CRISTIANISMO Y METAFISICA DE LA PRESENCIA: aportaciones desde la fenomenología de M. Henry
Escrito por DrFrias el Thursday, 15 de October del 2009 a las 9:36 pm
Cristianismo y metafísica de la presencia
Aportaciones desde la fenomenología de M. Henry
Rodrigo Frías Urrea
Verdad y mundo
En medio de las numerosas teorías actuales sobre la existencia humana -los llamados existencialismos- es relativamente difícil encontrar una reflexión sobre el hombre que no dependa, en menor o mayor medida, de los decisivos aportes arrojados por la fenomenología de Husserl y la la hermenéutica de la existencia desarrollada por Martin Heidegger. El caso de la filosofía francesa de la segunda mitad del siglo XX es, en este sentido, especialmente claro. Pienso, por ejemplo y a propósito de la comprensión heideggeriana del hombre como Dasein, en Sartre y su peculiar forma de entender la existencia como proyecto radicalmente autónomo y autopoiético; o, más recientemente, en Foucault o Derrida y el proyecto de deconstrucción de toda idea de naturaleza humana -y, consecuentemente, de toda ‘ética’- de cuño metafísico. El punto decisivo, con todo, no es principalmente el hecho que la filosofía francesa de los últimos cincuenta años no sea sino una especie de ‘prolongación’, más o menos crítica, de la filosofía alemana de la primera mitad del siglo pasado; o lo que es lo mismo, que la actual filosofía francesa sea incomprensible sin Husserl y Heidegger, cuanto que esa prolongación sea casi siempre de un marcado carácter ‘nihilista’. Es decir, donde -a diferencia, por ejemplo, de lo que sucede con Gadamer, en el contexto alemán, o con Severino, en el contexto italiano- el carácter ‘crítico-destructivo’ de la fenomenología y de la hermenéutica en relación a la metafísica clásica sirve al proyecto de la llamada desconstrucción, en la que toda presencia se disuelve irremisiblemente.
De ahí que la originalidad del filósofo francés Michel Henry (Vietnam 1922 – Francia 2002) [1] no radique tanto en las fuentes que alimentan su reflexión sino en el modo completamente particular de prolongar la rica herencia que recoge . En efecto, su asunción de la crítica a la metafísica presente en Husserl y Heidegger (es decir, la crítica de aquel modo de pensar lo real y su fundamento, que comienza con los griegos y se prolonga, de modo especial, en la ciencia moderna), tiene como propósito último no tanto mostrar los límites de ese modo de pensar cuanto recuperar la original concepción cristiana de lo real, del hombre y de Dios que dicha metafísica, a su juicio, habría obscurecido. Dicho de otro modo, cuando Henry asume la ‘destrucción de la ontología tradicional’ (para usar la expresión de Heidegger) lo hace para mostrar que la idea del fin de la metafísica no nos arroja simplemente en medio del desamparo de la falta-de-pensamiento sino que, muy por el contrario, constituye la ocasión para recuperar aquella liberadora comprensión de Dios y del hombre presente en el cristianismo no-metafísico de los orígenes, según podría verse, de modo especial, en las Cartas de San Pablo y en el Evangelio según San Juan (en especial en su Prólogo) [2].
Así, lo que el filósofo cristiano Henry intenta mostrar son dos cosas de decisiva importancia para la cuestión de una posible filosofía cristiana. Primero, que la crítica a la metafísica desarrollada por Husserl y Heidegger (y que, en lo que se refiere a este último, tienen un antecedente importantísimo en Nietzsche) es de una extraordinaria ayuda al propio cristianismo, pues no hace otra cosa que -si se lo usa prudentemente y en la orientación correcta- liberarlo de un peso que obscurece su luz más genuina. Así, un pensamiento auténticamente cristiano no tiene por qué obstinarse en las formas clásicas (esto es, metafísicas) de pensar lo real, al hombre y a Dios, precisamente porque, según nuestro autor, el cristianismo ha situado “a la filosofía tradicional y su corpus canónico ante sus límites, por no decir ante su ceguera” (Palabras de Cristo, 101)[3]. Y segundo, en correspondencia con esto, que la salida a la difícil situación en que nos pone el fin de la metafísica no se alcanza ni en el abandono de toda forma de identidad personal en medio de la ausencia de Dios (como quiere el pensamiento postmoderno de corte nihilista) ni, mucho menos, arrojándonos en los brazos del modo de pensar propio de la técnica moderna (para la que el hombre no es sino un sofisticado animal de producción y consumo, carente de interioridad, y Dios sólo una palabra vacía) sino, por el contrario, en aquello que, por mucho tiempo, el pensamiento racional se ha negado a considerar como una de sus posibilidades: la recuperación de aquello que habla en el mensaje evangélico.
En otras palabras, para Henry no sólo se trataría de advertir las limitaciones insuperables de la metafísica clásica cuanto de recuperar la comprensión de lo real -y del hombre en particular- que el cristianismo trae consigo. En especial en lo que se refiere al concepto de verdad.
La tesis central de Henry acerca de la verdad puede resumirse así: ni el pensamiento filosófico clásico ni la ciencia moderna (que no es otra cosa que su prolongación) saben ni pueden saber lo que es la esencia genuina de lo real (ni, por lo mismo, del hombre y de Dios), pues ambas parten de un determinado concepto de verdad que les niega, de entrada, un tal saber. En efecto, para ambas lo ‘verdadero’ es, ante todo, ‘lo que se muestra’, donde todo ‘aparecer’ posible supone, invariablemente, ese horizonte extático de aparición de ‘lo que se muestra’, que no es otro que el ‘mundo’. Parten, en consecuencia, del supuesto que sólo es ‘verdadero’ lo que es puesto, o más exactamente, arrojado, en ese ‘fuera de sí’ que es el ‘mundo’; es decir, que sólo es verdadero aquello que deviene ‘visible’, a los ojos del cuerpo o a los de la inteligencia (cfr. Palabras de Cristo, 104). Con todo, este ‘ser-empujado-a-la-visibilidad-del-mundo’ (condición para que algo sea ‘real’, ‘visible’, según la filosofía y la ciencia) se alcanza, desde el punto de vista de las cosas, al altísimo precio del propio ser, de su propia sustancia.
Se percibe aquí, dice Henry, la gravedad del ataque que la verdad del mundo dirige contra todo lo que ella permite ver, todo lo que hace verdadero. En la medida en que la verdad es un poner afuera, entonces, apoderándose de todo para hacerlo manifiesto, propiamente lo arroja fuera de sí a cada instante [...] La venida al aparecer en el ‘fuera de sí’ del mundo significa más bien que es la cosa misma la que se encuentra arrojada fuera de sí, fracturada, quebrada, escindida de sí, desposeída de su realidad propia, de tal manera que, en lo sucesivo, privada de esta realidad que era la suya, vaciada de su carne, ya no es fuera de sí misma, en la Imagen del mundo, más que su propio despojo, una simple imagen en efecto, película transparente, superficie sin espesor, osamenta de exterioridad desnuda ofrecida a una mirada que resbala sobre ella sin poder penetrar en ella ni alcanzar nada más que una apariencia vacía (Yo soy la Verdad, 27-28).
La filosofía y la ciencia, así, se mueven dentro de ese permitir ver que destruye aquello que hace visible, y que, en consecuencia, sólo conoce los despojos de lo real. En el espacio abierto por la verdad del mundo, en consecuencia, sólo hay lugar para fantasmas o espectros.
¿Dónde buscar la salida, entonces, a esta agresión mundana a lo real? O lo que es lo mismo, ¿dónde y cómo podemos acceder a lo real sin despojarlo de su propia sustancia? Justamente en aquel concepto antitético de verdad que trae consigo el cristianismo, según el cual la vida (la Verdad que es la Vida) consiste, propiamente, en sustraerse a la luz del mundo, de modo que accedemos a lo real, no arrojándolo ‘fuera de sí’, en el ‘mundo’, sino permitiéndole reposar en sí mismo (en la experiencia autopatética e inmanente de sí), en su propia inmediatez ‘invisible’. Lo que viene a decirnos el cristianismo, así, es que lo real es invisible a los ojos del pensamiento (filosófico y científico) en tanto es invisible a la exterioridad propia del mundo (y su expropiante agresividad, que hace de cada cosa que ‘toca’ algo calculable pero vacío de sustancia, pura apariencia); de modo que lo esencial sólo puede ser ‘experimentado’ (de acuerdo a su propio modo de manifestación, su propia fenomenalización), no ‘visto’ en el sentido de puesto-delante. De este modo, cuando la moderna fenomenología distingue, por ejemplo, entre el cuerpo-objeto (visible y calculable en tanto res extensa) y el cuerpo-vivido (que siendo radicalmente invisible en tanto vivo, es el único real, el único propiamente humano) no hace sino recuperar aquella ecuación fundamental que introdujo el cristianismo (donde real es igual a invisible) y que no es sino la inversión del concepto de verdad propio del pensamiento ‘racional’ mundano. Aquí radica el carácter revolucionario del cristianismo.
Lo que invierte brutalmente el cristianismo -dice Henry- es el criterio de todo conocimiento racional que es también el del sentido común. Para él, la verdad no consiste en mostrarse en la verdad del mundo sino, podríamos decir, en todo lo contrario, en sustraerse a ella. Tal es el caso de la vida, que, no mostrándose nunca en un mundo y no dependiendo de él su manifestación, no deja de mostrarse en su carne patética e irrecusable. Esta inversión radical del criterio de toda verdad es una paradoja, pues trastorna completamente los modos de pensar de la humanidad, los de hoy y los de antaño. Aparte de esos modos de pensar, lo que resulta invertido son los modos de decir, los modos de hacer, los comportamientos prácticos de las sociedades así como los de los individuos (Yo soy la Verdad, 228).
El hombre como viviente
El carácter revolucionario del cristianismo, en este sentido, radica ante todo en la afirmación de un Lógos o forma de revelación alternativo al de la filosofía clásica de matriz griega (donde “ya no se trata de la visibilidad del mundo, sino de la auto-revelación de la Vida”)[4] y, por lo mismo, la puesta en evidencia de los supuestos sobre los que se apoya el concepto tradicional y filosófico de verdad. Principalmente, el de la identificación -unilateral, por cierto- de toda ‘manifestación’ o ‘darse’ fenomenológico con el aparecer ‘mundano’, en el que lo decisivo es el hacerse visible de las cosas en el horizonte ex-tático en el ‘afuera’ del mundo. Todo ello con el propósito de mostrar que es imposible para este modo de fenomenización (que supone, como imprescindible, una exterioridad en el que las cosas se hagan ‘visibles’, a los ojos de la inteligencia o de los sentidos) acceder a aquello que -en razón de su propio y distinto modo de ‘darse’ fenomenológico- jamás se ‘muestra’ en el mundo, a saber, la Vida. Y esto, porque la auto-revelación originaria de la Vida -su modo de fenomenización propio- es el fundamento oculto del método fenomenológico clásico, respecto del cual éste es ciego.
De ahí la necesidad de pasar -si queremos acceder a una comprensión genuina de la esencia del viviente que es el hombre- a lo que Henry llama una fenomenología de la carne, único modo de recoger aquello que, según el modo de aparecer del mundo, siempre se sustrae. Pues si desde el punto de vista del concepto tradicional de verdad (y que las modernas ciencias de la vida han llevado a su extremo) lo importante es el ‘cuerpo’ -es decir, aquello que se da en el ‘afuera’ del mundo y puede, en consecuencia, verse y, así, ser sometido a cálculo-, desde el punto de vista de una fenomenología de la vida lo decisivo es la carne. Es decir, aquello que yace, mudo e invisible, fuera del mundo (o, más exactamente hablando, previo a él, a la manera de su fundamento). Se trata, en otras palabras, de realizar una inversión que nos permita “sustituir el aparecer del mundo en el que se nos muestran los cuerpos por el de la vida, en cuya afectividad trascendental es posible toda carne” (Encarnación, 221). Pues sólo de ese modo es posible acceder a una explicación del hombre que no lo piense desde el ‘cuerpo’ (es decir, como a un objeto mundano calculable y manipulable, similar a cualquier otra ‘cosa’ del mundo), sino desde su condición original de viviente carnal, ajeno al mundo.
La relación -dice Henry- entre el mundo y nuestra vida se propone bajo la forma de una oposición radical entre lo visible y lo invisible. El mundo es el reino de lo visible; la vida, el de lo invisible. Al mundo pertenece todo lo que es susceptible de aparecer ante una mirada, de darse en espectáculo en una «luz» que es el mundo mismo. Esta luz surge cuando se distancian las cosas en una “horizonte” de exterioridad sobre una pantalla en la que todas las cosas aparecen para nosotros: en ese «afuera», ese «adelante», ese «ante nosotros», ese «ante los hombres» que el mundo como tal es [...] Ahora bien, esta división radical entre los dos reinos de lo visible y lo invisible nos atañe a nosotros, que pertenecemos tanto al mundo como a la vida. Por una parte, el hombre se muestra en el mundo bajo la forma de un cuerpo objetivo semejante al de las cosas [...] Pero sabemos que el cuerpo no es más que la apariencia visible de una carne viviente que se experimenta a sí misma en la vida, invisible como ella. Sólo esta carne viviente [...] constituye nuestra verdadera realidad, el corazón y el secreto de nuestro ser” [5]. De ahí que, en tanto vivientes, seamos seres de lo invisible, cuya verdadera naturaleza “no se puede comprender en el mundo, desde esas estructuras fenomenológicas a las que se sustrae la vida. Todas esas explicaciones mundanas del hombre que proliferan hoy en día le confieren propiedades que pertenecen a las cosas y olvidan su realidad de viviente (Encarnación, 114).
Claro que esta inversión, por decisiva que sea, no es suficiente. En efecto, el paso desde el cuerpo-mundano a la carne-viviente deja aún sin explicar el fundamento fenomenológico de esta carne que somos. Es decir, deja sin explicar cuál es el estatuto fenomenológico del viviente que somos. Ante lo cual se impone la necesidad del segundo paso -el que propiamente importa a Henry- mediante el cual se hace evidente que, siendo impotente cada viviente para darse a sí su propia vida finita, sólo hay vivientes en virtud de la Vida infinita y todopoderosa (Dios) que los sostiene. De este modo, a la fisura entre lo visible y lo invisible, el cristianismo -en la lectura propuesta por Henry- vendría a agregar una nueva y decisiva fisura que atraviesa al propio viviente en su interioridad invisible: aquella según la cual sólo hay viviente finito en virtud del Viviente infinito que lo sostiene, y que no es otro que Dios. De ahí que los hombres, como se dice en el Evangelio, deben reconocer a Dios como su único Padre, y verse a sí mismo como Hijos de Dios. Con lo cual el cristianismo no hace sino devaluar toda forma de genealogía natural para el hombre -que es justamente lo que propone la filosofía clásica y el entendimiento común- y proponer, en su lugar, una genealogía divina, la única capaz de poner en evidencia nuestra verdadera esencia.
De semejante revelación, dice Henry, no sólo resulta eso que denominamos trastocamiento de la concepción de la naturaleza, sino propiamente el anonadamiento de esta. Ya no hay naturaleza humana, como no hay hombre en el sentido en que desde siempre lo entendemos, a saber: un hombre que tiene una naturaleza propia, propia de los hombres y que les pertenece, una «naturaleza humana». El hombre no es otra cosa que el Hijo de Dios. Su origen reside en Dios, su naturaleza proviene de la de Dios. Al engendrar al hombre como un viviente, dándole una vida que no existe más que en él, Dios le ha dado así la misma naturaleza que la suya: la de la vida. De esta manera es como Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza (Libro del Génesis 1, 26) [...] Tal es la nueva definición del hombre y de su verdadera condición, la de un viviente engendrado en la vida invisible y absoluta de Dios (Palabras de Cristo, 66-67).
De ahí el absurdo al que daría lugar todo ‘humanismo’ salido de la matriz del pensamiento griego, que al ignorar sistemáticamente la condición de viviente del hombre termina por hacer de éste no sólo un ser-del-mundo (como vendría a suceder, por ejemplo, en la definición del hombre como animal rationale, en la que de entrada se lo piensa como parte de lo natural-mundano) sino que lo empuja a tomarse a sí mismo -concretamente en la época moderna- como fundamento y fuente de su propio ser [6]. Él, que en cuanto viviente sólo viene a la vida y se mantiene en ella en virtud, no de sus propias fuerzas, sino del poder de la Vida infinita que es Dios (al que Cristo nos enseña a llamar justamente Padre), a sus propios ojos termina por convertirse, en una inversión total, en Sujeto todopoderoso, fuente de su condición de viviente, de su propio yo. Expresiones tales como ‘mi vida es mía’ o ‘mi cuerpo es mío y por consiguiente hago con él lo que quiero’ serían expresión de esta “creencia de suyo demencial” como la califica Henry (Palabras de Cristo, 138), en la que al desconocer nuestra condición de vivientes o Hijos de Dios desconocemos a Dios mismo, Vida infinita en la que ‘somos, vivimos y existimos’.
Así, lo que en el predominio unilateral de la interpretación griega-occidental queda obscurecido es nada menos que la esencia genuina del hombre, cuya final auto-glorificación como Sujeto todopoderoso es sólo el revestimiento con el que se cubre, apenas, su reducción a “una cosa muerta, una red de neuronas, un haz de procesos naturales” en virtud de los cuales se los trata “matemáticamente, informáticamente, estadísticamente, contados como bestias y contando mucho menos que ellas” (Yo soy la Verdad, 315).
En este sentido, el desafío de una filosofía cristiana -acerca de cuya posibilidad y legitimidad es necesario preguntarse- consistiría en la recuperación de esa cultura judeocristiana, alternativa a la racional-tecnológica del occidente griego, que tiene en las Palabras de Cristo (título del último libro de Henry) el descubrimiento de una verdad más esencial. Verdad que no es sino Dios mismo, cuyo Verbo habla en el “corazón” de cada uno de nosotros al mismo tiempo que nos hace vivir como los vivientes que somos. Sólo allí encontraremos, entonces, la salvación para aquella sombra de la muerte que, según Henry, “por doquier crece y se extiende sobre el mundo” (Yo soy la Verdad, 315).
[1] En lo que sigue utilizaremos las tres últimas obras publicadas por Henry, todas ellas dedicadas el problema del cristianismo y su enfrentamiento con el saber proprio de la filosofía clásica y de las ciencias modernas de la vida. Se trata de Yo soy la verdad. Para una filosofía del cristianismo, Sígueme, 20001 (publicada originalmente el año 1996), Encarnación. Una filosofía de la carne, Sígueme, 2001 (publicada originalmente el año 2000) y Palabras de Cristo, Sígueme, 2004 (publicada originalmente el año 2002). No hacemos mención, en consecuencia, de sus obras previas, dedicadas a la fenomenología del cuerpo, al marxismo y al psicoanálisis.
[2] El uso de la expresion ‘destrucción de la ontología tradicional’, de Heidegger, no significa que Michel Henry asuma la filosofía de éste de un modo acrítico. De hecho, dedica largas páginas -en especial de su obra Encarnación- a criticar las limitaciones presentes en Ser y Tiempo y del grado en que el análisis acerca del Dasein y de la verdad que allí se desarrolla formaría parte de ese modo de pensar al que el cristianismo vendría a oponerse radicalmente. Pese a todo lo cual es posible reconocer importantes coincidencias entre ambos pensadores. Un análisis detallado de esta importante cuestión, sin embargo, no es posible por ahora, aunque supondría una confrontación no sólo con Ser y Tiempo sino de aquellas lecciones previas a esta obra -en especial la recientemente traducida Introducción a la fenomenología de la religión- en las que Heidegger se ocupa del fenómeno de la existencia en el cristianismo de los orígenes.
[3] Sin necesidad de entrar en un análisis más detallado de la cuestión, resultan más o menos evidentes las correspondencias y las diferencias con el modo en que esta decisiva cuestión de la relación entre fe y filosofía clásica es abordada por el Magisterio católico. Pienso, sobre todo, en la importante encíclica Fides et Ratio de Juan Pablo II y su insistencia no sólo en la necesidad de calibrar los aportes posibles desde la filosofía sino, sobre todo, en la necesidad de permanecer fiel a determinados autores y a cierta forma de entender el oficio filosófico; concretamente pienso en la figura emblemática de Tomás de Aquino. Algo análogo puede decirse, a su vez, de las reflexiones del entonces cardenal Ratzinger en su libro, Fe, verdad y tolerancia (Salamanca, 2005), donde junto con destacar lo ‘providencial’ del encuentro entre el mensaje evangélico y la metafísica griega advierte acerca de las dificultades presentes en el proceso de convergencia de ambos.
[4] Palabras de Cristo, 108
[5] Palabras de Cristo, 30-31
[6] Un análisis crítico de esta particular manera de interpretar esa clásica definción del hombre supondría, en todo caso, advertir de otras formas actuales de recuperar esa misma definición en las que -a diferencia de lo que sucede en Henry- se advierten sobre todo las descontinuidades entre el animal rationale y el cogito ergo sum moderno. Pienso, sobre todo, en los escritos del filósofo católico Robert Spaemann; en especial Lo natural y lo racional (Madrid, 1985) y Personas. Acerca de la distinción entre algo y alguien (Madrid, 2000).
Cristianismo y metafísica de la presencia
Aportaciones desde la fenomenología de M. Henry
Rodrigo Frías Urrea
Verdad y mundo
En medio de las numerosas teorías actuales sobre la existencia humana -los llamados existencialismos- es relativamente difícil encontrar una reflexión sobre el hombre que no dependa, en menor o mayor medida, de los decisivos aportes arrojados por la fenomenología de Husserl y la la hermenéutica de la existencia desarrollada por Martin Heidegger. El caso de la filosofía francesa de la segunda mitad del siglo XX es, en este sentido, especialmente claro. Pienso, por ejemplo y a propósito de la comprensión heideggeriana del hombre como Dasein, en Sartre y su peculiar forma de entender la existencia como proyecto radicalmente autónomo y autopoiético; o, más recientemente, en Foucault o Derrida y el proyecto de deconstrucción de toda idea de naturaleza humana -y, consecuentemente, de toda ‘ética’- de cuño metafísico. El punto decisivo, con todo, no es principalmente el hecho que la filosofía francesa de los últimos cincuenta años no sea sino una especie de ‘prolongación’, más o menos crítica, de la filosofía alemana de la primera mitad del siglo pasado; o lo que es lo mismo, que la actual filosofía francesa sea incomprensible sin Husserl y Heidegger, cuanto que esa prolongación sea casi siempre de un marcado carácter ‘nihilista’. Es decir, donde -a diferencia, por ejemplo, de lo que sucede con Gadamer, en el contexto alemán, o con Severino, en el contexto italiano- el carácter ‘crítico-destructivo’ de la fenomenología y de la hermenéutica en relación a la metafísica clásica sirve al proyecto de la llamada desconstrucción, en la que toda presencia se disuelve irremisiblemente.
De ahí que la originalidad del filósofo francés Michel Henry (Vietnam 1922 – Francia 2002) [1] no radique tanto en las fuentes que alimentan su reflexión sino en el modo completamente particular de prolongar la rica herencia que recoge . En efecto, su asunción de la crítica a la metafísica presente en Husserl y Heidegger (es decir, la crítica de aquel modo de pensar lo real y su fundamento, que comienza con los griegos y se prolonga, de modo especial, en la ciencia moderna), tiene como propósito último no tanto mostrar los límites de ese modo de pensar cuanto recuperar la original concepción cristiana de lo real, del hombre y de Dios que dicha metafísica, a su juicio, habría obscurecido. Dicho de otro modo, cuando Henry asume la ‘destrucción de la ontología tradicional’ (para usar la expresión de Heidegger) lo hace para mostrar que la idea del fin de la metafísica no nos arroja simplemente en medio del desamparo de la falta-de-pensamiento sino que, muy por el contrario, constituye la ocasión para recuperar aquella liberadora comprensión de Dios y del hombre presente en el cristianismo no-metafísico de los orígenes, según podría verse, de modo especial, en las Cartas de San Pablo y en el Evangelio según San Juan (en especial en su Prólogo) [2].
Así, lo que el filósofo cristiano Henry intenta mostrar son dos cosas de decisiva importancia para la cuestión de una posible filosofía cristiana. Primero, que la crítica a la metafísica desarrollada por Husserl y Heidegger (y que, en lo que se refiere a este último, tienen un antecedente importantísimo en Nietzsche) es de una extraordinaria ayuda al propio cristianismo, pues no hace otra cosa que -si se lo usa prudentemente y en la orientación correcta- liberarlo de un peso que obscurece su luz más genuina. Así, un pensamiento auténticamente cristiano no tiene por qué obstinarse en las formas clásicas (esto es, metafísicas) de pensar lo real, al hombre y a Dios, precisamente porque, según nuestro autor, el cristianismo ha situado “a la filosofía tradicional y su corpus canónico ante sus límites, por no decir ante su ceguera” (Palabras de Cristo, 101)[3]. Y segundo, en correspondencia con esto, que la salida a la difícil situación en que nos pone el fin de la metafísica no se alcanza ni en el abandono de toda forma de identidad personal en medio de la ausencia de Dios (como quiere el pensamiento postmoderno de corte nihilista) ni, mucho menos, arrojándonos en los brazos del modo de pensar propio de la técnica moderna (para la que el hombre no es sino un sofisticado animal de producción y consumo, carente de interioridad, y Dios sólo una palabra vacía) sino, por el contrario, en aquello que, por mucho tiempo, el pensamiento racional se ha negado a considerar como una de sus posibilidades: la recuperación de aquello que habla en el mensaje evangélico.
En otras palabras, para Henry no sólo se trataría de advertir las limitaciones insuperables de la metafísica clásica cuanto de recuperar la comprensión de lo real -y del hombre en particular- que el cristianismo trae consigo. En especial en lo que se refiere al concepto de verdad.
La tesis central de Henry acerca de la verdad puede resumirse así: ni el pensamiento filosófico clásico ni la ciencia moderna (que no es otra cosa que su prolongación) saben ni pueden saber lo que es la esencia genuina de lo real (ni, por lo mismo, del hombre y de Dios), pues ambas parten de un determinado concepto de verdad que les niega, de entrada, un tal saber. En efecto, para ambas lo ‘verdadero’ es, ante todo, ‘lo que se muestra’, donde todo ‘aparecer’ posible supone, invariablemente, ese horizonte extático de aparición de ‘lo que se muestra’, que no es otro que el ‘mundo’. Parten, en consecuencia, del supuesto que sólo es ‘verdadero’ lo que es puesto, o más exactamente, arrojado, en ese ‘fuera de sí’ que es el ‘mundo’; es decir, que sólo es verdadero aquello que deviene ‘visible’, a los ojos del cuerpo o a los de la inteligencia (cfr. Palabras de Cristo, 104). Con todo, este ‘ser-empujado-a-la-visibilidad-del-mundo’ (condición para que algo sea ‘real’, ‘visible’, según la filosofía y la ciencia) se alcanza, desde el punto de vista de las cosas, al altísimo precio del propio ser, de su propia sustancia.
Se percibe aquí, dice Henry, la gravedad del ataque que la verdad del mundo dirige contra todo lo que ella permite ver, todo lo que hace verdadero. En la medida en que la verdad es un poner afuera, entonces, apoderándose de todo para hacerlo manifiesto, propiamente lo arroja fuera de sí a cada instante [...] La venida al aparecer en el ‘fuera de sí’ del mundo significa más bien que es la cosa misma la que se encuentra arrojada fuera de sí, fracturada, quebrada, escindida de sí, desposeída de su realidad propia, de tal manera que, en lo sucesivo, privada de esta realidad que era la suya, vaciada de su carne, ya no es fuera de sí misma, en la Imagen del mundo, más que su propio despojo, una simple imagen en efecto, película transparente, superficie sin espesor, osamenta de exterioridad desnuda ofrecida a una mirada que resbala sobre ella sin poder penetrar en ella ni alcanzar nada más que una apariencia vacía (Yo soy la Verdad, 27-28).
La filosofía y la ciencia, así, se mueven dentro de ese permitir ver que destruye aquello que hace visible, y que, en consecuencia, sólo conoce los despojos de lo real. En el espacio abierto por la verdad del mundo, en consecuencia, sólo hay lugar para fantasmas o espectros.
¿Dónde buscar la salida, entonces, a esta agresión mundana a lo real? O lo que es lo mismo, ¿dónde y cómo podemos acceder a lo real sin despojarlo de su propia sustancia? Justamente en aquel concepto antitético de verdad que trae consigo el cristianismo, según el cual la vida (la Verdad que es la Vida) consiste, propiamente, en sustraerse a la luz del mundo, de modo que accedemos a lo real, no arrojándolo ‘fuera de sí’, en el ‘mundo’, sino permitiéndole reposar en sí mismo (en la experiencia autopatética e inmanente de sí), en su propia inmediatez ‘invisible’. Lo que viene a decirnos el cristianismo, así, es que lo real es invisible a los ojos del pensamiento (filosófico y científico) en tanto es invisible a la exterioridad propia del mundo (y su expropiante agresividad, que hace de cada cosa que ‘toca’ algo calculable pero vacío de sustancia, pura apariencia); de modo que lo esencial sólo puede ser ‘experimentado’ (de acuerdo a su propio modo de manifestación, su propia fenomenalización), no ‘visto’ en el sentido de puesto-delante. De este modo, cuando la moderna fenomenología distingue, por ejemplo, entre el cuerpo-objeto (visible y calculable en tanto res extensa) y el cuerpo-vivido (que siendo radicalmente invisible en tanto vivo, es el único real, el único propiamente humano) no hace sino recuperar aquella ecuación fundamental que introdujo el cristianismo (donde real es igual a invisible) y que no es sino la inversión del concepto de verdad propio del pensamiento ‘racional’ mundano. Aquí radica el carácter revolucionario del cristianismo.
Lo que invierte brutalmente el cristianismo -dice Henry- es el criterio de todo conocimiento racional que es también el del sentido común. Para él, la verdad no consiste en mostrarse en la verdad del mundo sino, podríamos decir, en todo lo contrario, en sustraerse a ella. Tal es el caso de la vida, que, no mostrándose nunca en un mundo y no dependiendo de él su manifestación, no deja de mostrarse en su carne patética e irrecusable. Esta inversión radical del criterio de toda verdad es una paradoja, pues trastorna completamente los modos de pensar de la humanidad, los de hoy y los de antaño. Aparte de esos modos de pensar, lo que resulta invertido son los modos de decir, los modos de hacer, los comportamientos prácticos de las sociedades así como los de los individuos (Yo soy la Verdad, 228).
El hombre como viviente
El carácter revolucionario del cristianismo, en este sentido, radica ante todo en la afirmación de un Lógos o forma de revelación alternativo al de la filosofía clásica de matriz griega (donde “ya no se trata de la visibilidad del mundo, sino de la auto-revelación de la Vida”)[4] y, por lo mismo, la puesta en evidencia de los supuestos sobre los que se apoya el concepto tradicional y filosófico de verdad. Principalmente, el de la identificación -unilateral, por cierto- de toda ‘manifestación’ o ‘darse’ fenomenológico con el aparecer ‘mundano’, en el que lo decisivo es el hacerse visible de las cosas en el horizonte ex-tático en el ‘afuera’ del mundo. Todo ello con el propósito de mostrar que es imposible para este modo de fenomenización (que supone, como imprescindible, una exterioridad en el que las cosas se hagan ‘visibles’, a los ojos de la inteligencia o de los sentidos) acceder a aquello que -en razón de su propio y distinto modo de ‘darse’ fenomenológico- jamás se ‘muestra’ en el mundo, a saber, la Vida. Y esto, porque la auto-revelación originaria de la Vida -su modo de fenomenización propio- es el fundamento oculto del método fenomenológico clásico, respecto del cual éste es ciego.
De ahí la necesidad de pasar -si queremos acceder a una comprensión genuina de la esencia del viviente que es el hombre- a lo que Henry llama una fenomenología de la carne, único modo de recoger aquello que, según el modo de aparecer del mundo, siempre se sustrae. Pues si desde el punto de vista del concepto tradicional de verdad (y que las modernas ciencias de la vida han llevado a su extremo) lo importante es el ‘cuerpo’ -es decir, aquello que se da en el ‘afuera’ del mundo y puede, en consecuencia, verse y, así, ser sometido a cálculo-, desde el punto de vista de una fenomenología de la vida lo decisivo es la carne. Es decir, aquello que yace, mudo e invisible, fuera del mundo (o, más exactamente hablando, previo a él, a la manera de su fundamento). Se trata, en otras palabras, de realizar una inversión que nos permita “sustituir el aparecer del mundo en el que se nos muestran los cuerpos por el de la vida, en cuya afectividad trascendental es posible toda carne” (Encarnación, 221). Pues sólo de ese modo es posible acceder a una explicación del hombre que no lo piense desde el ‘cuerpo’ (es decir, como a un objeto mundano calculable y manipulable, similar a cualquier otra ‘cosa’ del mundo), sino desde su condición original de viviente carnal, ajeno al mundo.
La relación -dice Henry- entre el mundo y nuestra vida se propone bajo la forma de una oposición radical entre lo visible y lo invisible. El mundo es el reino de lo visible; la vida, el de lo invisible. Al mundo pertenece todo lo que es susceptible de aparecer ante una mirada, de darse en espectáculo en una «luz» que es el mundo mismo. Esta luz surge cuando se distancian las cosas en una “horizonte” de exterioridad sobre una pantalla en la que todas las cosas aparecen para nosotros: en ese «afuera», ese «adelante», ese «ante nosotros», ese «ante los hombres» que el mundo como tal es [...] Ahora bien, esta división radical entre los dos reinos de lo visible y lo invisible nos atañe a nosotros, que pertenecemos tanto al mundo como a la vida. Por una parte, el hombre se muestra en el mundo bajo la forma de un cuerpo objetivo semejante al de las cosas [...] Pero sabemos que el cuerpo no es más que la apariencia visible de una carne viviente que se experimenta a sí misma en la vida, invisible como ella. Sólo esta carne viviente [...] constituye nuestra verdadera realidad, el corazón y el secreto de nuestro ser” [5]. De ahí que, en tanto vivientes, seamos seres de lo invisible, cuya verdadera naturaleza “no se puede comprender en el mundo, desde esas estructuras fenomenológicas a las que se sustrae la vida. Todas esas explicaciones mundanas del hombre que proliferan hoy en día le confieren propiedades que pertenecen a las cosas y olvidan su realidad de viviente (Encarnación, 114).
Claro que esta inversión, por decisiva que sea, no es suficiente. En efecto, el paso desde el cuerpo-mundano a la carne-viviente deja aún sin explicar el fundamento fenomenológico de esta carne que somos. Es decir, deja sin explicar cuál es el estatuto fenomenológico del viviente que somos. Ante lo cual se impone la necesidad del segundo paso -el que propiamente importa a Henry- mediante el cual se hace evidente que, siendo impotente cada viviente para darse a sí su propia vida finita, sólo hay vivientes en virtud de la Vida infinita y todopoderosa (Dios) que los sostiene. De este modo, a la fisura entre lo visible y lo invisible, el cristianismo -en la lectura propuesta por Henry- vendría a agregar una nueva y decisiva fisura que atraviesa al propio viviente en su interioridad invisible: aquella según la cual sólo hay viviente finito en virtud del Viviente infinito que lo sostiene, y que no es otro que Dios. De ahí que los hombres, como se dice en el Evangelio, deben reconocer a Dios como su único Padre, y verse a sí mismo como Hijos de Dios. Con lo cual el cristianismo no hace sino devaluar toda forma de genealogía natural para el hombre -que es justamente lo que propone la filosofía clásica y el entendimiento común- y proponer, en su lugar, una genealogía divina, la única capaz de poner en evidencia nuestra verdadera esencia.
De semejante revelación, dice Henry, no sólo resulta eso que denominamos trastocamiento de la concepción de la naturaleza, sino propiamente el anonadamiento de esta. Ya no hay naturaleza humana, como no hay hombre en el sentido en que desde siempre lo entendemos, a saber: un hombre que tiene una naturaleza propia, propia de los hombres y que les pertenece, una «naturaleza humana». El hombre no es otra cosa que el Hijo de Dios. Su origen reside en Dios, su naturaleza proviene de la de Dios. Al engendrar al hombre como un viviente, dándole una vida que no existe más que en él, Dios le ha dado así la misma naturaleza que la suya: la de la vida. De esta manera es como Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza (Libro del Génesis 1, 26) [...] Tal es la nueva definición del hombre y de su verdadera condición, la de un viviente engendrado en la vida invisible y absoluta de Dios (Palabras de Cristo, 66-67).
De ahí el absurdo al que daría lugar todo ‘humanismo’ salido de la matriz del pensamiento griego, que al ignorar sistemáticamente la condición de viviente del hombre termina por hacer de éste no sólo un ser-del-mundo (como vendría a suceder, por ejemplo, en la definición del hombre como animal rationale, en la que de entrada se lo piensa como parte de lo natural-mundano) sino que lo empuja a tomarse a sí mismo -concretamente en la época moderna- como fundamento y fuente de su propio ser [6]. Él, que en cuanto viviente sólo viene a la vida y se mantiene en ella en virtud, no de sus propias fuerzas, sino del poder de la Vida infinita que es Dios (al que Cristo nos enseña a llamar justamente Padre), a sus propios ojos termina por convertirse, en una inversión total, en Sujeto todopoderoso, fuente de su condición de viviente, de su propio yo. Expresiones tales como ‘mi vida es mía’ o ‘mi cuerpo es mío y por consiguiente hago con él lo que quiero’ serían expresión de esta “creencia de suyo demencial” como la califica Henry (Palabras de Cristo, 138), en la que al desconocer nuestra condición de vivientes o Hijos de Dios desconocemos a Dios mismo, Vida infinita en la que ‘somos, vivimos y existimos’.
Así, lo que en el predominio unilateral de la interpretación griega-occidental queda obscurecido es nada menos que la esencia genuina del hombre, cuya final auto-glorificación como Sujeto todopoderoso es sólo el revestimiento con el que se cubre, apenas, su reducción a “una cosa muerta, una red de neuronas, un haz de procesos naturales” en virtud de los cuales se los trata “matemáticamente, informáticamente, estadísticamente, contados como bestias y contando mucho menos que ellas” (Yo soy la Verdad, 315).
En este sentido, el desafío de una filosofía cristiana -acerca de cuya posibilidad y legitimidad es necesario preguntarse- consistiría en la recuperación de esa cultura judeocristiana, alternativa a la racional-tecnológica del occidente griego, que tiene en las Palabras de Cristo (título del último libro de Henry) el descubrimiento de una verdad más esencial. Verdad que no es sino Dios mismo, cuyo Verbo habla en el “corazón” de cada uno de nosotros al mismo tiempo que nos hace vivir como los vivientes que somos. Sólo allí encontraremos, entonces, la salvación para aquella sombra de la muerte que, según Henry, “por doquier crece y se extiende sobre el mundo” (Yo soy la Verdad, 315).
[1] En lo que sigue utilizaremos las tres últimas obras publicadas por Henry, todas ellas dedicadas el problema del cristianismo y su enfrentamiento con el saber proprio de la filosofía clásica y de las ciencias modernas de la vida. Se trata de Yo soy la verdad. Para una filosofía del cristianismo, Sígueme, 20001 (publicada originalmente el año 1996), Encarnación. Una filosofía de la carne, Sígueme, 2001 (publicada originalmente el año 2000) y Palabras de Cristo, Sígueme, 2004 (publicada originalmente el año 2002). No hacemos mención, en consecuencia, de sus obras previas, dedicadas a la fenomenología del cuerpo, al marxismo y al psicoanálisis.
[2] El uso de la expresion ‘destrucción de la ontología tradicional’, de Heidegger, no significa que Michel Henry asuma la filosofía de éste de un modo acrítico. De hecho, dedica largas páginas -en especial de su obra Encarnación- a criticar las limitaciones presentes en Ser y Tiempo y del grado en que el análisis acerca del Dasein y de la verdad que allí se desarrolla formaría parte de ese modo de pensar al que el cristianismo vendría a oponerse radicalmente. Pese a todo lo cual es posible reconocer importantes coincidencias entre ambos pensadores. Un análisis detallado de esta importante cuestión, sin embargo, no es posible por ahora, aunque supondría una confrontación no sólo con Ser y Tiempo sino de aquellas lecciones previas a esta obra -en especial la recientemente traducida Introducción a la fenomenología de la religión- en las que Heidegger se ocupa del fenómeno de la existencia en el cristianismo de los orígenes.
[3] Sin necesidad de entrar en un análisis más detallado de la cuestión, resultan más o menos evidentes las correspondencias y las diferencias con el modo en que esta decisiva cuestión de la relación entre fe y filosofía clásica es abordada por el Magisterio católico. Pienso, sobre todo, en la importante encíclica Fides et Ratio de Juan Pablo II y su insistencia no sólo en la necesidad de calibrar los aportes posibles desde la filosofía sino, sobre todo, en la necesidad de permanecer fiel a determinados autores y a cierta forma de entender el oficio filosófico; concretamente pienso en la figura emblemática de Tomás de Aquino. Algo análogo puede decirse, a su vez, de las reflexiones del entonces cardenal Ratzinger en su libro, Fe, verdad y tolerancia (Salamanca, 2005), donde junto con destacar lo ‘providencial’ del encuentro entre el mensaje evangélico y la metafísica griega advierte acerca de las dificultades presentes en el proceso de convergencia de ambos.
[4] Palabras de Cristo, 108
[5] Palabras de Cristo, 30-31
[6] Un análisis crítico de esta particular manera de interpretar esa clásica definción del hombre supondría, en todo caso, advertir de otras formas actuales de recuperar esa misma definición en las que -a diferencia de lo que sucede en Henry- se advierten sobre todo las descontinuidades entre el animal rationale y el cogito ergo sum moderno. Pienso, sobre todo, en los escritos del filósofo católico Robert Spaemann; en especial Lo natural y lo racional (Madrid, 1985) y Personas. Acerca de la distinción entre algo y alguien (Madrid, 2000).
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