LA MENTIRA
Escrito por Carlos Zarraga el Sunday, 11 de October del 2009 a las 9:43 pm
LA MENTIRA
Carlos Zárraga Olavarría-2009
“Iñaki era médico y había descubierto que inyectar una pequeña esperanza en sus pacientes tenía un efecto enormemente terapéutico, sobre todo en aquellos que parecían haber perdido la dura batalla en contra de la enfermedad. Por eso no le importaba mentir, si con ello hacía brotar alguna esperanza salvadora. Tras largos años de experiencia, todas las estadísticas médicas obraban en su favor. Una mentira dicha en el momento oportuno podía resultar una poderosa herramienta de sanación. Mentir en tales casos era bueno”.
Tradicionalmente se enseña que la mentira posee una tipicidad moral universalmente reconocida: es ‘de suyo’ moralmente mala (siempre), porque priva al hombre de un bien necesario, lo priva de la verdad. La mentira es el ‘finis operis’ de la acción de mentir y aparentemente no existe intención alguna que altere la tipicidad moral de esta acción. Ahora bien, cuando hablamos de mentir para salvar una vida, no debemos entender dos actos con dos tipicidades sino un sólo acto compuesto por dos momentos. Nos topamos, entonces, con la vieja cuestión moral de “si el fin justifica los medios”. La ética ha enseñado que lo propio de la moralidad es que los actos refluyen sobre el sujeto que los realiza, en esto consiste el “ethos” o “mor” de la persona humana, su moralidad; de manera que si alguien camina se convierte en caminante y si hace cosas justas se hace justo; así el que hace cosas buenas se hace moralmente bueno y el que hace cosas malas se vuelve moralmente malo. Pero para que un acto sea bueno debe ser íntegramente bueno, tanto los medios (la acción) como la intención (el fin); pues cualquier momento malo vicia el acto refluyendo malamente sobre el individuo (aunque un fin bueno puede atenuar –o agravar — la maldad del acto en su totalidad, no obstante no habría manera de que la intención o el resultado alteren la moralidad de la acción). Porque lo bueno no depende del resultado de una acción, sino de ambos: de la acción y del resultado, en el contexto de la moralidad de los actos y no de las personas que realizan esos actos, puesto que existen numerosas circunstancias capaces de eximir de la autoría moral al sujeto que realiza un acto (como sería el caso, por ejemplo, de alguien que realiza una acción inmoral movido por un miedo incontenible).
“Iñaki insistía en que lo más importante para él como persona y como profesional era ser un buen médico y ello lo conseguía cuidando la salud de sus pacientes, restableciendo la armonía perdida en el enfermo, contribuyendo así a la felicidad de todos, como lo demostraban los frutos de su trabajo y poco le importaba los debates filosóficos que suelen no contribuir en nada a la solución de los problemas del diario vivir. Iñaki no entendía ese lenguaje de categorías universales que hablan del “siempre” y de lo “absoluto” de las cosas, porque la felicidad es algo que se consigue minuto a minuto en la adversidad de la vida y no como resultado de una larga vida de sufrimientos”.
Pero lo bueno de una acción no depende de las circunstancias de la acción (quien, dónde, cuando, cómo, con qué, por qué o para qué). Lo bueno es tal por ser bueno en todas las circunstancias. Igual cosa sucede con lo malo: asesinar es siempre malo. Esta es la tradicional perspectiva de la moral: el bien de cada cual, el bien circunstanciado queda medido en la perspectiva del bien común del hombre. La inmoralidad, por ejemplo, surge cuando alguien realiza una acción buscando su bien particular en algún momento, desconectándose del bien común. El bien común no expresa el bien de la mayoría circunstancial o el bien colectivo de todos, sino el bien de “todo hombre”, pudiendo darse el caso de que el bien común estuviera paradojalmente representado por la minoría circunstancial y no por la mayoría. Visto así, mentir es malo para “todo hombre” y en esa medida se hace malo para “todos”, aún para aquel que se ha beneficiado con la mentira. Lo común del bien, sin embargo, no se debe a una naturaleza humana compartida –como suele explicarse corrientemente–, sino a la efectiva presencia personal de los demás (conocidos o desconocidos) en el individuo: la existencia individual no se agota en el individuo, pues posee una dimensión común (social e histórica) ineludible, presente incluso en el ermitaño que se disgrega de la colectividad. Por eso el mal de otro es inexorablemente mi propio mal y el bien de otro es mi propio bien; aunque darse cuenta de esto requiera de una buena dosis de madurez moral.
“Iñaki llevaba mucho tiempo escuchando aquel discurso de una pretendida objetividad universal de la verdad y del bien, esa misma que ha proscrito no sólo acciones sino también a una inmensa cantidad de personas, simplemente por querer vivir de otra manera, por ser diferentes. Pues para él no hay otra forma de entender el bien sino como “tener un buen pasar por la vida”, es decir, una buena vida sin dolor ni sufrimientos. Eso lo había aprendido de los antiguos griegos que entendían el camino de la felicidad como un “eu prattein”, un buen vivir asumido como tarea individual y que a la larga trae beneficios para todos. El éxito personal de un individuo no tiene por qué contradecir el bien global de la comunidad, por el contrario, redunda inevitablemente en el éxito integral de la sociedad, puesto que nadie vive solo”.
La ética investiga cuál es el bien del hombre, el bien de todo hombre; no como un compendio psicosocial de conductas, pues “todo” (en la expresión “todo hombre”) no corresponde a la suma de las partes, de modo que el bien común, en cuya perspectiva se perfila siempre el bien moral de cada cual, no es la suma de todos los bienes particulares (el bien del vendedor y del comprador, de la víctima y del ladrón…), el bien colectivo no es el bien común de la totalidad presente en cada uno de los individuos (se trata de una presencia real de los otros y no de una participación en una pretendida e inexistente naturaleza universal); a menos que se postule la tesis del “buen pasar por la vida” como la mejor forma de realización humana, en cuyo caso lo bueno queda inevitablemente circunstanciado, es decir, relativizado y la conducta moral obtiene su validez en el consenso de la mayoría: “todo está bien si todos estamos bien”. Esta es la moral del consenso donde “bienestar” significa “estar bien”, de modo que una “buena vida” sería entonces una “vida buena” (J. Rawls). Así todo aquello que contribuya al estado de complacencia mayoritaria es “beneficioso” y por ende es socialmente reconocido y aceptado como “bueno”. Lo valioso y digno es el resultado. Queda diseñada de esta manera una ética del beneficio, una ética de resultados propia del pragmatismo (R. Rorty), que es una de las formas que asume el denominado “consecuencialismo ético” de nuestra época. Lo bueno es bueno porque nos beneficia mayoritariamente a muchos por el momento; la ética se vuelve “ética social” al servicio de proyectos políticos enfocados en resolver el status de problemas que afectan a una comunidad.
Una ética de principios (principialismo ético), en cambio, puede resultar tan inflexible como una ética formal de conciencia, pues ambas tienen idénticas pretensiones de universalidad y permanencia. Kant, por ejemplo, afirmaba que “los hombres no tienen por qué saber el resultado que tendrá su hacer o dejar de hacer moral, pues les corresponde cumplir con su deber y basta”. Sin embargo, quien actúa pensando que mentir es malo “siempre” y no prevé las consecuencias es un irresponsable; o a la inversa, hacer lo justo y que salga lo que Dios quiera (fiat iustitia, pereat mundus) es causa de desordenes tan evidentes como exigir justicia a todo precio, pues ello conduce inevitablemente a conductas de vileza. Consciente de esto Max Weber prefería hablar de una “ética de la responsabilidad” que no define lo bueno por un dictamen incondicionado de conciencia ni por principios inmutables ni por las circunstancias ni por los resultados, sino por la sintonía de todos estos elementos.
“El cuerpo humano había sido el maestro y la escuela de Iñaki. Allí aprendió que todos los elementos que estructuran el organismo humano están en función de los demás .No fue difícil aplicar este descubrimiento a la sociedad y al universo entero, pues funcionan según la misma mecánica. Evidencia que con el tiempo se consolidó en postulado metafísico: “toda cosa es otra”. Resultaba una sentencia tan simple como atractiva: lo único absoluto en el cosmos parece ser la relación, de modo que cualquier verdad debía nacer de una relación, no importa como se llame esta relación. Los griegos hablaban de “omoiosis”, los latinos de “rectitudo” y de “adaequatio” en la constitución de toda verdad. Esto le permitió comprender que en materias morales lo bueno es algo que debe estar sujeto igualmente a una relación, primero entre las cosas y el hombre y luego entre un hombre y los otros. De tal manera que no basta definir la figura de la mentira como “privar intencionalmente de la verdad a otro” y añadirle una tipificación de “mala”, pues tal criterio resulta grotesco sin las variables del entorno social que establecen los parámetros de lo aceptable e inaceptable para la convivencia en un momento determinado; pues vivir es algo que también queda sometido a la relación: “vivir es convivir” (incluso para aquel que ha decidido vivir solo, porque esta opción supone la negación a la que queda de por vida atado: solo ante los demás, soledad en la que los otros asumen la presencia del “ausente”)”.
Pero ¿se puede establecer la relación como categoría primordial de la realidad? Si A y B están en relación ¿”y”, en cuanto real, también es una relación que supone dos relatos internamente? Y si esto es así ¿dentro de estos relatos existe otra “y” con otros dos relatos y así sucesivamente ‘ad infinitum’ disolviendo toda unidad en una “y” primordial? (H. Bradley). Pareciera que la única manera de postular la absoluta y universal prioridad de la relación descansa en aceptar, al mismo tiempo, la prioridad unitaria de los relatos, pues sin ellos no hay relación. Una relación fundamental debe sostenerse sobre la constitución unitaria de relatos; no puede haber relación sin unidad. No es que haya cosas unitariamente constituidas y luego “entren” en relación, sino que ellas “son” constitutivamente “en” relación. Esta es la única manera de aceptar un relacionismo originario, afirmando una proto-relación que no es causa de los relatos, sino más bien una relación sin prioridad de los relatos ni prioridad de la relación, como barruntaba A. Amor Ruibal y que definió después X. Zubiri con su idea de respectividad.
En este contexto relacional la “ética del discurso” (K.O. Apel, J. Habermas) afirma que toda verdad pasa por su postulación, el mundo del hombre es un mundo apalabrado, condicionado, con-diccionado, de modo que toda verdad es el resultado de conexiones lingüísticas, la realidad queda entonces mediatizada, intermediada, entretejida en un relato dialógico hilvanado con metáforas que habría que interpretar y traducir. Usando una analogía equivaldría a decir “como para ver las cosas se precisa de la luz, luego las cosas no son más que un juego de luz y sombra; nada podemos decir de una cosa que no vemos o de lo que no vemos de una cosa”. La renuncia a toda metafísica que suponga una cosa inexpresable lingüísticamente o prelingüística constituye más un acto de suma cautela que un reduccionismo metodológico: no podemos hablar de cosas que se escapan al discurso. Aunque para muchos estas afirmaciones no hacen más que esconder una metafísica implícita, en tanto se asume el lenguaje como horizonte de toda comprensión o hermenéutica (H. G. Gadamer. “Verdad y método”. 1975). Esta manera de pensar ha dado pábulo a éticas que no enfrentan concretamente los problemas éticos sino que centran el debate en el macroscópico asunto de definir la actitud que debe tener la ética antes los problemas, siguiendo el consejo dado por Kant en el s. XVIII: en vez de decir “qué hacer” la ética se ocupa de decirnos “cómo hacer” las cosas, se nos indica el procedimiento, abriendo así el camino a las éticas “procedimentalistas” (Apel-Habermas).
“Si lanzo al mar una red con celdas de cinco centímetros de diámetro, caerán en ella peces de un grosor de cinco centímetros o más. ¿Para qué perder el tiempo en imaginar su hubo peces de menor tamaño que se escaparon a la red? Simplemente afirmo que en el mar hay peces de cinco centímetros para arriba. Abandono el debate sobre otros mundos posibles y me limito a las evidencias que poseo. Afirmo, entonces, que la red de la inteligencia humana es el lenguaje: ese conjunto de metáforas, de acuerdos y desacuerdos sobre lo aceptable o inaceptable para que fluya la vida en sociedad. Iñaki sabía que era preferible avanzar sobre pequeñas y rastreras verdades, que montar sobre alados sueños que se desvanecen como el humo; por ello prefería la tenue lucidez que posee el tejido de una moral vivible y no el brillo enceguecedor de una teoría ética sobre lo posible y lo imposible”.
Que la voluntad quiera el bien es algo irredargüible; pero nadie quiere el bien absoluto, pues ello constituye sólo la formalidad de la voluntad, un mero formato vacío. Mi voluntad quiere el bien bajo la forma plenaria de “mi Bien” configurado intersubjetivamente, culturalmente, desde el bien común que habita en la vastedad de las dimensiones comunales de mi realidad personal y que todos asumimos gradualmente a medida que vamos entrando en nosotros mismos, apoderándonos de nuestra propia existencia; sólo así “mi” vida se vuelve “mía”. La voluntad quiere aquello que hay en las cosas bajo la formalidad de bien presente como posibilidad, se trata de una conexión modulada culturalmente, una conexión apalabrada, sin duda, pero conectada a las propiedades que las cosas poseen de suyo propiamente y que se vuelven posibilidades reales (benéficas o beneficiosas) de realización personal para el hombre, he aquí el término unitario de la relación, el anclaje o cable a tierra de toda volición: las propiedades reales de las cosas. Idénticas propiedades pueden ofrecen múltiples y diversas posibilidades, según sean las circunstancias. Aristóteles ya percibía que los principios universales se hacen relativos en el caso concreto; pero más bien parece que es la invariancia de las propiedades la que se torna relativa según cada situación. Las propiedades quedan en condición de ser queridas o rechazadas como posibilidades personales de realización por el hombre.
Pues bien, no es que mentir sea universalmente malo debido a que la verdad sea un bien necesario para el hombre incoando con ello el derecho a la verdad y los consiguientes deberes que proporcionalmente surgen de allí, pues no se trata de un asunto de definiciones abstractas ni de principios “ex tempore”, sino más bien de que la privación intencional de la verdad genera una falta que en cierto grado produce daño, produce un maleficio (como opuesto a beneficio), esta es una propiedad de la mentira, es algo propio de ella (tal como la propiedad de mojar que posee el agua). Pero el daño en tanto privación (y no mera carencia) no siempre es malo o perjudicial, pues para que adquiera la connotación de malo debe quedar en condiciones adversas al bien integral del individuo, menoscabando las posibilidades de realización personal. Mal y daño son dos cosas muy distintas. Todo daño es fáctico y parcial, en cambio lo malo es integral y en tal medida es moral. Por eso no puede haber, en rigor, daños morales, sino sólo perjuicios morales en cuanto se perjudica o menoscaba a la persona entera, no sólo en lo que es, sino también en lo que puede ser y sobre todo, en lo que quiere ser, es decir, en su proyecto moral. Hay daños, como la lesión que provoca el dentista cuando taladra una muela, que se consideran buenos para la integridad del individuo. Y de la misma manera, a veces la mentira produce un daño, un maleficio (priva de un bien particular, produce un “male-factum”) para proteger al individuo en su bien integral. Tal como soporta el paciente una situación de malestar para estar bien, lo cual deja entrever que malestar y estar mal son dos cosas tan diferentes como bienestar y estar bien.
“Iñaki podía sonreír satisfecho: mentir no siempre es malo, tal como había pensado durante mucho tiempo. Mentir puede hacer daño y ser maléfico, esa es la figura que suele adquirir el mal de la mentira, “mal sed non male”, o sea, mal pero no malo, no hay en ello necesariamente maldad. Pudiera haberla, por cierto, pero para ello se requiere un menoscabo integral del individuo afectado y, al menos, la intención de causar este mal por parte del que miente, o sea, malicia, en cualquiera de sus formas. Y una muy sutil forma de malicia es consentir en la mentira desligándose voluntariamente de los resultados, como sucede con el irresponsable, quien sabiendo que es muy frecuente que el daño se convierta en algo malo, no obstante da curso a la mentira.”
La cuestión planteada al comienzo, sobre si el fin justifica los medios, contiene una entreverada “petitio principii” que conduce a una inevitable pregunta: ¿hay acciones ‘per se’ buenas o malas? Al inocular agentes patógenos en el paciente se produce un daño, pero se acepta buenamente la vacunación porque el fin es integralmente bueno: se busca proteger la salud del paciente. El mal de daño que afecta pasajeramente la estructura anatomofisiológica del paciente es moralmente indeterminado — no es bueno ni malo –, pues no coincide con ese mal que afecta la integridad personal del individuo y que denominamos mal moral, correspondiente a lo propiamente “malo”. Consideradas de manera absoluta o precisivamente hay acciones dañinas o peligrosas (maléficas), pero no malas. En tales casos la tipicidad moral descansa totalmente en la intencionalidad que dirige la acción. Por definición las acciones son moralmente indiferentes y quedan moralmente tipificadas sólo al ser dirigidas por una intención en su ejecución; entonces hablamos de un “acto intencionado” y no de una mera “acción”. Esto es así en todas las acciones, las que para definirse no precisan de una intención, por ejemplo, hacer una silla tiene como fin la silla, lo cual no es ni bueno ni malo (precisamente por no incluir intencionalidad). Aunque nadie hace sillas sin alguna intención (para sentarse y descansar o para venderlas o para cualquier otro fin…), pero esto corresponde a la ejecución del acto y no a la definición de la acción. Las bestias también actúan, pero sus acciones no constituyen propiamente un “acto” o lo que en rigor denominamos “hacer”, algo propio y exclusivo del hombre. La vida humana es un “quehacer”, no así la vida del animal.
Pues bien, la acción de mentir tiene como fin la mentira, es decir, ocultar información deformándola o sustituyéndola por otra que no corresponde, para privar de dicha información a alguien. La mentira es una acción comunicativa lingüística que siempre involucra a otro. Mentirse a sí mismo es imposible. Y como todo quehacer humano precisa de una intención para su ejecución, entonces hablamos del “acto de mentir”, porque la mera acción consiste en ocultar o bien ocultarse, lo cual es moralmente neutro. Los animales también se ocultan, algunos utilizan el recurso del mimetismo para engañar al depredador, otros simulan estar muertos. El hombre utiliza el disfraz, la máscara, la simulación, la ficción, la exageración, el engaño… No podríamos decir que miente el novelista o el actor, tampoco miente quien se tiñe el pelo o usa peluca ni miente el historiador cuando habla del pasado o el publicista que exagera las bondades del producto en el mercado o el vendedor que pone un precio mayor al valor de lo que vende. Privar a otro de información produce, sin duda, un daño y la intención del mal dañino o maléfico constituye malicia, aquello que en derecho llamamos ‘dolo’. La malicia del que miente radica en cambiar una cosa por otra aceptando el riesgo de un daño que a la larga puede convertirse en algo malo, pese a la buena intención del instante. La mentira a la larga genera desconfianza, corroe la credibilidad de las personas, deteriora la convivencia, no porque sea una “falta a la verdad” (verdad que en rigor nadie posee), como suele decirse, sino por faltar a la justicia, virtud necesaria para la vida en sociedad. Aunque si sometemos la mentira a la justicia como virtud social, entonces no sería justo decir la verdad en ocasiones, pues ello podría traer consecuencias malas, como entregar información peligrosa a alguien que exige que le “digan la verdad” estando mentalmente perturbado. “Decir la verdad”, entonces, sería algo moralmente malo.
Pero ¿qué entendemos por verdad? La verdad no es la realidad de la cosa o verdad real; tampoco es la presencia efectiva de la cosa o la correcta conformidad lógica con la realidad de la cosa, o sea, lo que llamamos “estar en la verdad”, cuyo opuesto es la falsedad; sino el ocultamiento de información que posee el que miente con el propósito de privar al otro de dicha información con algún objetivo, propiamente no se trata de ninguna “verdad” sino de un asunto de “veracidad” en el decir y su opuesto es justamente la mentira. Verdad y veracidad son dos cosas que suelen confundirse a menudo. La veracidad consiste en “decir” lo que se piensa y que se tiene como verdadero, o sea, en entregar la información que otro requiere en tanto valiosa para él. Callar y no decir nada deliberadamente constituye un simple ocultamiento de la verdad, una omisión voluntaria, pero no equivale a mentir, pues para mentir hay que decir algo, comunicar una información. Pero cualquier información no es sin más una verdad; hay demasiados eufemismos, equívocos y hondas metáforas en todo esto.
No es posible negar que la verdad sea algo bueno para el hombre; hay una larga historia de argumentaciones filosóficas que servirían de respaldo para fundamentar esta tesis (pero no es momento de recordarlas). Sin embargo esto no es suficiente para inferir sin más que la mentira sea mala. Porque la mentira puede partir de información que no es verdadera, sino falsa, es decir, podemos toparnos con alguien que miente y además está equivocado, ¿oculta la verdad entonces? No, porque sólo oculta información que cree verdadera y estima valiosa para otro; lo cual admite una extraña variante: que la mentira contenga casualmente sólo información verdadera, pese a seguir siendo mentira. ¿Dice la verdad en este caso? No, porque en rigor mentir no es asunto de verdades, sino de mera información cuyo valor siempre es relativo a las circunstancias que rodean la acción de mentir.
La estructura formal de toda mentira descansa en la disconformidad que existe entre la información que posee el que miente y lo que luego comunica, poco importa si el contenido es verdadero; se puede “decir la verdad” con algo falso o se puede “mentir” con algo verdadero. De manera que el problema moral que se plantea con una acción mala y un fin bueno, no se cumple colocando a la mentira como acción o medio, porque toda la moralidad descansa en las circunstancias, sobre todo en la intención. Sin embargo es innegable que la mentira engendra múltiples posibilidades de verdad, de decisión, de acción y de realización personal; recién entonces se vuelve buena o mala. Por ejemplo, gran cantidad de información no puede entregarse a los niños, porque en su condición de niños, en tales circunstancias, esta información resulta dañina o peligrosa, pudiendo incoar genuinos males, de manera que para proteger su integridad, es decir, por su bien se debe disfrazar la información, engañándolos. Pero no existe ninguna maldad en ello. De igual modo, puede ser muy desatinado quien ufanándose de sincero entrega información indiscriminada e irresponsablemente. En consecuencia aquel discurso primero que afirmaba la maldad de la mentira absolutamente, confunde verdad, verdadero y veracidad; mal, malo y malicia; propiedades, condición y posibilidades entre otros conceptos antes mencionados. Y, aunque el fin no justifica los medios en asuntos morales, no viene al caso colocar la mentira como medio-acción-malo, porque la mentira no es ‘per se’ algo malo, como han sostenido algunas versiones absolutistas.
LA MENTIRA
Carlos Zárraga Olavarría-2009
“Iñaki era médico y había descubierto que inyectar una pequeña esperanza en sus pacientes tenía un efecto enormemente terapéutico, sobre todo en aquellos que parecían haber perdido la dura batalla en contra de la enfermedad. Por eso no le importaba mentir, si con ello hacía brotar alguna esperanza salvadora. Tras largos años de experiencia, todas las estadísticas médicas obraban en su favor. Una mentira dicha en el momento oportuno podía resultar una poderosa herramienta de sanación. Mentir en tales casos era bueno”.
Tradicionalmente se enseña que la mentira posee una tipicidad moral universalmente reconocida: es ‘de suyo’ moralmente mala (siempre), porque priva al hombre de un bien necesario, lo priva de la verdad. La mentira es el ‘finis operis’ de la acción de mentir y aparentemente no existe intención alguna que altere la tipicidad moral de esta acción. Ahora bien, cuando hablamos de mentir para salvar una vida, no debemos entender dos actos con dos tipicidades sino un sólo acto compuesto por dos momentos. Nos topamos, entonces, con la vieja cuestión moral de “si el fin justifica los medios”. La ética ha enseñado que lo propio de la moralidad es que los actos refluyen sobre el sujeto que los realiza, en esto consiste el “ethos” o “mor” de la persona humana, su moralidad; de manera que si alguien camina se convierte en caminante y si hace cosas justas se hace justo; así el que hace cosas buenas se hace moralmente bueno y el que hace cosas malas se vuelve moralmente malo. Pero para que un acto sea bueno debe ser íntegramente bueno, tanto los medios (la acción) como la intención (el fin); pues cualquier momento malo vicia el acto refluyendo malamente sobre el individuo (aunque un fin bueno puede atenuar –o agravar — la maldad del acto en su totalidad, no obstante no habría manera de que la intención o el resultado alteren la moralidad de la acción). Porque lo bueno no depende del resultado de una acción, sino de ambos: de la acción y del resultado, en el contexto de la moralidad de los actos y no de las personas que realizan esos actos, puesto que existen numerosas circunstancias capaces de eximir de la autoría moral al sujeto que realiza un acto (como sería el caso, por ejemplo, de alguien que realiza una acción inmoral movido por un miedo incontenible).
“Iñaki insistía en que lo más importante para él como persona y como profesional era ser un buen médico y ello lo conseguía cuidando la salud de sus pacientes, restableciendo la armonía perdida en el enfermo, contribuyendo así a la felicidad de todos, como lo demostraban los frutos de su trabajo y poco le importaba los debates filosóficos que suelen no contribuir en nada a la solución de los problemas del diario vivir. Iñaki no entendía ese lenguaje de categorías universales que hablan del “siempre” y de lo “absoluto” de las cosas, porque la felicidad es algo que se consigue minuto a minuto en la adversidad de la vida y no como resultado de una larga vida de sufrimientos”.
Pero lo bueno de una acción no depende de las circunstancias de la acción (quien, dónde, cuando, cómo, con qué, por qué o para qué). Lo bueno es tal por ser bueno en todas las circunstancias. Igual cosa sucede con lo malo: asesinar es siempre malo. Esta es la tradicional perspectiva de la moral: el bien de cada cual, el bien circunstanciado queda medido en la perspectiva del bien común del hombre. La inmoralidad, por ejemplo, surge cuando alguien realiza una acción buscando su bien particular en algún momento, desconectándose del bien común. El bien común no expresa el bien de la mayoría circunstancial o el bien colectivo de todos, sino el bien de “todo hombre”, pudiendo darse el caso de que el bien común estuviera paradojalmente representado por la minoría circunstancial y no por la mayoría. Visto así, mentir es malo para “todo hombre” y en esa medida se hace malo para “todos”, aún para aquel que se ha beneficiado con la mentira. Lo común del bien, sin embargo, no se debe a una naturaleza humana compartida –como suele explicarse corrientemente–, sino a la efectiva presencia personal de los demás (conocidos o desconocidos) en el individuo: la existencia individual no se agota en el individuo, pues posee una dimensión común (social e histórica) ineludible, presente incluso en el ermitaño que se disgrega de la colectividad. Por eso el mal de otro es inexorablemente mi propio mal y el bien de otro es mi propio bien; aunque darse cuenta de esto requiera de una buena dosis de madurez moral.
“Iñaki llevaba mucho tiempo escuchando aquel discurso de una pretendida objetividad universal de la verdad y del bien, esa misma que ha proscrito no sólo acciones sino también a una inmensa cantidad de personas, simplemente por querer vivir de otra manera, por ser diferentes. Pues para él no hay otra forma de entender el bien sino como “tener un buen pasar por la vida”, es decir, una buena vida sin dolor ni sufrimientos. Eso lo había aprendido de los antiguos griegos que entendían el camino de la felicidad como un “eu prattein”, un buen vivir asumido como tarea individual y que a la larga trae beneficios para todos. El éxito personal de un individuo no tiene por qué contradecir el bien global de la comunidad, por el contrario, redunda inevitablemente en el éxito integral de la sociedad, puesto que nadie vive solo”.
La ética investiga cuál es el bien del hombre, el bien de todo hombre; no como un compendio psicosocial de conductas, pues “todo” (en la expresión “todo hombre”) no corresponde a la suma de las partes, de modo que el bien común, en cuya perspectiva se perfila siempre el bien moral de cada cual, no es la suma de todos los bienes particulares (el bien del vendedor y del comprador, de la víctima y del ladrón…), el bien colectivo no es el bien común de la totalidad presente en cada uno de los individuos (se trata de una presencia real de los otros y no de una participación en una pretendida e inexistente naturaleza universal); a menos que se postule la tesis del “buen pasar por la vida” como la mejor forma de realización humana, en cuyo caso lo bueno queda inevitablemente circunstanciado, es decir, relativizado y la conducta moral obtiene su validez en el consenso de la mayoría: “todo está bien si todos estamos bien”. Esta es la moral del consenso donde “bienestar” significa “estar bien”, de modo que una “buena vida” sería entonces una “vida buena” (J. Rawls). Así todo aquello que contribuya al estado de complacencia mayoritaria es “beneficioso” y por ende es socialmente reconocido y aceptado como “bueno”. Lo valioso y digno es el resultado. Queda diseñada de esta manera una ética del beneficio, una ética de resultados propia del pragmatismo (R. Rorty), que es una de las formas que asume el denominado “consecuencialismo ético” de nuestra época. Lo bueno es bueno porque nos beneficia mayoritariamente a muchos por el momento; la ética se vuelve “ética social” al servicio de proyectos políticos enfocados en resolver el status de problemas que afectan a una comunidad.
Una ética de principios (principialismo ético), en cambio, puede resultar tan inflexible como una ética formal de conciencia, pues ambas tienen idénticas pretensiones de universalidad y permanencia. Kant, por ejemplo, afirmaba que “los hombres no tienen por qué saber el resultado que tendrá su hacer o dejar de hacer moral, pues les corresponde cumplir con su deber y basta”. Sin embargo, quien actúa pensando que mentir es malo “siempre” y no prevé las consecuencias es un irresponsable; o a la inversa, hacer lo justo y que salga lo que Dios quiera (fiat iustitia, pereat mundus) es causa de desordenes tan evidentes como exigir justicia a todo precio, pues ello conduce inevitablemente a conductas de vileza. Consciente de esto Max Weber prefería hablar de una “ética de la responsabilidad” que no define lo bueno por un dictamen incondicionado de conciencia ni por principios inmutables ni por las circunstancias ni por los resultados, sino por la sintonía de todos estos elementos.
“El cuerpo humano había sido el maestro y la escuela de Iñaki. Allí aprendió que todos los elementos que estructuran el organismo humano están en función de los demás .No fue difícil aplicar este descubrimiento a la sociedad y al universo entero, pues funcionan según la misma mecánica. Evidencia que con el tiempo se consolidó en postulado metafísico: “toda cosa es otra”. Resultaba una sentencia tan simple como atractiva: lo único absoluto en el cosmos parece ser la relación, de modo que cualquier verdad debía nacer de una relación, no importa como se llame esta relación. Los griegos hablaban de “omoiosis”, los latinos de “rectitudo” y de “adaequatio” en la constitución de toda verdad. Esto le permitió comprender que en materias morales lo bueno es algo que debe estar sujeto igualmente a una relación, primero entre las cosas y el hombre y luego entre un hombre y los otros. De tal manera que no basta definir la figura de la mentira como “privar intencionalmente de la verdad a otro” y añadirle una tipificación de “mala”, pues tal criterio resulta grotesco sin las variables del entorno social que establecen los parámetros de lo aceptable e inaceptable para la convivencia en un momento determinado; pues vivir es algo que también queda sometido a la relación: “vivir es convivir” (incluso para aquel que ha decidido vivir solo, porque esta opción supone la negación a la que queda de por vida atado: solo ante los demás, soledad en la que los otros asumen la presencia del “ausente”)”.
Pero ¿se puede establecer la relación como categoría primordial de la realidad? Si A y B están en relación ¿”y”, en cuanto real, también es una relación que supone dos relatos internamente? Y si esto es así ¿dentro de estos relatos existe otra “y” con otros dos relatos y así sucesivamente ‘ad infinitum’ disolviendo toda unidad en una “y” primordial? (H. Bradley). Pareciera que la única manera de postular la absoluta y universal prioridad de la relación descansa en aceptar, al mismo tiempo, la prioridad unitaria de los relatos, pues sin ellos no hay relación. Una relación fundamental debe sostenerse sobre la constitución unitaria de relatos; no puede haber relación sin unidad. No es que haya cosas unitariamente constituidas y luego “entren” en relación, sino que ellas “son” constitutivamente “en” relación. Esta es la única manera de aceptar un relacionismo originario, afirmando una proto-relación que no es causa de los relatos, sino más bien una relación sin prioridad de los relatos ni prioridad de la relación, como barruntaba A. Amor Ruibal y que definió después X. Zubiri con su idea de respectividad.
En este contexto relacional la “ética del discurso” (K.O. Apel, J. Habermas) afirma que toda verdad pasa por su postulación, el mundo del hombre es un mundo apalabrado, condicionado, con-diccionado, de modo que toda verdad es el resultado de conexiones lingüísticas, la realidad queda entonces mediatizada, intermediada, entretejida en un relato dialógico hilvanado con metáforas que habría que interpretar y traducir. Usando una analogía equivaldría a decir “como para ver las cosas se precisa de la luz, luego las cosas no son más que un juego de luz y sombra; nada podemos decir de una cosa que no vemos o de lo que no vemos de una cosa”. La renuncia a toda metafísica que suponga una cosa inexpresable lingüísticamente o prelingüística constituye más un acto de suma cautela que un reduccionismo metodológico: no podemos hablar de cosas que se escapan al discurso. Aunque para muchos estas afirmaciones no hacen más que esconder una metafísica implícita, en tanto se asume el lenguaje como horizonte de toda comprensión o hermenéutica (H. G. Gadamer. “Verdad y método”. 1975). Esta manera de pensar ha dado pábulo a éticas que no enfrentan concretamente los problemas éticos sino que centran el debate en el macroscópico asunto de definir la actitud que debe tener la ética antes los problemas, siguiendo el consejo dado por Kant en el s. XVIII: en vez de decir “qué hacer” la ética se ocupa de decirnos “cómo hacer” las cosas, se nos indica el procedimiento, abriendo así el camino a las éticas “procedimentalistas” (Apel-Habermas).
“Si lanzo al mar una red con celdas de cinco centímetros de diámetro, caerán en ella peces de un grosor de cinco centímetros o más. ¿Para qué perder el tiempo en imaginar su hubo peces de menor tamaño que se escaparon a la red? Simplemente afirmo que en el mar hay peces de cinco centímetros para arriba. Abandono el debate sobre otros mundos posibles y me limito a las evidencias que poseo. Afirmo, entonces, que la red de la inteligencia humana es el lenguaje: ese conjunto de metáforas, de acuerdos y desacuerdos sobre lo aceptable o inaceptable para que fluya la vida en sociedad. Iñaki sabía que era preferible avanzar sobre pequeñas y rastreras verdades, que montar sobre alados sueños que se desvanecen como el humo; por ello prefería la tenue lucidez que posee el tejido de una moral vivible y no el brillo enceguecedor de una teoría ética sobre lo posible y lo imposible”.
Que la voluntad quiera el bien es algo irredargüible; pero nadie quiere el bien absoluto, pues ello constituye sólo la formalidad de la voluntad, un mero formato vacío. Mi voluntad quiere el bien bajo la forma plenaria de “mi Bien” configurado intersubjetivamente, culturalmente, desde el bien común que habita en la vastedad de las dimensiones comunales de mi realidad personal y que todos asumimos gradualmente a medida que vamos entrando en nosotros mismos, apoderándonos de nuestra propia existencia; sólo así “mi” vida se vuelve “mía”. La voluntad quiere aquello que hay en las cosas bajo la formalidad de bien presente como posibilidad, se trata de una conexión modulada culturalmente, una conexión apalabrada, sin duda, pero conectada a las propiedades que las cosas poseen de suyo propiamente y que se vuelven posibilidades reales (benéficas o beneficiosas) de realización personal para el hombre, he aquí el término unitario de la relación, el anclaje o cable a tierra de toda volición: las propiedades reales de las cosas. Idénticas propiedades pueden ofrecen múltiples y diversas posibilidades, según sean las circunstancias. Aristóteles ya percibía que los principios universales se hacen relativos en el caso concreto; pero más bien parece que es la invariancia de las propiedades la que se torna relativa según cada situación. Las propiedades quedan en condición de ser queridas o rechazadas como posibilidades personales de realización por el hombre.
Pues bien, no es que mentir sea universalmente malo debido a que la verdad sea un bien necesario para el hombre incoando con ello el derecho a la verdad y los consiguientes deberes que proporcionalmente surgen de allí, pues no se trata de un asunto de definiciones abstractas ni de principios “ex tempore”, sino más bien de que la privación intencional de la verdad genera una falta que en cierto grado produce daño, produce un maleficio (como opuesto a beneficio), esta es una propiedad de la mentira, es algo propio de ella (tal como la propiedad de mojar que posee el agua). Pero el daño en tanto privación (y no mera carencia) no siempre es malo o perjudicial, pues para que adquiera la connotación de malo debe quedar en condiciones adversas al bien integral del individuo, menoscabando las posibilidades de realización personal. Mal y daño son dos cosas muy distintas. Todo daño es fáctico y parcial, en cambio lo malo es integral y en tal medida es moral. Por eso no puede haber, en rigor, daños morales, sino sólo perjuicios morales en cuanto se perjudica o menoscaba a la persona entera, no sólo en lo que es, sino también en lo que puede ser y sobre todo, en lo que quiere ser, es decir, en su proyecto moral. Hay daños, como la lesión que provoca el dentista cuando taladra una muela, que se consideran buenos para la integridad del individuo. Y de la misma manera, a veces la mentira produce un daño, un maleficio (priva de un bien particular, produce un “male-factum”) para proteger al individuo en su bien integral. Tal como soporta el paciente una situación de malestar para estar bien, lo cual deja entrever que malestar y estar mal son dos cosas tan diferentes como bienestar y estar bien.
“Iñaki podía sonreír satisfecho: mentir no siempre es malo, tal como había pensado durante mucho tiempo. Mentir puede hacer daño y ser maléfico, esa es la figura que suele adquirir el mal de la mentira, “mal sed non male”, o sea, mal pero no malo, no hay en ello necesariamente maldad. Pudiera haberla, por cierto, pero para ello se requiere un menoscabo integral del individuo afectado y, al menos, la intención de causar este mal por parte del que miente, o sea, malicia, en cualquiera de sus formas. Y una muy sutil forma de malicia es consentir en la mentira desligándose voluntariamente de los resultados, como sucede con el irresponsable, quien sabiendo que es muy frecuente que el daño se convierta en algo malo, no obstante da curso a la mentira.”
La cuestión planteada al comienzo, sobre si el fin justifica los medios, contiene una entreverada “petitio principii” que conduce a una inevitable pregunta: ¿hay acciones ‘per se’ buenas o malas? Al inocular agentes patógenos en el paciente se produce un daño, pero se acepta buenamente la vacunación porque el fin es integralmente bueno: se busca proteger la salud del paciente. El mal de daño que afecta pasajeramente la estructura anatomofisiológica del paciente es moralmente indeterminado — no es bueno ni malo –, pues no coincide con ese mal que afecta la integridad personal del individuo y que denominamos mal moral, correspondiente a lo propiamente “malo”. Consideradas de manera absoluta o precisivamente hay acciones dañinas o peligrosas (maléficas), pero no malas. En tales casos la tipicidad moral descansa totalmente en la intencionalidad que dirige la acción. Por definición las acciones son moralmente indiferentes y quedan moralmente tipificadas sólo al ser dirigidas por una intención en su ejecución; entonces hablamos de un “acto intencionado” y no de una mera “acción”. Esto es así en todas las acciones, las que para definirse no precisan de una intención, por ejemplo, hacer una silla tiene como fin la silla, lo cual no es ni bueno ni malo (precisamente por no incluir intencionalidad). Aunque nadie hace sillas sin alguna intención (para sentarse y descansar o para venderlas o para cualquier otro fin…), pero esto corresponde a la ejecución del acto y no a la definición de la acción. Las bestias también actúan, pero sus acciones no constituyen propiamente un “acto” o lo que en rigor denominamos “hacer”, algo propio y exclusivo del hombre. La vida humana es un “quehacer”, no así la vida del animal.
Pues bien, la acción de mentir tiene como fin la mentira, es decir, ocultar información deformándola o sustituyéndola por otra que no corresponde, para privar de dicha información a alguien. La mentira es una acción comunicativa lingüística que siempre involucra a otro. Mentirse a sí mismo es imposible. Y como todo quehacer humano precisa de una intención para su ejecución, entonces hablamos del “acto de mentir”, porque la mera acción consiste en ocultar o bien ocultarse, lo cual es moralmente neutro. Los animales también se ocultan, algunos utilizan el recurso del mimetismo para engañar al depredador, otros simulan estar muertos. El hombre utiliza el disfraz, la máscara, la simulación, la ficción, la exageración, el engaño… No podríamos decir que miente el novelista o el actor, tampoco miente quien se tiñe el pelo o usa peluca ni miente el historiador cuando habla del pasado o el publicista que exagera las bondades del producto en el mercado o el vendedor que pone un precio mayor al valor de lo que vende. Privar a otro de información produce, sin duda, un daño y la intención del mal dañino o maléfico constituye malicia, aquello que en derecho llamamos ‘dolo’. La malicia del que miente radica en cambiar una cosa por otra aceptando el riesgo de un daño que a la larga puede convertirse en algo malo, pese a la buena intención del instante. La mentira a la larga genera desconfianza, corroe la credibilidad de las personas, deteriora la convivencia, no porque sea una “falta a la verdad” (verdad que en rigor nadie posee), como suele decirse, sino por faltar a la justicia, virtud necesaria para la vida en sociedad. Aunque si sometemos la mentira a la justicia como virtud social, entonces no sería justo decir la verdad en ocasiones, pues ello podría traer consecuencias malas, como entregar información peligrosa a alguien que exige que le “digan la verdad” estando mentalmente perturbado. “Decir la verdad”, entonces, sería algo moralmente malo.
Pero ¿qué entendemos por verdad? La verdad no es la realidad de la cosa o verdad real; tampoco es la presencia efectiva de la cosa o la correcta conformidad lógica con la realidad de la cosa, o sea, lo que llamamos “estar en la verdad”, cuyo opuesto es la falsedad; sino el ocultamiento de información que posee el que miente con el propósito de privar al otro de dicha información con algún objetivo, propiamente no se trata de ninguna “verdad” sino de un asunto de “veracidad” en el decir y su opuesto es justamente la mentira. Verdad y veracidad son dos cosas que suelen confundirse a menudo. La veracidad consiste en “decir” lo que se piensa y que se tiene como verdadero, o sea, en entregar la información que otro requiere en tanto valiosa para él. Callar y no decir nada deliberadamente constituye un simple ocultamiento de la verdad, una omisión voluntaria, pero no equivale a mentir, pues para mentir hay que decir algo, comunicar una información. Pero cualquier información no es sin más una verdad; hay demasiados eufemismos, equívocos y hondas metáforas en todo esto.
No es posible negar que la verdad sea algo bueno para el hombre; hay una larga historia de argumentaciones filosóficas que servirían de respaldo para fundamentar esta tesis (pero no es momento de recordarlas). Sin embargo esto no es suficiente para inferir sin más que la mentira sea mala. Porque la mentira puede partir de información que no es verdadera, sino falsa, es decir, podemos toparnos con alguien que miente y además está equivocado, ¿oculta la verdad entonces? No, porque sólo oculta información que cree verdadera y estima valiosa para otro; lo cual admite una extraña variante: que la mentira contenga casualmente sólo información verdadera, pese a seguir siendo mentira. ¿Dice la verdad en este caso? No, porque en rigor mentir no es asunto de verdades, sino de mera información cuyo valor siempre es relativo a las circunstancias que rodean la acción de mentir.
La estructura formal de toda mentira descansa en la disconformidad que existe entre la información que posee el que miente y lo que luego comunica, poco importa si el contenido es verdadero; se puede “decir la verdad” con algo falso o se puede “mentir” con algo verdadero. De manera que el problema moral que se plantea con una acción mala y un fin bueno, no se cumple colocando a la mentira como acción o medio, porque toda la moralidad descansa en las circunstancias, sobre todo en la intención. Sin embargo es innegable que la mentira engendra múltiples posibilidades de verdad, de decisión, de acción y de realización personal; recién entonces se vuelve buena o mala. Por ejemplo, gran cantidad de información no puede entregarse a los niños, porque en su condición de niños, en tales circunstancias, esta información resulta dañina o peligrosa, pudiendo incoar genuinos males, de manera que para proteger su integridad, es decir, por su bien se debe disfrazar la información, engañándolos. Pero no existe ninguna maldad en ello. De igual modo, puede ser muy desatinado quien ufanándose de sincero entrega información indiscriminada e irresponsablemente. En consecuencia aquel discurso primero que afirmaba la maldad de la mentira absolutamente, confunde verdad, verdadero y veracidad; mal, malo y malicia; propiedades, condición y posibilidades entre otros conceptos antes mencionados. Y, aunque el fin no justifica los medios en asuntos morales, no viene al caso colocar la mentira como medio-acción-malo, porque la mentira no es ‘per se’ algo malo, como han sostenido algunas versiones absolutistas.
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Categoria: MISCELANEOS
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