espiritual, eso es algo totalmente diferente.
¿Pero que es sentir? Sentir es, en el hombre, quedar afectado orgánicamente por la realidad. Al sentir calor se calienta el cuerpo provocando reacciones como transpirar (una reacción es como se comporta lo material respecto de una acción), pero no sólo hay reacciones sino que, además, el calor suscita una respuesta (la respuesta es como reacciona integralmente un sujeto vivo), tal como huir del calor o buscar refugio. El sentir tiene una idéntica mecánica orgánica en todos los seres vivos. La afección, es decir, quedar afectado, herido, marcado, tocado, alterado, modificado por el estímulo; la suscitación que despierta reacciones y sobre todo una respuesta recuperadora del estado de desequilibrio o sintonía perdida; y finalmente la propia respuesta atemperadora. Primariamente la realidad es sentida como conveniente o disconveniente, es una cuestión biológica, lo que se trasunta en que gusta o disgusta, generando placer o dolor, de este dinamismo biológico no está exento el hombre. Pero no sólo se siente orgánicamente un estímulo, sino que el sentir es en el hombre, también, en sí mismo intelectivo, es sentir en realidad, es un sentir sistémico, lo que libera de la exigibilidad biológica y meramente orgánica de una respuesta animal determinada; ahora la respuesta es a la realidad del estímulo, pero la realidad no es un estímulo orgánico que exija una respuesta programática biológica instintiva, sino que se ofrece como fuente de múltiples posibilidades de realización personal promoviendo (no causando) libremente respuestas de acuerdo a la situación real en las que se encuentran las personas y que cada cual ha de evaluar. El sentir afectante se transforma entonces en sentimiento, es decir, en sentir intelectivo; a veces lo que gusta genera un sentimiento de rechazo porque no nos va lo que sentimentamos, porque no lo inteligimos como bueno; así sucede con muchos placeres en los que no nos complacemos o dolores que no sufrimos.
De allí que todo acto intelectivo de fe sea también al mismo tiempo y en sí mismo un acto de sentir la realidad con toda la carga biológica con que viene. No es posible sentir algo orgánicamente y luego de inteligirlo tener un sentimiento, esto es totalmente absurdo. No es que el sentimiento sea el mismo sentir animal que además conlleva inteligencia, esto es igualmente inaceptable. No podemos sentir sin sentimentar y al tener sentimiento quedamos tocados por la realidad integralmente. De modo que la experiencia intelectiva de la fe, como experiencia de las ultimidades de nuestra propia realidad es por fuerza una experiencia sentimental, pletórica de sentimientos traslúcidos e inteligentes. Sentir es para el hombre estar tocado por la realidad. Pero no podemos sentir sino situadamente (lo que significa que sentimos social, mundanal, cultural, lingüística e históricamente) En esta línea la fe es sentida, es sentimiento. Por eso llegamos más fácilmente a la fe desde el amor o desde el sufrimiento o a través de coloridos relatos llenos de imágenes cargadas de emoción, acompañadas con canciones y melodías y no a través de razonamientos y demostraciones.
No podemos sentir sino orgánicamente, pero sentimos libremente, es decir, estamos libres de lo que sentimos, liberados de una respuesta orgánica determinada. Por eso podemos considerar bueno algo que no nos gusta y malo aquello que nos da placer. La persona queda absuelta por la realidad, o mejor dicho, posee un programa biológico en sí mismo libre. No es que seamos libres respecto de nuestra naturaleza biológica, sino que es nuestra misma naturaleza biológica que nos hace libres. Y esto suelta el apetito, es decir, modifica el programa del apetito meramente animal transformándolo en voluntad, la voluntad de aceptar o rechazar la realidad que se intelige sentientemente. Así pues, la fe queda modulada siempre por un acto de voluntad de aceptación o rechazo de las experiencias nebulosas, titubeantes, frágiles, abismantes, temibles, fascinantes y enigmáticas de la ultimidad de lo real. La voluntad no sigue a la razón, no precisa de un juicio imperativo de la razón, la voluntad puede funcionar a cuenta de un simple sentimiento, arrastrada por un sentimiento apasionado cargado de emoción, como puede ser un amor delirante de placer o un temor que paraliza. Este es otro momento de la fe como voluntad de ultimidades, como querer tener fe y persistir en la fe.
Cada vez que inteligimos queremos y sentimos; cada vez que sentimos inteligimos y queremos; cada vez que queremos estamos inteligiendo y sintiendo. La intelección nos coloca en la realidad, nos instaura de alguna manera en la realidad, lo que constituye la verdad como estar en la realidad, no como presencia de ella ni como adecuación; el sentimiento nos atempera con la realidad, es la manera como “nos va” la realidad y como quedamos en ella situados, conveniente o disconvenientemente, a gusto o a disgusto, que es como quedan modalizados nuestros sentimientos, sentimos intelectivamente, es lo estético (aisthesis) de toda intelección. La realidad se abre al sentimiento en sus tonalidades de belleza, en todo sentir hay una forma de belleza en la que la realidad reluce sin más generando admiración o expectación por lo bello en sí mismo, la realiza embelesa. Pero además las propiedades reales de las cosas ofrecen una riqueza posibilitante a nuestra realidad realizanda, es el poder de la realidad como posibilidad para una realidad personal que tiene el poder de realizarse, la realidad se ofrece no sólo como bella sino como buena, las posibilidades posibilitantes de la realidad abren la voluntad o la cierran para incoar acciones, la voluntad funciona en base a lo bueno o lo malo. En toda verdad hay algo bueno y bello, en todo lo bello hay una verdad y algo bueno; y en todo lo bueno hay algo verdadero y bello. Hay la verdad de lo bueno y bello, hay belleza en toda verdad y bondad; hay algo bueno y bello en toda verdad. Buscamos verdades y por su belleza nos fruimos y por su bondad nos complacemos.
Hay tres actos de tres facultades que se funden en un mismo afán de realización personal: una intelección sentiente, una volición tendente y un sentimiento afectante. La intelección es un acto de inteligir (no es conocer ni comprender), la volición es un acto de querer (aceptar o rechazar) y el sentimiento es una acto de sentir intelectivo (como “sentimentar”). El acto concreto de la intelección se da como aprehensión de realidad (actualización de lo real), la volición como acto de aceptación o rechazo (integrando una opción, por ejemplo una elección) y el sentimiento como acto de atemperamiento con la realidad (fruición como gusto o disgusto). Son tres actos de una misma dinámica de realización personal consistente en la apropiación de la realidad de sí mismo a través de las cosas y de los demás. Aunque no es exactamente la inteligencia la que intelige ni la voluntad la que quiere ni el “corazón” el que siente, sino que nosotros somos quienes nos apropiamos de la realidad intelectivamente, volitivamente y sentimentalmente. No es más que un academicismo decir que la voluntad quiere, porque “in situ” el hombre entero es el que volitivamente asume la realidad queriendo o no queriendo al interior de una opción integral. En esta unidad sistémica la volición es intelectiva, pues sin intelección no hay volición, pero también es “sentimentada”, ya que la voluntad reposa en la fruición de lo poseído por la voluntad, pues la volición no sólo es tendente desde su inicio, sino que además es fruente en su término; por su parte también la intelección es sentiente y es movida por la voluntad, pues cuando se quiere conocer la inteligencia es volicionada; el sentimiento, a su vez, exige la intelección de realidad (todo sentimiento conlleva su verdad) y requiere la aceptación o rechazo de las afecciones y consiguientes tendencias que se sienten, es decir, es volente. La inteligencia sentiente intelige (como “sentiligir”) la realidad, la voluntad quiere el bien y el corazón “sentimenta” lo bello; la intelección se consuma en la verdad, la voluntad en el beneplácito y el sentimiento en la fruición.
No se trata de tres facultades “espirituales” que funcionen con el cuerpo, sino que estas tres facultades funcionan somáticamente. Y lo que es más, el cuerpo humano no tiene viabilidad sino intelectivamente, volitivamente y “sentimentadamente”. Esto quiere decir que no se puede sentir dolor sin intelección, lo que redunda en que no se puede sentir dolor sin “sentimentarlo”, o sea, sin sufrirlo (u otros sentimientos sustitutos). Tampoco se puede sentir placer sin beneplácito ni complacencia, o a la inversa, no se puede sentir amor sin disfrutarlo. Y así como no podemos sentir algo sin inteligirlo, así tampoco podemos comprender algo sin sentirlo de alguna manera. En todo acto voluntario hay inteligencia, pero no todo acto voluntario es necesariamente deliberado, pues hay voliciones que pese a estar constituidas intelectivamente se llevan a cabo por el arrastre de una tendencia inundada por un sentimiento. Por eso no es extraño que alguien quiera a otra persona porque le gusta o porque la ama, aunque también se puede amar por gusto o simplemente puede haber amor a cuenta de tanto quererlo. Y a la inversa, es posible querer sin haber amado o dejar de querer lo que se ama. Podemos fruirnos en lo querido, sentir la tristeza de la satisfacción o sufrir por un amor insatisfecho. No tenemos los verbos suficientes para conjugar la infinidad de giros que el hombre puede realizar en la realidad con el ímpetu de sus tendencias, el poder de su inteligencia, la fuerza de su voluntad y la variedad de sus sentimientos. En cuanto a la volición, esta no termina en el acto de preferir, porque nadie prefiere sólo para preferir, sino para que lo preferido actúe sobre mi realidad, pues lo querido en definitiva es uno mismo; razón por la cual una vez obtenido lo que se quiere, la volición no se apaga como el apetito cuando se satisface, sino que el individuo se sigue queriendo en lo que ha obtenido ya instalado en él, generando así un apego a lo querido como “suyo”. Y como no hay volición sin un acto intelectivo-sentiente, es evidente que no hay fruición de lo querido en mí sin sentirme a mí mismo queriéndolo; razón por la que fruir siempre se conjuga como “fruirse” de nuestras propias afecciones de realidad (sentimientos). Podemos fruirnos, por ejemplo, de la alegría de poseer algo nuevo o de la tristeza de no haber alcanzado algo que hemos querido. Sin embargo, como hemos dicho, no le compete a la voluntad sentir satisfacción ni sentimiento de fruición, sino sólo el beneplácito de la efectiva apropiación de lo bueno. Pues así como la intelección se consuma en la apropiación de la verdad y el sentimiento en la fruición o complacencia por la realidad, así la volición se consuma en esa plenitud que se produce con la efectiva instalación del bien querido en nosotros y que denominamos “beneplácito”. De esta manera podemos fruirnos o disfrutar de la verdad en la inteligencia y fruirnos por la bondad en la voluntad; pero la fruición corresponde a un sentimiento y no a una volición. Beneplácito no es exactamente satisfacción, deleite o goce, ni disfrute, complacencia o fruición sino el status de plenitud de la voluntad que acaba en el sentimiento que produce la magnificencia (o magnitud) de la realidad inteligida o querida, es decir, en la fruición. De allí que coloquialmente se diga, por ejemplo, que una buena acción sea algo hermoso o se hable de la fealdad de una mala acción. Una buena acción posee la inmensidad de la belleza, de la belleza en la que nos fruimos. Al final lo bueno y lo bello se funden en una misma cosa.
Todo acto de fe, a fuer de intelectivo conlleva una verdad y a fuer de volitivo conlleva algo bueno y por haber un sentimiento contiene algo bello; en todo acto de fe hay algo que inteligimos, que sentimos y queremos, involucrando unitariamente tres potencias que siempre intervienen en nuestra vida personal, unidas en el afán de apropiarnos de nuestra propia vida a través del mundo. La fe es experiencia de vida que hay que vivir en la paulatina apropiación de nosotros mismos en la perspectiva de la ultimidad. Como vida la fe se trasunta en actitudes y acciones, pudiendo la acción ser la contemplación o la oración, la entrega amorosa de la adoración o la devoción o el servicio a Dios a través del servicio a los demás en la oblación y el trabajo. Pero la fe no consiste en ninguno de estos tres momentos por separado, sino que a una, unitariamente, constituye una experiencia de vida que denominamos el acto de fe que canaliza una forma de instaurarse en el mundo. Al quedar expuestos, abiertos a la realidad intelectivamente somos afectados por ella, la sentimos en nosotros intelectivamente, provocando una respuesta al desequilibrio de la afección, no una respuesta signada por el estímulo, sino una respuesta a los atractivos de la realidad, una respuesta voluntaria a las tendencias estimúlicas. Hay en ello una voluntad de ser, un acto de querer ser, una afirmación de vida, un sentimiento de vida, una postulación de la realidad que abre vías de actuación ante las ultimidades de la vida. Estos tres momentos estructuran la acción de vida, el hacer humano, el quehacer o praxis personal. La persona es una realidad realizanda en la acción, en la praxis, en cada momento de su quehacer vital, lo que convierte al acto de fe en actitudes y acciones de fe. Santo Tomás menciona algunas formas en que se vuelca la experiencia de la fe en la I pars q.81 ad 1. Devoción, oración, adoración, sacrificio, oblación (ofrenda, mandas, diezmos), voto, juramento, adjuración (invocación), y tomar el nombre de Dios para su alabanza. Entre los actos dichos son principales la adoración, sacrificio, y voto.
Toda verdad es inteligida en esta unidad sistémica que hemos denominado la realidad personal. No hay intelección posible que no sea sentiente, no hay verdad que no conlleve un sentimiento. “Dos mas dos son cuatro” es una manera de sentir intelectivamente la realidad que da seguridad sobre la dispersión de la multitud de cosas y momentos de la realidad. Contar y sumar son formas de medir, son formas de control sobre el mundo, de apropiación de la realidad material-espacio-temporal y ello da confianza, seguridad. Es que no hay verdad que no conlleve un sentir y un acto de voluntad que al menos consienta, un con-sentimiento. Estar ciertos de algo, tener alguna certeza es una forma de afirmación de la vida personal, de apropiación de la existencia. Así pues, de la misma manera que no hay verdad que no conlleve un sentir, así también conlleva un acto de voluntad que, al menos, consienta.
Si en el animal hay un sentir orgánico-sensitivo-animal, en el hombre hay, por fuerza, un sentir intelectivo (intelectivo no quiere decir plenamente intelectivo, ni siquiera quiere decir conscientemente intelectivo; intelectivo y consiente no son sinónimos). Por sentir intelectivamente el hombre no sólo es un ente que es, sino que además está en la realidad. En el animal hay afección, pero en el hombre esa misma afección es intelectiva, lo que la convierte en sentimental; esto quiere decir que no sólo quedamos tocados por las cosas estimulicamente (orgánicamente) sino que quedamos tocados en realidad, es decir, en nuestra realidad por la realidad de las cosas que nos estimulan y afectan. Sólo una realidad personal puede ser tocada por la realidad de las cosas. Un animal no es libre frente al estímulo y responde programáticamente; el estímulo signa o predetermina sus respuestas; en cambio el hombre queda libre de la exigibilidad forzosa del estímulo biológico, a cambio de una oferta de realidad bajo el carácter de posibilidad realizable, posibilidad para un individuo al que le es posible su propia realización. De allí que la suscitación estimúlica se vuelva una posibilidad opcional libre de toda necesidad. Todo encuentro intelectivo sentiente con lo real es libre y voluntario en tanto se da la pasada o se rechaza lo que la realidad propone. Una opción frecuente de la voluntad es la aceptación pasiva de la realidad debido a que todas las tendencias o ferencias provocadas por los estímulos permanecen en estado indiferenciado en espera de un acto de preferencia postergado, este es el estado que en biología se denomina expectación; entonces dejamos pasar los acontecimientos sin pronunciarnos. Lo que en el animal es mera tendencia en el hombre es tendencia voluntaria, por ejemplo, el gusto (las ganas) es una tendencia (pasional) que suele generar sentimientos de complacencia, amor o alegría, pero a su vez empuja a querer, así pues, bien podría suceder que algo nos guste y lo amemos pero no lo queramos; o que disguste, nos fastidie y lo queramos. Todo acto intelectivo es sentimental y voluntario; toda intelección envuelve un sentimiento y una aceptación o rechazo; toda verdad tiene algo de bella y buena. Todo acto es voluntario, aún aquellos que no son conscientes; pues en ellos la voluntad acepta sin nuestro permiso consiente. Lo inconsciente es una forma de consciencia, lo opuesto a consciente es ‘aconsciente’. Todo sentir es intelectivo, toda afección es sentimentada y toda tendencia es voluntaria; toda intelección es sentiente, todo sentimiento es afectado, toda volición es tendente. Toda intelección es sentimental y volente.
LA EXPERIENCIA DE FE
¿Qué podemos obtener de lo antes dicho? Que la persona está en la realidad realizándose, instalada en la realidad. Pero esta instalación en la realidad no sólo es orgánico-intelectiva, sino afectante-sentimental y tendente-volitiva en una sola unidad integrada. Estos tres momentos forman una unidad indisoluble: la praxis humana, verdadero lugar de encuentro hombre-realidad. La praxis humana está constituida por los actos personales y todo acto en el hombre es un acto personal. Y uno de estos actos personales se produce en la actividad intelectiva, cuando el hombre busca verdades, actividad que no puede realizarse sino integradamente, esto es, siendo a la vez sentiente y volitiva. En este lugar de encuentro con la realidad surge la fe como praxis humana de las ultimidades de su propia realidad. La fe como experiencia de las ultimidades de lo real es una experiencia integral, es decir, es una praxis humana y no un mero acto intelectivo.
Como praxis humana estamos abiertos a la realidad de nosotros mismos desde las cosas, desde ellas venimos, con ellas nos hacemos, ellas son fuente de nuestra realidad. Pero la realidad no constituye para el hombre un mero hábitat, sino un mundo. El animal tiene hábitat, el hombre tiene mundo, es decir, el hombre vive en una realidad habitada, trabajada, modelada, culturizada. Habitar sólo es posible para quien no tiene hábitat; el hábitat corresponde a un programa biológico, el mundo es algo culturizado, siempre. Entonces las cosas no sólo signan una respuesta, sino que además significan y simbolizan algo. Humo no sólo siga una respuesta de huida, sino que además significa fuego y simboliza incendio o asado. Una cueva no sólo es un hueco en el monte, sino que puede convertirse en refugio; un árbol no sólo es árbol, sino leña para el fuego, madera para muebles. Al nacer venimos al mundo que otros nos dejan trabajado, cultivado y que nos entregan en ese proceso que los griegos llamaban ‘paradosis’ y los latinos ‘tradere’, ‘traditio’, es decir, la tradición. El mundo en el que vivimos está configurado por las generaciones anteriores, por los demás de hoy y de ayer. En cambio una generación de hormigas nada le debe a la generación anterior. De modo que la experiencia de verdad y la experiencia de fe, que son experiencias de realidad, están siempre modalizadas por el mundo y su época, son experiencias histórico-culturales en las que se hallan presentes los demás. Son experiencias mediadas, intermediadas, condicionadas, condiccionadas, apalabradas por los demás. Por ello, la fe medieval no es la misma que la fe actual, del mismo modo que no es igual en un niño que en un adulto; porque la realidad no es aquello que está más allá de nuestras figuraciones y fantasías culturales, sino que está tejida a hilo de todas ellas.
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La fe no es la mera aceptación de un juicio, sino más bien la admisión del “otro”, en este sentido, creo que la fe se vuelve una vivencia profunda cuando se capta que el “encuentro” no es con simplemente “algo”, sino con Alguien.
Saludos cordiales