EL HECHO MORAL
Escrito por Carlos Zarraga el Saturday, 4 de September del 2010 a las 3:35 pm
EL HECHO MORAL
Ponencia III Congreso Internacional X. Zubiri
Septiembre. 2010. Valparaíso - Chile
Carlos Zárraga Olavarría
www.adimen.com.ar
INTRODUCCION
Esta ponencia que presento es sobre la ética filosófica de Zubiri. Pero Zubiri nunca escribió una ética, aunque trató el tema ético indirectamente, a propósito de otros asuntos. Bien sabido es que dedica 103 páginas al “Hombre como realidad moral” en “Sobre el hombre” y otras tantas en “Sobre el sentimiento y la volición”. Pero jamás dice cómo ha de vivir concretamente el hombre y se atiene a exponer el “hecho moral”, más que a proponer el contenido de una moral. Sin embargo en estos escritos podemos hallar entreverada sutilmente una propuesta. ¿Cuál es esta implícita propuesta moral que deja entrever Zubiri en su obra? Este es el asunto que deseo esbozar brevemente en este congreso: la ética zubiriana que se trasluce en el análisis del “hecho moral”.
Dos tesis sustentan esta propuesta: Una tesis metafísica y una tesis antropológica.
A.- La tesis metafísica corresponde a la idea de una realidad sistémica, dinámico-respectiva. Sólo en el sistema las cosas se sustentan sustantivamente, lo cual encierra la paradoja metafísica de que toda cosa es unitaria e intrínsecamente otra; sólo así se puede ser real. Operativamente todo es en función de otra cosa, así funciona nuestro universo.
B.- La tesis antropológica postula que el hombre es persona debido a un programa esencial, que no siendo cronológicamente previo a sus propiedades es previo en la línea del fundamento, es factualmente previo. La persona es una realidad “in fieri” que depende de una praxis para ser, este es su “ethos”, lo cual quiere decir que la persona es lo que hace, a la inversa del resto de los vivientes que actúan según su ser. Claro que “hacer” no coincide con acción, porque la inacción es un “hacer” que consiste en “no hacer nada”. Todo lo que el hombre hace es personal; un simple parpadeo ya es una praxis personal.
Sobre estas dos bases se sostiene el dinamismo de la moralidad como proceso de constitución de la persona humana. ¿Qué se obtiene de estas ideas basales?
En lo principal se sigue:
A.- Que lo moral no depende ni de lo voluntario ni del bien como objeto de la voluntad, sino de algo anterior. De modo que, aunque “materialiter’ pueden coincidir lo bueno y lo moral, ‘formaliter’ lo bueno y lo moral no coinciden; tampoco coinciden lo malo con lo inmoral. Se ha dicho que algo es inmoral porque es malo; pero según Zubiri lo bueno y lo malo sólo son posibles porque ya hay una realidad moral. En consecuencia Zubiri no postularía una moral del bien y del mal ni una moral de la voluntad y por lo mismo, tampoco cabe hablar de una moral del deber. Lo moral es anterior a lo voluntario y a los mismos actos, Zubiri no postularía una ética de actos; motivo por el cual no hablaremos del acto moral, sino del “hecho moral” ¿Esto a qué nos conduce?
B.- A sostener que lo moral es un status metafísico anterior a todo contenido y por ello se ha calificado a esta moral de “moral formal”. ¿En qué consiste dicho estatuto formal? En que lo bueno ‘simpliciter’ no existe, es decir, no hay nada bueno ni malo en el mundo sin el hombre. Tiende uno a pensar, entonces, que es el hombre que libremente pone lo bueno y lo malo en el mundo, en virtud de aquel carácter metafísico de la persona como realidad suelta de toda forzosidad específica, la naturaleza humana personal sería inespecífica, o como gusta decir Zubiri, es absoluta; pero no ‘absoluta-absoluta’, sino paradojalmente ‘absoluta-relativa’ pues se debe en su condición de persona, al menos en dos sentidos:
a.) desde su origen, ‘a tergo’, se debe al enigmático poder que desde las ultimidades de su propia realidad la lanza a tener que realizarse, constituyéndola en una realidad religada que sumerge a todo lo humano en lo que Zubiri llama “dimensión teologal”; en consecuencia esta moral incoada desde su fundamento último sería una “moral teologal”.
b.) pero ‘a fronte’ la persona se halla lanzada hacia su propia felicidad a través de las cosas según el estatuto orgánico de su sustantividad. Luego el contenido moral que libremente crea la persona para sí depende del estatuto real de las cosas (sus propiedades), y del carácter orgánico de la propia estructura humana (como sus tendencias biológicas).
C.- Esto quiere decir que el bien se da en el constructo hombre-cosas. Por parte de las cosas hay un bien que le pertenece a la riqueza real de ellas que es querible por el hombre, el bien es lo querible que hay en todo lo real. Pero este no es un bien de la vida moral del hombre, sino un bien metafísico. Es la realidad misma que queda en condición de ser querida y sólo eso. Pero en tanto querida ya de hecho, recién entonces se vuelve moralmente buena o mala. El riesgo está en confundir bien metafísico (un trascendental disyunto) con bien moral (como realidad de sentido); porque de confundirlo, llega uno a pensar efectivamente que es el hombre quien pone lo bueno en las cosas. Sin embargo en el acto mismo de querer, el bien como querible tiene la figura de mera posibilidad moral. Por eso insiste Zubiri en que de hecho no se quiere lo bueno, sino que algo es bueno por ser querido, enfatizando el carácter formal de esta tesis, pues no existen contenidos materialmente buenos preexistentes o previos a la volición. Esto que afirma Zubiri es tremendo en un contexto moral tradicional.
Desde esta plataforma metafísico-antropológica Zubiri nos instala en el “Hecho moral”; o sea, desde una perspectiva metodológica desarrolla hasta aquí una moral metafísica que mienta un modo de ser real consistente en “estar” en la realidad apropiándose de su propia realidad, definiendo la moral como un asunto “de apropiación de posibilidades”.
EL HECHO MORAL
A.- DESCRIPCION Pero ya instalados en el hecho moral, Zubiri describe y en esta descripción comienza siendo fuertemente biologicista, ya que la instalación personal en la realidad es desde su raíz una instalación biológica. No es que por ser persona el hombre pueda liberarse de los determinismos biológicos, sino que el sistema que lo sostiene en la realidad –su propia sustantividad– es un sistema biológico abierto que necesita reprogramarse esencialmente para ser viable; reprogramación que se da en la praxis personal. El programa biológico humano no es viable sin que al menos exista una opción voluntaria que defina las tendencias que han quedado sueltas o “inconclusivas” por la realidad. De modo que no es posible padecer tendencias, como aquellas que nacen del deseo, sin quererlas queriéndome en lo querido. Sin deseos de comer nadie querría comer, pero es imposible sentir deseos sin querer de alguna manera. Se abandona con ello la distinción de actos humanos y actos del hombre, pues el más bestial de los actos ya es un acto voluntario y personal.
Querer el contenido real vehiculado por una tendencia convierte a la realidad que se ofrece en una realidad buena. ¿Cuál es, entonces, el baremo que se utiliza para definir lo bueno? Lo bueno es la posibilidad querida, por un lado, según el bien de cada cual, por otro. Esto es lo que Zubiri expresa con el verbo “deponer”: el hombre no pone sino depone su bien para definir una posibilidad en cada volición. De-poner implica algo antepuesto como ya tenido: lo antepuesto aquí es el hombre sobre sí mismo teniendo que querer su propia felicidad: que por una parte es lo buscado a través de las cosas, pero por otra es fuente primaria de toda búsqueda. Ligado desde mi mismo a la felicidad, quedo libre desde ella y por ella, para ob-ligarme libremente a la posibilidad que refleje mejor la figura del bien que da sentido a mi realidad felicitaria.
Pareciera que estamos, pues, ante un relativismo moral extremo. Pero nada de eso, el carácter respectivo del bien no es sinónimo de relativo; pues lo bueno posee una base real no sólo en las propiedades de las cosas, en tanto queribles, sino también en las propiedades reales de nuestra propia sustantividad, como son las tendencias humanas que nos hacen querer, que aunque derivan inespecíficas, tienen un origen biológico muy preciso. Pero además la apertura del hombre a la realidad es una co-apertura personal desde y hacia los demás que abre ámbitos comunales sociales, culturales e históricos muy definidos. Esto quiere decir que las condiciones de la moral, pudiendo ser muy diferentes, tienen, no obstante, un anclaje o base común con fundamento ‘in re’ para todos los hombres, lo cual no significa aceptar la existencia de una ley natural, cosa que Zubiri rechaza decididamente. Carentes de un bien absoluto, entonces, es obvio, que sólo queda pensar en bienes relativos, pero relativos según estructuras respectivas comunes, como son los bienes relativos a la sociedad, a la cultura o relativos a la época histórica; todos los bienes son bienes relativos pero comunes a una pluralidad de individuos al interior de una “moral común vigente” según estructuras más o menos permanentes. Esto ha llevado a postular una “ética de bienes” y a intentar codificarlos de acuerdo a consensos regulados por estas estructuras comunes respectivas y así plasmarlos en reglas prácticas de conducta moral, pero este no ha sido el enfoque ni el propósito de Zubiri, como dice con fuerza en SH 421. “Que el hombre sea una realidad moral no es cuestión de reglas o normas”.
B.- LO MEJOR. Sin embargo, modestamente yo pienso que no se puede hablar de una “ética de bienes”, sino de una ética de posibilidades vehiculadas por tendencias que acaban en la mejor de las opciones, correspondiente a una “ética de opciones” o “ética de la optimidad”, o quizá, a una “ética de lo mejor”. Pues en el hecho, TODOS OPTAMOS POR LO MEJOR DE ACUERDO A NUESTRAS POSIBILIDADES. No hay verdad más elocuente que ésta cuando se habla del hecho moral: es una verdad transversal, universal, rotunda, pero de inusual gravedad. Todos optamos por lo mejor, en cambio, optar por el bien no es una opción, porque se trata de la formalidad propia de la voluntad; la voluntad no es libre para querer el bien. En rigor la voluntad no busca ni opta, es el hombre quien opta; ha sido un error semántico sustituir el “volere” de la “voluntas” por “quaerere”, que en latín significa buscar, de donde ha salido “querer”, como acto de la voluntad. El “volere” simplemente abre y da alas, libera, el “nolere” cierra y detiene una tendencia, aceptando lo bueno o rechazando lo malo; en rigor la voluntad no es mas que el acto de querer (SSV, 53). Pero el libre arbitrio no coincide con la voluntad, ni brota de ella; el libre arbitrio es propio de la persona que estando sobre sí misma opta y busca integralmente su felicidad, es el hombre entero esencialmente libre; o dicho de otro modo, no por querer es libre, sino por ser libre es libre de querer, de querer libremente esto o aquello. La voluntad tampoco es el constitutivo formal de la persona; lo propio de la persona es estar sobre sí misma, encima incluso de su propia voluntad teniendo que querer, pudiendo querer a veces y otras veces no pudiendo, afanada casi siempre en querer querer, así se consigue precisamente la virtud. Por cierto lo propio de la voluntad sigue siendo querer el bien, pero este es sólo un resorte de la opción libre. No tiene sentido seguir analizando el hecho moral sólo desde los engranajes propios de la volición, pues toda volición es por fuerza somática-intelectiva-sentiente-campal, es decir, integral e integrada a una praxis personal. La voluntad por si sola no es viable, pues el término formal de la volición (no su formalidad) es una posibilidad (ssv53), posibilidad en bruto que debe ser configurada en algún sentido, ya que el bien en tanto bien no existe no es real sin el hombre. Sin esta realidad de sentido no es posible ninguna opción, pues optar por un bien cualquiera, desligado de toda conexión con el bien final, tampoco es una opción, no es viable. Cuando optamos, siempre optamos por lo mejor, lo que a veces se trasunta no en un bien sino en un mal, un mal respecto de mi bien personal. Repetir porfiadamente eso de que el mal menor es un bien, es, por donde se lo mire, inaceptable, pues un mal no puede ser jamás un bien, el mal menor sólo constituye, en ocasiones, la mejor opción. Entre dos males no se elige un bien sino lo mejor, a saber, lo que ofrece mejores posibilidades respecto de mi bien. Liberada por la realidad, la persona es libre para elegir entre las cosas, pero la opción no es de cosas ni de posibilidades sino consiste en aceptar o rechazar lo mejor ante uno mismo; porque también es posible optar, aceptando o rechazando, cuando existe sólo una posibilidad en la perspectiva del bien integral de la persona. Luego querer no es optar ni toda opción es elección.
El carácter vacío, pero a su vez concreto de lo mejor expresa, a mi modesto parecer, con mayor fidelidad lo formal de la propuesta moral de Zubiri. Los bienes son al Bien, como lo mejor es a la Felicidad; pues el resorte que mueve toda la moralidad es la búsqueda de lo mejor en pos de la felicidad y no del Bien. Lo mejor define el modo como deponemos nuestro bien; lo mejor no es lo más bueno, sino que lo bueno es bueno por ser querido como mejor, en tanto ofrece más posibilidades. Hablar de bienes significa retrotraer la cuestión moral a una ética del bien ya superada, pues el hombre no tiende al Bien sino a su propia felicidad. Los bienes poseen de suyo un contenido insustantivo en el espectro moral, dicho contenido cuelga directamente de la ficción de mí bien plenario, por una parte y de una estimación o valoración según sea la situación, por otra; pues en el hecho concreto no es posible querer un bien sin sentirlo intelectivamente, lo que a la altura del logos se trasunta en un resentir o estimación campal, como ‘conditio sine qua non’ del ajustamiento que se produce en cualquier justificación moral concreta. No basta estimar una posibilidad como buena, es preciso estimar lo valioso de la realidad buena, en tanto el valor es la valía del bien (ssv 223). Aunque no sea lo mismo bien que valor, no podemos querer sino bienes valorados. Hay bienes que sin dejar de ser el mismo bien, con el paso del tiempo pierden o simplemente aumentan su valor; ‘contrario sensu’, algo que suele tener carácter de mal, como el daño que produce el dentista al taladrar, puede ser estimado o valorado, no como bien, porque no hay ningún bien en que alguien nos taladre una muela, sino como lo mejor, pues dada la situación un mal puede promover que se abra la posibilidad de un bien, o a la inversa, algo considerado bueno pudiera no ser lo mejor y generar rechazo en tanto abre alguna posibilidad de mal. En otras palabras, lo mejor (o lo peor) es el modo como queda definida toda opción ante mí mismo.
Pese a ello Zubiri insiste (ssv, 223) en la prioridad del bien sobre el valor, reduciendo el valor a una mera ‘ratio cognoscendi’ del bien, pues siendo el bien un trascendental disyunto admite el mal, luego este seria, a su modo, querible bajo el carácter de bien, aunque negativamente y no bajo la valoración de lo mejor, en el caso aludido del mal menor. Aunque es el hombre quien hace quedar a lo real en condición de posibilidad, la “ratio essendi” de poder ser posibilidad querida es lo real. Hay un nudo muy apretado en esta página 223, lo que me llevó a estas lucubraciones que ahora expongo. A mi me parece que la opinión de Zubiri en este asunto sólo es válida metafísicamente y no en la configuración de sentido que se produce en el hecho moral concreto, pues la estimación moral de la realidad del bien está tejida con el hilo de la ficción y esto es algo que se produce en el logos, no es algo metafísico. En la aprehensión primordial nos impregnamos de realidad, pero no podemos quedarnos en ella ni un momento siquiera, en cambio, vivimos en el logos y a veces en la razón. Por eso el hecho moral se resuelve en el parecer del logos y luego, más tarde, surge, si es que surge, la pregunta sobre si es realmente bueno lo que hemos querido como mejor. La moral del bien es propia de un nivel de maduración moral que exige la razón y que promueve la discusión filosófica sobre el bien moral; pero esto no se da en la mayoría de la gente, o si se prefiere, corresponde a una moral ideal, con ideales morales. La factura campal del logos, en cambio, abre el hecho moral a un horizonte de consensualidad habitado por todas aquellas ficciones histórico-culturales con que estimamos lo bueno de cada posibilidad en concreto. Lo realmente bueno, lo bueno desde su misma ratio essendi no es visible en la vida moral de la gente, por eso las éticas actuales no discuten ideales, sino que buscan los procedimientos para armonizar lo mejor para la vida moral de los hombres según parámetros respectivos comunes en una situación determinada. Sospecho que el pensamiento de Zubiri va en esta línea y no en la linea de una etica de ideales o de principios.
Sin embargo, el nivel de la moralidad en el que estamos, corresponde más a un estadio protomoral o moral primaria que a un status de moralidad propiamente tal; no porque la moralidad tenga que ver con la voluntariedad – esto ya lo hemos descartado–, sino porque, al parecer, la moralidad involucra, además, esencialmente a otros. Claramente no es suficiente un mal moral para que sea moralmente malo; un ebrio no es malo por su ebriedad, sino que sólo está en malas condiciones para conducir su vida moral, está mal pero no es malo. Y sólo se vuelve malo en tanto su ebriedad pone en peligro a los demás. Bueno es todo lo apropiable que beneficia a la luz del bien personal y malo es toda posibilidad que promueve un maleficio bajo el mismo respecto de bien; este bien último debe ser configurado por el individuo o el individuo ser configurado por él, da lo mismo; pudiendo darse el caso, por ejemplo, de considerar maléfico un alimento muy alimenticio, debido a que no promueve el bien plenario de un individuo que quiere mantenerse delgado. Por lo mismo y a la inversa, mal y daño (como estéresis o privatio) tampoco coinciden, porque un daño es siempre fáctico y local, como una lesión que no conlleva necesaria referencia al bien plenario del hombre, sino a una función muy particular. El médico suele curar la lesión sin preocuparse mayormente de cuanto afecta la integridad moral del paciente; pues el daño se vuelve malo solo en tanto involucra a la persona considerada integralmente, pero entonces se vuelve “perjuicio” moral; en consecuencia no cabe hablar propiamente de “daños morales”, como se hace en el Derecho, sino de perjuicios morales, porque lo moral es siempre integral, el daño es local. Pese a que en el hecho, obviamente un daño suele perjudicar y por eso es malo.
C.- VIRTUDES. En cuanto al proceso de constitución de la realidad moral o dinámica de la moralidad, esta se hace efectiva concretamente en las virtudes y los vicios; es aquí donde se da cumplimiento o no al proyecto de felicidad, entendiendo felicidad no sólo como el permanente estado de bienestar por estar bien integralmente, sino sobretodo como la fruición del beneplácito por la apropiación final de lo buscado. Virtud y vicio son habitudes de una realidad moral ‘in fieri’, es decir, estados de apropiación y propiedad moral que marcan o sancionan el status moral de la persona, como es, por ejemplo, ser honesto o inmoral, mucho antes de la sanción moral o reproche que la sociedad deja caer sobre los individuos. Pese a que Zubiri le dedica escasas líneas a este tema, es evidente que la arquitectura de su pensamiento no admitiría sin más el cuadro espartano de las “virtudes cardinales”, sencillamente porque en el hombre no existe la tensión dualista de alma y cuerpo, que ha servido para su diseño. No es cierto que el hombre tenga que habérselas con el ímpetu de sus pasiones y sus consiguientes tendencias, sino más bien con la fuerza de su propia voluntad impulsada tendencialmente, no se puede hablar sin más de tendencias en el hombre, sino de voliciones incoadas tendencialmente. El drama moral no ha sido relatado correctamente, pues no hay pugna entre lo que se quiere y lo que se desea. De modo que la virtud que se necesita para dejar el vicio de fumar, no consiste en dominar un deseo descontrolado o controlar un deseo dominante, sino que se consigue tras ejercitar la voluntad en el ejercicio de “querer querer” dejar de fumar a punta de trabajo y disciplina. Sólo así es posible entender la virtud de la templanza como práctica habitual, permanente y constante, sobre la voluntad misma y no sobre las pasiones, como parece postular el mundo greco-latino. Pero además, ser virtuosamente templado o fuerte no implica ser moralmente bueno, sino tan sólo estar en buenas condiciones morales; ‘contrario sensu’ ser drogadicto no es ser malo, sino sólo estar mal para desarrollarse moralmente, el que cae en este vicio no es inmoral sino que padece de una insuficiencia moral. Lo que deja en evidencia diferentes niveles de maduración moral o virtuosidad. La inmoralidad o lo propiamente malo surge recién cuando se va descubriendo en la campalidad de la intelección que los otros forman parte integral de nuestra constitución moral-personal; por eso la virtud moral por antonomasia ha sido la justicia en el cuadro tradicional de las virtudes fundamentales y las restantes se vuelven propiamente morales en tanto no pueden sino estar coludidas a coro con la justicia, toda vez que vivir es convivir. El imprudente se hace malo sólo en tanto genera males en otro y más aún si hay empeño en provocar dichos males, entonces la maldad se denomina malicia, pero si también pretende convertir al otro en malo, además de malicia habría malignidad. Así pues, no todo el que causa un daño es maléfico ni lo maléfico conlleva siempre perjuicio o quien provoca males no siempre es malo y quien hace cosas malas no siempre lo hace con maldad.
COMENTARIO FINAL
Pero ya casi hemos ocupado el tiempo que tenemos para exponer, así que apuntemos un comentario final: La falta de bienes y males llamados “objetivos”, o sea, de contenidos “objetivos” en una ética formal de la optimidad validaría, sin embargo, paradojalmente, cualquier constructo moral, hasta el más deplorable, en el evento de que fuese lo mejor para la felicidad del individuo en una situación determinada; como aquel que estando contento con lo que es y con lo que tiene, es feliz con ello y todo le parece bien y mucho más si viene acompañado por una fruición permanente propia de un bienestar como signo inequívoco de estar bien. Así funcionaría la moralidad de un Robinson Crusoe en la soledad de la isla y de todos aquellos que se creen Crusoe en este mundo, que por mucho que miran hacen que no ven a nadie, salvo a sí mismos, optando por la indiferencia respecto de los otros, asumiendo que nada de lo que haga “un Crusoe” es inmoral. Que duda cabe que acomodarse a esta moral primaria — moral infantil — hace que el fin justifique los medios. En la infancia hay cosas que están mal y cosas que están bien, pero nada de lo que haga un niño es propiamente malo, pues en la infancia no se han integrado aún plenamente las dimensiones comunales de la realidad personal. Sin el otro existe una moralidad inocente e irresponsable, pues responsable es aquel que cumple con lo debe, pero el hombre no se debe a ninguna cosa, justo por ello puede obligarse a cualquier cosa, pues no hay obligación sin libertad para obligarse. La moralidad de lo bueno y lo malo surge sólo por referencia a otros; pero el otro personal, a diferencia de una mera cosa, es aquel que también puede ser feliz abanicado por sus propias opciones libres, luego la posibilidad de ser feliz con los otros incrustados en mí propia realidad personal, pasa por asumirlos como otros y no como cosas, ello significa “dejar ser” al otro en su condición de persona, lo cual implica poner no sólo restricciones, sino también renunciar a ciertos espacios; entonces ya no hacemos el bien por algo, sino que hacemos algo porque esta bien, “lo hacemos simplemente por el bien” y haciendo el bien somos buenos y ello nos hace felices, aunque ya no exista bienestar ni beneficio. Como un padre que se priva de muchas cosas por la felicidad de los hijos, la privación no es buena para él, porque no es buena para nadie, pero es lo mejor que le pueda pasar como padre, en su situación de padre. La felicidad de los otros se convierte en condición de posibilidad de mi propia felicidad. En este nivel de la moralidad bienestar y estar bien a menudo suelen no ir juntos; hacer el bien sólo funciona con otras personas, ser bueno sólo es posible gracias a los otros. De modo que si lanzo una piedra y rompo una ventana, no hago nada malo por romper la ventana, sino por aceptar la malicia de romperla sin importarme de quien sea la ventana, sabiendo que es de otro. Termino con una formidable cita de Zubiri SH, 322: “Radicalmente por mucho que uno viva para sí mismo está viviendo para otros, y recíprocamente el desvivirse por los otros es una forma de vivir para sí”.
EL HECHO MORAL
Ponencia III Congreso Internacional X. Zubiri
Septiembre. 2010. Valparaíso - Chile
Carlos Zárraga Olavarría
www.adimen.com.ar
INTRODUCCION
Esta ponencia que presento es sobre la ética filosófica de Zubiri. Pero Zubiri nunca escribió una ética, aunque trató el tema ético indirectamente, a propósito de otros asuntos. Bien sabido es que dedica 103 páginas al “Hombre como realidad moral” en “Sobre el hombre” y otras tantas en “Sobre el sentimiento y la volición”. Pero jamás dice cómo ha de vivir concretamente el hombre y se atiene a exponer el “hecho moral”, más que a proponer el contenido de una moral. Sin embargo en estos escritos podemos hallar entreverada sutilmente una propuesta. ¿Cuál es esta implícita propuesta moral que deja entrever Zubiri en su obra? Este es el asunto que deseo esbozar brevemente en este congreso: la ética zubiriana que se trasluce en el análisis del “hecho moral”.
Dos tesis sustentan esta propuesta: Una tesis metafísica y una tesis antropológica.
A.- La tesis metafísica corresponde a la idea de una realidad sistémica, dinámico-respectiva. Sólo en el sistema las cosas se sustentan sustantivamente, lo cual encierra la paradoja metafísica de que toda cosa es unitaria e intrínsecamente otra; sólo así se puede ser real. Operativamente todo es en función de otra cosa, así funciona nuestro universo.
B.- La tesis antropológica postula que el hombre es persona debido a un programa esencial, que no siendo cronológicamente previo a sus propiedades es previo en la línea del fundamento, es factualmente previo. La persona es una realidad “in fieri” que depende de una praxis para ser, este es su “ethos”, lo cual quiere decir que la persona es lo que hace, a la inversa del resto de los vivientes que actúan según su ser. Claro que “hacer” no coincide con acción, porque la inacción es un “hacer” que consiste en “no hacer nada”. Todo lo que el hombre hace es personal; un simple parpadeo ya es una praxis personal.
Sobre estas dos bases se sostiene el dinamismo de la moralidad como proceso de constitución de la persona humana. ¿Qué se obtiene de estas ideas basales?
En lo principal se sigue:
A.- Que lo moral no depende ni de lo voluntario ni del bien como objeto de la voluntad, sino de algo anterior. De modo que, aunque “materialiter’ pueden coincidir lo bueno y lo moral, ‘formaliter’ lo bueno y lo moral no coinciden; tampoco coinciden lo malo con lo inmoral. Se ha dicho que algo es inmoral porque es malo; pero según Zubiri lo bueno y lo malo sólo son posibles porque ya hay una realidad moral. En consecuencia Zubiri no postularía una moral del bien y del mal ni una moral de la voluntad y por lo mismo, tampoco cabe hablar de una moral del deber. Lo moral es anterior a lo voluntario y a los mismos actos, Zubiri no postularía una ética de actos; motivo por el cual no hablaremos del acto moral, sino del “hecho moral” ¿Esto a qué nos conduce?
B.- A sostener que lo moral es un status metafísico anterior a todo contenido y por ello se ha calificado a esta moral de “moral formal”. ¿En qué consiste dicho estatuto formal? En que lo bueno ‘simpliciter’ no existe, es decir, no hay nada bueno ni malo en el mundo sin el hombre. Tiende uno a pensar, entonces, que es el hombre que libremente pone lo bueno y lo malo en el mundo, en virtud de aquel carácter metafísico de la persona como realidad suelta de toda forzosidad específica, la naturaleza humana personal sería inespecífica, o como gusta decir Zubiri, es absoluta; pero no ‘absoluta-absoluta’, sino paradojalmente ‘absoluta-relativa’ pues se debe en su condición de persona, al menos en dos sentidos:
a.) desde su origen, ‘a tergo’, se debe al enigmático poder que desde las ultimidades de su propia realidad la lanza a tener que realizarse, constituyéndola en una realidad religada que sumerge a todo lo humano en lo que Zubiri llama “dimensión teologal”; en consecuencia esta moral incoada desde su fundamento último sería una “moral teologal”.
b.) pero ‘a fronte’ la persona se halla lanzada hacia su propia felicidad a través de las cosas según el estatuto orgánico de su sustantividad. Luego el contenido moral que libremente crea la persona para sí depende del estatuto real de las cosas (sus propiedades), y del carácter orgánico de la propia estructura humana (como sus tendencias biológicas).
C.- Esto quiere decir que el bien se da en el constructo hombre-cosas. Por parte de las cosas hay un bien que le pertenece a la riqueza real de ellas que es querible por el hombre, el bien es lo querible que hay en todo lo real. Pero este no es un bien de la vida moral del hombre, sino un bien metafísico. Es la realidad misma que queda en condición de ser querida y sólo eso. Pero en tanto querida ya de hecho, recién entonces se vuelve moralmente buena o mala. El riesgo está en confundir bien metafísico (un trascendental disyunto) con bien moral (como realidad de sentido); porque de confundirlo, llega uno a pensar efectivamente que es el hombre quien pone lo bueno en las cosas. Sin embargo en el acto mismo de querer, el bien como querible tiene la figura de mera posibilidad moral. Por eso insiste Zubiri en que de hecho no se quiere lo bueno, sino que algo es bueno por ser querido, enfatizando el carácter formal de esta tesis, pues no existen contenidos materialmente buenos preexistentes o previos a la volición. Esto que afirma Zubiri es tremendo en un contexto moral tradicional.
Desde esta plataforma metafísico-antropológica Zubiri nos instala en el “Hecho moral”; o sea, desde una perspectiva metodológica desarrolla hasta aquí una moral metafísica que mienta un modo de ser real consistente en “estar” en la realidad apropiándose de su propia realidad, definiendo la moral como un asunto “de apropiación de posibilidades”.
EL HECHO MORAL
A.- DESCRIPCION Pero ya instalados en el hecho moral, Zubiri describe y en esta descripción comienza siendo fuertemente biologicista, ya que la instalación personal en la realidad es desde su raíz una instalación biológica. No es que por ser persona el hombre pueda liberarse de los determinismos biológicos, sino que el sistema que lo sostiene en la realidad –su propia sustantividad– es un sistema biológico abierto que necesita reprogramarse esencialmente para ser viable; reprogramación que se da en la praxis personal. El programa biológico humano no es viable sin que al menos exista una opción voluntaria que defina las tendencias que han quedado sueltas o “inconclusivas” por la realidad. De modo que no es posible padecer tendencias, como aquellas que nacen del deseo, sin quererlas queriéndome en lo querido. Sin deseos de comer nadie querría comer, pero es imposible sentir deseos sin querer de alguna manera. Se abandona con ello la distinción de actos humanos y actos del hombre, pues el más bestial de los actos ya es un acto voluntario y personal.
Querer el contenido real vehiculado por una tendencia convierte a la realidad que se ofrece en una realidad buena. ¿Cuál es, entonces, el baremo que se utiliza para definir lo bueno? Lo bueno es la posibilidad querida, por un lado, según el bien de cada cual, por otro. Esto es lo que Zubiri expresa con el verbo “deponer”: el hombre no pone sino depone su bien para definir una posibilidad en cada volición. De-poner implica algo antepuesto como ya tenido: lo antepuesto aquí es el hombre sobre sí mismo teniendo que querer su propia felicidad: que por una parte es lo buscado a través de las cosas, pero por otra es fuente primaria de toda búsqueda. Ligado desde mi mismo a la felicidad, quedo libre desde ella y por ella, para ob-ligarme libremente a la posibilidad que refleje mejor la figura del bien que da sentido a mi realidad felicitaria.
Pareciera que estamos, pues, ante un relativismo moral extremo. Pero nada de eso, el carácter respectivo del bien no es sinónimo de relativo; pues lo bueno posee una base real no sólo en las propiedades de las cosas, en tanto queribles, sino también en las propiedades reales de nuestra propia sustantividad, como son las tendencias humanas que nos hacen querer, que aunque derivan inespecíficas, tienen un origen biológico muy preciso. Pero además la apertura del hombre a la realidad es una co-apertura personal desde y hacia los demás que abre ámbitos comunales sociales, culturales e históricos muy definidos. Esto quiere decir que las condiciones de la moral, pudiendo ser muy diferentes, tienen, no obstante, un anclaje o base común con fundamento ‘in re’ para todos los hombres, lo cual no significa aceptar la existencia de una ley natural, cosa que Zubiri rechaza decididamente. Carentes de un bien absoluto, entonces, es obvio, que sólo queda pensar en bienes relativos, pero relativos según estructuras respectivas comunes, como son los bienes relativos a la sociedad, a la cultura o relativos a la época histórica; todos los bienes son bienes relativos pero comunes a una pluralidad de individuos al interior de una “moral común vigente” según estructuras más o menos permanentes. Esto ha llevado a postular una “ética de bienes” y a intentar codificarlos de acuerdo a consensos regulados por estas estructuras comunes respectivas y así plasmarlos en reglas prácticas de conducta moral, pero este no ha sido el enfoque ni el propósito de Zubiri, como dice con fuerza en SH 421. “Que el hombre sea una realidad moral no es cuestión de reglas o normas”.
B.- LO MEJOR. Sin embargo, modestamente yo pienso que no se puede hablar de una “ética de bienes”, sino de una ética de posibilidades vehiculadas por tendencias que acaban en la mejor de las opciones, correspondiente a una “ética de opciones” o “ética de la optimidad”, o quizá, a una “ética de lo mejor”. Pues en el hecho, TODOS OPTAMOS POR LO MEJOR DE ACUERDO A NUESTRAS POSIBILIDADES. No hay verdad más elocuente que ésta cuando se habla del hecho moral: es una verdad transversal, universal, rotunda, pero de inusual gravedad. Todos optamos por lo mejor, en cambio, optar por el bien no es una opción, porque se trata de la formalidad propia de la voluntad; la voluntad no es libre para querer el bien. En rigor la voluntad no busca ni opta, es el hombre quien opta; ha sido un error semántico sustituir el “volere” de la “voluntas” por “quaerere”, que en latín significa buscar, de donde ha salido “querer”, como acto de la voluntad. El “volere” simplemente abre y da alas, libera, el “nolere” cierra y detiene una tendencia, aceptando lo bueno o rechazando lo malo; en rigor la voluntad no es mas que el acto de querer (SSV, 53). Pero el libre arbitrio no coincide con la voluntad, ni brota de ella; el libre arbitrio es propio de la persona que estando sobre sí misma opta y busca integralmente su felicidad, es el hombre entero esencialmente libre; o dicho de otro modo, no por querer es libre, sino por ser libre es libre de querer, de querer libremente esto o aquello. La voluntad tampoco es el constitutivo formal de la persona; lo propio de la persona es estar sobre sí misma, encima incluso de su propia voluntad teniendo que querer, pudiendo querer a veces y otras veces no pudiendo, afanada casi siempre en querer querer, así se consigue precisamente la virtud. Por cierto lo propio de la voluntad sigue siendo querer el bien, pero este es sólo un resorte de la opción libre. No tiene sentido seguir analizando el hecho moral sólo desde los engranajes propios de la volición, pues toda volición es por fuerza somática-intelectiva-sentiente-campal, es decir, integral e integrada a una praxis personal. La voluntad por si sola no es viable, pues el término formal de la volición (no su formalidad) es una posibilidad (ssv53), posibilidad en bruto que debe ser configurada en algún sentido, ya que el bien en tanto bien no existe no es real sin el hombre. Sin esta realidad de sentido no es posible ninguna opción, pues optar por un bien cualquiera, desligado de toda conexión con el bien final, tampoco es una opción, no es viable. Cuando optamos, siempre optamos por lo mejor, lo que a veces se trasunta no en un bien sino en un mal, un mal respecto de mi bien personal. Repetir porfiadamente eso de que el mal menor es un bien, es, por donde se lo mire, inaceptable, pues un mal no puede ser jamás un bien, el mal menor sólo constituye, en ocasiones, la mejor opción. Entre dos males no se elige un bien sino lo mejor, a saber, lo que ofrece mejores posibilidades respecto de mi bien. Liberada por la realidad, la persona es libre para elegir entre las cosas, pero la opción no es de cosas ni de posibilidades sino consiste en aceptar o rechazar lo mejor ante uno mismo; porque también es posible optar, aceptando o rechazando, cuando existe sólo una posibilidad en la perspectiva del bien integral de la persona. Luego querer no es optar ni toda opción es elección.
El carácter vacío, pero a su vez concreto de lo mejor expresa, a mi modesto parecer, con mayor fidelidad lo formal de la propuesta moral de Zubiri. Los bienes son al Bien, como lo mejor es a la Felicidad; pues el resorte que mueve toda la moralidad es la búsqueda de lo mejor en pos de la felicidad y no del Bien. Lo mejor define el modo como deponemos nuestro bien; lo mejor no es lo más bueno, sino que lo bueno es bueno por ser querido como mejor, en tanto ofrece más posibilidades. Hablar de bienes significa retrotraer la cuestión moral a una ética del bien ya superada, pues el hombre no tiende al Bien sino a su propia felicidad. Los bienes poseen de suyo un contenido insustantivo en el espectro moral, dicho contenido cuelga directamente de la ficción de mí bien plenario, por una parte y de una estimación o valoración según sea la situación, por otra; pues en el hecho concreto no es posible querer un bien sin sentirlo intelectivamente, lo que a la altura del logos se trasunta en un resentir o estimación campal, como ‘conditio sine qua non’ del ajustamiento que se produce en cualquier justificación moral concreta. No basta estimar una posibilidad como buena, es preciso estimar lo valioso de la realidad buena, en tanto el valor es la valía del bien (ssv 223). Aunque no sea lo mismo bien que valor, no podemos querer sino bienes valorados. Hay bienes que sin dejar de ser el mismo bien, con el paso del tiempo pierden o simplemente aumentan su valor; ‘contrario sensu’, algo que suele tener carácter de mal, como el daño que produce el dentista al taladrar, puede ser estimado o valorado, no como bien, porque no hay ningún bien en que alguien nos taladre una muela, sino como lo mejor, pues dada la situación un mal puede promover que se abra la posibilidad de un bien, o a la inversa, algo considerado bueno pudiera no ser lo mejor y generar rechazo en tanto abre alguna posibilidad de mal. En otras palabras, lo mejor (o lo peor) es el modo como queda definida toda opción ante mí mismo.
Pese a ello Zubiri insiste (ssv, 223) en la prioridad del bien sobre el valor, reduciendo el valor a una mera ‘ratio cognoscendi’ del bien, pues siendo el bien un trascendental disyunto admite el mal, luego este seria, a su modo, querible bajo el carácter de bien, aunque negativamente y no bajo la valoración de lo mejor, en el caso aludido del mal menor. Aunque es el hombre quien hace quedar a lo real en condición de posibilidad, la “ratio essendi” de poder ser posibilidad querida es lo real. Hay un nudo muy apretado en esta página 223, lo que me llevó a estas lucubraciones que ahora expongo. A mi me parece que la opinión de Zubiri en este asunto sólo es válida metafísicamente y no en la configuración de sentido que se produce en el hecho moral concreto, pues la estimación moral de la realidad del bien está tejida con el hilo de la ficción y esto es algo que se produce en el logos, no es algo metafísico. En la aprehensión primordial nos impregnamos de realidad, pero no podemos quedarnos en ella ni un momento siquiera, en cambio, vivimos en el logos y a veces en la razón. Por eso el hecho moral se resuelve en el parecer del logos y luego, más tarde, surge, si es que surge, la pregunta sobre si es realmente bueno lo que hemos querido como mejor. La moral del bien es propia de un nivel de maduración moral que exige la razón y que promueve la discusión filosófica sobre el bien moral; pero esto no se da en la mayoría de la gente, o si se prefiere, corresponde a una moral ideal, con ideales morales. La factura campal del logos, en cambio, abre el hecho moral a un horizonte de consensualidad habitado por todas aquellas ficciones histórico-culturales con que estimamos lo bueno de cada posibilidad en concreto. Lo realmente bueno, lo bueno desde su misma ratio essendi no es visible en la vida moral de la gente, por eso las éticas actuales no discuten ideales, sino que buscan los procedimientos para armonizar lo mejor para la vida moral de los hombres según parámetros respectivos comunes en una situación determinada. Sospecho que el pensamiento de Zubiri va en esta línea y no en la linea de una etica de ideales o de principios.
Sin embargo, el nivel de la moralidad en el que estamos, corresponde más a un estadio protomoral o moral primaria que a un status de moralidad propiamente tal; no porque la moralidad tenga que ver con la voluntariedad – esto ya lo hemos descartado–, sino porque, al parecer, la moralidad involucra, además, esencialmente a otros. Claramente no es suficiente un mal moral para que sea moralmente malo; un ebrio no es malo por su ebriedad, sino que sólo está en malas condiciones para conducir su vida moral, está mal pero no es malo. Y sólo se vuelve malo en tanto su ebriedad pone en peligro a los demás. Bueno es todo lo apropiable que beneficia a la luz del bien personal y malo es toda posibilidad que promueve un maleficio bajo el mismo respecto de bien; este bien último debe ser configurado por el individuo o el individuo ser configurado por él, da lo mismo; pudiendo darse el caso, por ejemplo, de considerar maléfico un alimento muy alimenticio, debido a que no promueve el bien plenario de un individuo que quiere mantenerse delgado. Por lo mismo y a la inversa, mal y daño (como estéresis o privatio) tampoco coinciden, porque un daño es siempre fáctico y local, como una lesión que no conlleva necesaria referencia al bien plenario del hombre, sino a una función muy particular. El médico suele curar la lesión sin preocuparse mayormente de cuanto afecta la integridad moral del paciente; pues el daño se vuelve malo solo en tanto involucra a la persona considerada integralmente, pero entonces se vuelve “perjuicio” moral; en consecuencia no cabe hablar propiamente de “daños morales”, como se hace en el Derecho, sino de perjuicios morales, porque lo moral es siempre integral, el daño es local. Pese a que en el hecho, obviamente un daño suele perjudicar y por eso es malo.
C.- VIRTUDES. En cuanto al proceso de constitución de la realidad moral o dinámica de la moralidad, esta se hace efectiva concretamente en las virtudes y los vicios; es aquí donde se da cumplimiento o no al proyecto de felicidad, entendiendo felicidad no sólo como el permanente estado de bienestar por estar bien integralmente, sino sobretodo como la fruición del beneplácito por la apropiación final de lo buscado. Virtud y vicio son habitudes de una realidad moral ‘in fieri’, es decir, estados de apropiación y propiedad moral que marcan o sancionan el status moral de la persona, como es, por ejemplo, ser honesto o inmoral, mucho antes de la sanción moral o reproche que la sociedad deja caer sobre los individuos. Pese a que Zubiri le dedica escasas líneas a este tema, es evidente que la arquitectura de su pensamiento no admitiría sin más el cuadro espartano de las “virtudes cardinales”, sencillamente porque en el hombre no existe la tensión dualista de alma y cuerpo, que ha servido para su diseño. No es cierto que el hombre tenga que habérselas con el ímpetu de sus pasiones y sus consiguientes tendencias, sino más bien con la fuerza de su propia voluntad impulsada tendencialmente, no se puede hablar sin más de tendencias en el hombre, sino de voliciones incoadas tendencialmente. El drama moral no ha sido relatado correctamente, pues no hay pugna entre lo que se quiere y lo que se desea. De modo que la virtud que se necesita para dejar el vicio de fumar, no consiste en dominar un deseo descontrolado o controlar un deseo dominante, sino que se consigue tras ejercitar la voluntad en el ejercicio de “querer querer” dejar de fumar a punta de trabajo y disciplina. Sólo así es posible entender la virtud de la templanza como práctica habitual, permanente y constante, sobre la voluntad misma y no sobre las pasiones, como parece postular el mundo greco-latino. Pero además, ser virtuosamente templado o fuerte no implica ser moralmente bueno, sino tan sólo estar en buenas condiciones morales; ‘contrario sensu’ ser drogadicto no es ser malo, sino sólo estar mal para desarrollarse moralmente, el que cae en este vicio no es inmoral sino que padece de una insuficiencia moral. Lo que deja en evidencia diferentes niveles de maduración moral o virtuosidad. La inmoralidad o lo propiamente malo surge recién cuando se va descubriendo en la campalidad de la intelección que los otros forman parte integral de nuestra constitución moral-personal; por eso la virtud moral por antonomasia ha sido la justicia en el cuadro tradicional de las virtudes fundamentales y las restantes se vuelven propiamente morales en tanto no pueden sino estar coludidas a coro con la justicia, toda vez que vivir es convivir. El imprudente se hace malo sólo en tanto genera males en otro y más aún si hay empeño en provocar dichos males, entonces la maldad se denomina malicia, pero si también pretende convertir al otro en malo, además de malicia habría malignidad. Así pues, no todo el que causa un daño es maléfico ni lo maléfico conlleva siempre perjuicio o quien provoca males no siempre es malo y quien hace cosas malas no siempre lo hace con maldad.
COMENTARIO FINAL
Pero ya casi hemos ocupado el tiempo que tenemos para exponer, así que apuntemos un comentario final: La falta de bienes y males llamados “objetivos”, o sea, de contenidos “objetivos” en una ética formal de la optimidad validaría, sin embargo, paradojalmente, cualquier constructo moral, hasta el más deplorable, en el evento de que fuese lo mejor para la felicidad del individuo en una situación determinada; como aquel que estando contento con lo que es y con lo que tiene, es feliz con ello y todo le parece bien y mucho más si viene acompañado por una fruición permanente propia de un bienestar como signo inequívoco de estar bien. Así funcionaría la moralidad de un Robinson Crusoe en la soledad de la isla y de todos aquellos que se creen Crusoe en este mundo, que por mucho que miran hacen que no ven a nadie, salvo a sí mismos, optando por la indiferencia respecto de los otros, asumiendo que nada de lo que haga “un Crusoe” es inmoral. Que duda cabe que acomodarse a esta moral primaria — moral infantil — hace que el fin justifique los medios. En la infancia hay cosas que están mal y cosas que están bien, pero nada de lo que haga un niño es propiamente malo, pues en la infancia no se han integrado aún plenamente las dimensiones comunales de la realidad personal. Sin el otro existe una moralidad inocente e irresponsable, pues responsable es aquel que cumple con lo debe, pero el hombre no se debe a ninguna cosa, justo por ello puede obligarse a cualquier cosa, pues no hay obligación sin libertad para obligarse. La moralidad de lo bueno y lo malo surge sólo por referencia a otros; pero el otro personal, a diferencia de una mera cosa, es aquel que también puede ser feliz abanicado por sus propias opciones libres, luego la posibilidad de ser feliz con los otros incrustados en mí propia realidad personal, pasa por asumirlos como otros y no como cosas, ello significa “dejar ser” al otro en su condición de persona, lo cual implica poner no sólo restricciones, sino también renunciar a ciertos espacios; entonces ya no hacemos el bien por algo, sino que hacemos algo porque esta bien, “lo hacemos simplemente por el bien” y haciendo el bien somos buenos y ello nos hace felices, aunque ya no exista bienestar ni beneficio. Como un padre que se priva de muchas cosas por la felicidad de los hijos, la privación no es buena para él, porque no es buena para nadie, pero es lo mejor que le pueda pasar como padre, en su situación de padre. La felicidad de los otros se convierte en condición de posibilidad de mi propia felicidad. En este nivel de la moralidad bienestar y estar bien a menudo suelen no ir juntos; hacer el bien sólo funciona con otras personas, ser bueno sólo es posible gracias a los otros. De modo que si lanzo una piedra y rompo una ventana, no hago nada malo por romper la ventana, sino por aceptar la malicia de romperla sin importarme de quien sea la ventana, sabiendo que es de otro. Termino con una formidable cita de Zubiri SH, 322: “Radicalmente por mucho que uno viva para sí mismo está viviendo para otros, y recíprocamente el desvivirse por los otros es una forma de vivir para sí”.
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Categoria: ZUBIRI
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