EXPERIENCIA Y PROBACION

Escrito por Carlos Zarraga el Wednesday, 10 de December del 2008 a las 6:42 pm

[1] Sin experiencia no hay realidad, porque no hay manera de construir la realidad. La realidad es algo que hay que ‘experienciar’, ella es algo “dado”, un dato “duro” inconcuso. Sin embargo no es posible tener experiencia de la realidad en su nuda condición de realidad, pues sólo tenemos experiencia de realidad pasando por las cosas[2], solo hay experiencia de cosas reales; puesto que la realidad no es una cosa, sino que “habita” en ellas haciéndolas reales. Por lo mismo se hace necesario “trabajar” (construir) para vaciar la realidad de las cosas en la intelección, no sólo porque ellas están constituidas de, desde, con, hacia y para otras cosas, sino también porque son inteligidas como reales –de suyo reales– según los parámetros propios de la intelección humana que a fuer de orgánica es sentiente, y más aún, porque no podemos experienciar las cosas sino desde la realidad. De allí que todo lo que digamos de la realidad será dicho según el lenguaje que usamos para hablar de las cosas (y no de la realidad), pues sin cosas no habría realidad para nosotros. La realidad en sí misma es un ‘prius’ indiscutible, es algo inapelablemente “dado” a la inteligencia, pues sólo desde allí conocemos, por eso también es una verdad irredargüible que la realidad es el formato con el que aprehendemos y experienciamos las cosas, experienciamos las cosas según la formalidad de realidad. La historia de la filosofía ha oscilado pendularmente entre estos dos sentidos que tiene la realidad: como algo propio de las cosas y como algo propio de la inteligencia. ¿Cómo construir (explicar, argumentar o demostrar), por ejemplo, la realidad del sonido a alguien que jamás ha tenido la experiencia de la audición? No sabemos por qué las cosas suenan, simplemente es así, las cosas suenan y punto. Esto respecto de la realidad del sonido, pero si pensamos en la realidad misma, más allá de cualquier cosa ¿cómo explicar la realidad si no se ha tenido jamás experiencia alguna de lo real? Lo real es lo otro sin más, en su total nudez y la experiencia constituye el vaciado de su realidad en la inteligencia humana o la inversa, y no hay otra manera, así estamos en la realidad sin poder salir de ella, atrapados en el vórtice de la experiencia. ¿Pero qué es exactamente la experiencia? Esta ha sido la piedra de tope de la filosofía, desde donde arrancan todas nuestras verdades y falsedades. Este es el asunto que ahora trataremos apretadamente en estas páginas: el modo primario de habérnoslas con las cosas, es decir, la experiencia de lo real.

El primer acto de la inteligencia lo llamaremos Aprehensión Primordial (AP); en dicho acto yo siento intelectivamente. Allí no sabemos nada, no conocemos qué, no entendemos cómo, todo en ello es inefable, nada podemos decir de lo aprehendido, sólo es un sentir en el que nos sumergimos profundamente, hundiéndose la inteligencia en el contenido “talitativo” de lo sentido, para ser catapultada inmediatamente hacia el ámbito “trascendental” de toda cosa, pues toda cosa es más de lo que encierra su talidad individual. Tal impelencia hacia la profundidad de cada cosa nos saca fuera de la aprehensión primaria, rompiendo su unitario y compacto carácter orgánico en un alejamiento hacia lo otro sentido impresivamente, pues en la AP se sienten las cosas siempre “en función de”, es decir, en hacia, de modo respectivo, de modo “campal”, pues la urdimbre más íntima de las cosas se encuentra tejida con otras cosas, toda cosa es intrínsecamente otra. Las cosas más que cosas reales son en la AP ámbitos de encuentro que nos hacen pre-sentir la hondura de un compromiso mayor al contenido que nos entregan individualmente. La AP nos lanza siempre a un estadio diferente de intelección: la intelección campal del Logos. En el Logos se ejecuta la Aprehensión Simple (AS), en el afán de aprehender el contenido de una cosa frente a otras, en su campo correspondiente. No sabemos lo que es un campo, ni sus dimensiones, simplemente es el estar propiamente constituida la cosa entre y con otras cosas, es el mero “hacia” un horizonte desde el que se perfila el escorzo de cada cosa. En la AP simplemente se actualiza lo real realmente, sin saber aún lo que las cosas son. ¿Esto que quiere decir? Quiere decir que todas las propiedades sentidas se aprehenden como de la cosa, como simplemente “suyas”, todo lo que aprehendo de lo real se aprehende como “lo otro sin más”, en su realidad “en propio” o “de suyo” (Berez). Toda su realidad es suya y no mía. No hay nada más en la AP, salvó el arrastre que ejerce la realidad fluyendo desde sí misma hacia sí misma y que nos retiene como arraigados en ella y nos lanza a sus profundidades: esta es la “fuerza de imposición” de la realidad, la realidad se impone ‘de suyo’. La aprehensión primera de realidad no es más que un “estar” en la realidad sentientemente, un fluir y dejarse llevar, sólo eso. Sentir (intelectivamente) es la manera más genuina de estar en la realidad; allí se da la verdad originaria, la verdad real. Las otras maneras de estar en la realidad sólo son un “re-sentir” lo ya sentido, carentes de la frescura y fuerza que posee la AP.

El Logos, en cambio, intenta (es un ‘intentum’) re-aprehender el contenido de lo ya aprehendido “en realidad”, permaneciendo siempre atado a la AP sentiente. El objetivo del Logos es retener “a firme” la realidad de lo sentido que se escapa fugazmente en la AP. En la inestable AP hay algo real impresivamente fugaz e inexpresivo, sin expresión real. Entonces, como si fuera una mano (Aristóteles) que se hunde en la profundidad de un oscuro cajón el Logos inicia un “tanteo” y lo primero que aprehende “en” el cajón (el campo) es algo unitario, individual y compacto que percibo como un “esto”. Es el percepto de un ‘esto’ realmente distinto de esto otro y esto otro realmente distinto de aquello, sin figura conceptual, sin un ‘eidos’ aún. El “esto” es un algo (aliquid) sentido ‘hic et nunc’, aquí y ahora. La alteridad (otroidad - aliquidad) de lo aprehendido es un carácter formal de todo lo real por el que se constituye en un “esto” real, equivalente a “cosa”, en su sentido más elemental y primario, en una mera función deíctica. Como afirmaban en la escolástica medieval cosa quiere decir algo real (res) con un “que” o talidad. La aproximación del Logos en pos de ese “qué” equivale al tanteo que haría la mano, pasando (peirao, empeiría: experiencia) una y otra vez, recurrentemente sobre las propiedades de cada cosa. Desde lo que “no es” el logos se aproxima, tanteando, prescindiendo y precisando precisivamente “lo que sería” una cosa, construyendo una figura o “eidos”, es decir, con-figurando lo que una cosa es desde su ‘sería o pudiera ser’; este es el intentum propio de la “ficción”. El logos ficciona el contenido de un ‘esto’ en realidad, apoyado por las ficciones que hereda de los demás y que se transmiten a través de la cultura; el Logos en su campalidad no puede ser sino histórico. Como se ve, el término “es” se utiliza en nuestra cultura greco-occidental para “ratificar” lo real como “realmente real” o “real en realidad” o “siendo en realidad”; en español decimos que se trata de hallar lo que una cosa definitivamente “es en realidad”. El logos conjetura lo que una cosa “podría ser” o “sería” (en el mundo de lo “posible”); el logos habla, expresa lo inefable, logos es legein y habla del ser de las cosas como expresión primera de la realidad; de la conjetura el logos forma un parecer definitivo: este el concepto. El concepto es el resultado de la construcción de nuestros fictos. El ficto expresa cómo es una cosa, el concepto expresa qué es una cosa tras el paso de múltiples tanteos o figuraciones. Con ello la inteligencia termina su movimiento de alejamiento envolvente hacia lo campal, para retraerse a la cosa individual juzgando, es decir, afirmando lo que la cosa es en realidad según lo aprehendido en AP. La afirmación es siempre el resultado de una construcción y por ello está expuesta a error, en ella se esconde la posibilidad del error que consiste en confundir “mi parecer” tentativo con lo que la cosa “realmente es”. Puede suceder, por ejemplo, que esto que juzgo como “vino” no sea auténtico, sino parecido a vino, sería un error de autenticación, o bien puede suceder que no sea verdadero lo que afirmo como vino, pues no es vino sino vinagre, sería entonces un error de veredictancia.

La verdad del logos es “dual” porque se da en una correspondencia entre lo aprehendido en AP y lo construido por el Logos. Construcción por cierto irreal; teniendo en cuenta que la irrealidad es el camino forzoso para avanzar en la hondura de la realidad (irrealidad no es estar fuera de la realidad)[3]. La forma primaria de irrealizar la realidad es la ficción de la fantasía con la que construimos figuras posibles de realidad. Podríamos decir que la verdad del logos o verdad lógica es “quoad nos”, pues nada decimos de lo que la cosa es “de suyo” en el mundo (porque esto es propio de la razón), sino sólo de lo que “en realidad es” una cosa para el logos desde lo aprehendido en AP. Decir lo que la cosa es en la realidad del mundo es consecuencia de la aproximación o tanteo que hace la Razón esbozando tentativamente la esencia última de las cosas, en una perspectiva mayor que la perspectiva del Logos. La Razón se pone en marcha pensando, lucubrando teorías, postulando hipótesis, esbozando modelos para llegar “al fondo” de las cosas. Aquello aprehendido (AP) como color verde (Logos) es en el fondo una onda de fotones (Razón); pero esto es teoría, teoría de la razón, un mero postulado cuya verdad hay que poner a prueba una y otra vez para que se constituya en verdad. La AP nos instaura sentiente e intelectivamente en la realidad, pero la aprehensión primordial no se agota en ser aprehensión de realidad, además es aprehensión de un contenido, un contenido cuya riqueza, profundidad y fuerza nos sumergen en un compromiso cósmico que ponen en movimiento a la inteligencia en pos de una aprehensión plenaria del contenido real de la realidad de las cosas en la que ha quedado simplemente instaurado (el término apropiado es “estar). Este movimiento es un intentum de apropiación cuyo término es la verdad plena o pleno conocimiento. Se trata de un movimiento tentativo de ensayos y aproximaciones en pos de la adecuación perfecta que llamamos verdad. Este estado “aproximado” de realidad es lo que denominamos “irrealidad” y no coincide con la falta de realidad o arrealidad, sino que estamos en la realidad irrealmente. Por ello el estado habitual de la inteligencia es la “inadecuación” respecto de la verdad. La inadecuación es el estado propio de una inteligencia tentativa y errante, lo que no equivale a error, aunque el error sea una forma de inadecuación. Esta actividad tendente (intenciones lógicas) y constructiva de la realidad es la irrealización de ella. Construimos perceptos, fictos, conceptos, juicios, modelos, teorías, proyectos etc. Y con ellos realizamos un tanteo de realidad que denominamos “experiencia”. La experiencia no es sentir, aunque sin sentir no hay experiencia. La experiencia no es empírica. La palabra adecuada sería re-sentir, pero por desgracia este término evoca el sentimiento del resentimiento y por ello no nos sirve. Pero podemos usar el término “captar”. Sentir es captar la realidad, en cambio con la experiencia podemos per-captar, recapturar la realidad, percatándonos de la efectiva realidad de algo. Y esto es posible porque insistimos en ella, en una re-currencia o vuelta sobre la AP. Una inteligencia especialmente recurrente es, según se dice, una inteligencia “ocurrente”. En la SA o AS de realidad, propia del Logos, no sentimos propiamente, sino percibimos la realidad. Desde las múltiples sensaciones que fluyen desde las cosas, en constelaciones de notas, percibimos la simple mismidad unitaria de ella como un “esto”, lo que viene siendo un percepto. El percepto es el primer constructo mental irreal. Aristóteles mencionaba el papel de la memoria o retentiva (mneme) en la formación de la experiencia, pero sólo es una condición más de ella. La experiencia como tanteo o probación (en el sentido de “cateo”, como catar un vino) de la realidad sólo es posible sobre la construcción irreal de un proyecto mental, tales como los perceptos, fictos o conceptos. En la experiencia sometemos a probación las cosas desde la figuración irreal que hacemos de ellas; aunque se parece al experimentar no coincide con ello, pues el experimentar es sólo un tipo de experiencia dirigida por la razón, experimentamos para convertir algo observado en un hecho real. El verbo de experiencia es propiamente el “experienciar”. No hay experiencia sin irrealidad. La experiencia comienza a tejerse en el Logos y es propia de la Razón y no reside en la AP.

Impresión de realidad (AP), Logos y Razón no son etapas de un proceso (aunque nada impide que exista), sino momentos de una estructura intelectiva que se dan a una, aunadamente, cuando se dan. Quien ha conquistado el nivel de la razón no pasa por estas tres etapas cuando intelige, sino que la intelección sentiente primordial se da desde el Logos o la Razón, dependiendo dónde se encuentre la inteligencia en un momento dado. Así pues, cuando decimos “anda a que te vea un médico”, no se trata de que el médico nos vea con sus ojos, sino que la mirada de sus ojos es una mirada desde un logos-racional (médico) avezado en el intento de ver las cosas tal cual “son en realidad” y en lo que “realmente son en el fondo”; todo ello “de una sola mirada”. Debemos tener cuidado en no confundir “proceso” con “estructura” cuando hablamos de la intelección humana. De hecho la inteligencia no permanece un sólo instante siquiera en la AP (ello hizo pensar en un mero “paso” por la sensibilidad), sino que habita permanentemente en el Logos asistido por la Razón, un Logos siempre Sentiente (la teoría del “paso” de los sentidos a la inteligencia resulta inadmisible del todo). No es que estemos sentientemente en la realidad y a partir de aquí funcione el Logos; sino que estamos sentientemente en la realidad desde el Logos o la Razón, es decir, estamos habitualmente experienciando la realidad en cada aprehensión primaria, porque es del todo imposible tener una sensación a secas, empírica sin más. A final de cuentas lo que se ha conseguido con estas distinciones no altera en nada el hecho de que cada vez que sentimos tenemos una experiencia, por muy elemental, efímera, parcial o imperfecta que sea. Si en el logos obtenemos un qué, en la experiencia de razón podemos responder al por qué de las cosas aprehendidas en intelección sentiente.

Hay experiencia de las cosas y de las personas, de otros y de nosotros mismos y también de Dios. Constantemente pasamos por la experiencia de someternos a prueba basados en la figuración que hacemos de nosotros mismos, por ejemplo, ponemos a prueba nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestros sentimientos, nuestra fidelidad, nuestra hombría, nuestro amor…Pues no sería posible la experiencia del amor si no me figurara antes lo que es tener amor. La realidad jamás es aprehendida en forma íntegra, ello fuerza a la figuración irreal, a la composición irreal. Sin embargo no podemos figurar la realidad misma en tanto realidad, como si todo en la sensación fuera irrealidad, porque no hay construcción mental posible que nos pueda conducir a la realidad misma, como por ejemplo, no hay razonamiento o explicación posible que puedan revelar la realidad del color a un ciego de nacimiento. Por ello la realidad constituye un “prius” absolutamente dado en impresión sentiente, la realidad se siente y si no sintiéramos no habría forma de construirla mentalmente. Pero además toda experiencia es recurrente. Hay muchas formas de recurrencia y construcción experiencial; una forma de recurrencia configuradora es la del quién-esto y otra la de qué-idea. Para Zubiri la idea es una figuración irreal de lo que una cosa sería y corresponde a su figura unitaria y constante recabada a través de múltiples sensaciones intelectivas. Las ideas son fijaciones permanentes de una realidad que no es permanente. Con una idea (previa) captamos lo que sería o vendría a ser una cosa permanentemente, desde una idea co-captamos o concebimos una cosa hasta llegar a su concepto. Es extraño, pero según Zubiri vamos al concepto desde una idea. La concepción (o conceptuación) es el resultado final del ensayo de nuestras ideas. Faltos de una probación o de experiencia, tenemos ideas sin conceptos (hay que mencionar que en Sudamérica usamos el idioma al revés: podemos tener conceptos sin tener mayor idea de lo que ese concepto representa). Percepción y concepción son formas primarias de construcción mental y que permiten una primera forma de experiencia: la “constatación” de lo que una cosa es en realidad frente a nuestras figuraciones, asunto que corresponde a la verificación o ‘verum facere’ de un juicio.

Experienciar no es sentir, pero sin sentir no hay experiencia. En el sentir hay un dato duro, en el sentir hay algo dado, pero en la experiencia hay algo “logrado”. Lo sensible es siempre variable, fragmentario y fugaz (Aristóteles), en cambio en la experiencia se aprehende algo unitario, fijo, estable. Por eso Aristóteles creyó que la experiencia estaba vertebrada por la retentiva y lo llamó ‘empeiría’. Pero la experiencia no sólo es “empírica” (sensible) sino además es experiencia de lo “real”. No debemos olvidar esto. De modo que no es sólo retentividad de cualidades sensibles, sino más que eso. Un animal puede tener ‘empeiría’, pero no puede experienciar realmente sus aprehensiones sensibles. En sentido estricto, entonces los animales no tienen experiencia, aunque tengan memoria y aprendizaje; pues no aprenden de lo que han aprehendido y recuerdan para cambiar con ello sus vidas, un burro no puede ser más o menos burro de lo que ya es. Alguien experienciado o con experiencia no sólo percibe y recuerda, sino que posee una intelección más profunda de la realidad que otros que sólo tienen ideas o figuraciones de la realidad sin la experiencia suficiente de lo que se figuran. Porque la figuración o configuración del perfil real de una cosa queda determinado siempre por otras cosas campalmente inscritas en ella, pues el estar de las cosas es un estar-con otras, por eso la inteligencia debe con-figurar y esto sucede en la SA, para luego constatar que esa configuración posible “es en realidad” lo que pensábamos. En cambio la experiencia de lo que la cosa es en la realidad es lo que X. Zubiri denomina propiamente probación y no mera constatación. Hay muchas clases de probación. La primera y más conocida es el experimento, otra es la comprobación; se comprueba la realidad de una verdad previamente postulada. Pero hay otras experiencias como la experiencia alegórica o parabólica que finge una realidad para transmitir una doctrina, como los mitos creados en la antigüedad o la experiencia fantástica de la literatura. Si la experiencia requiere constatación o probación de lo ya figurado, es lógico concluir que jamás tendremos experiencia de la muerte, de nuestra propia muerte.

Con lo dicho es evidente que la verdad se construye “érgicamente”, se elabora, se configura desde lo aprehendido sentientemente en pos de su plena evidencia o posesión efectiva. La e-videncia se consigue desde allí y por eso más bien parece ‘ex–videncia’. Pero esta configuración no “le va de suyo” a la realidad de las cosas, pues a ellas no les va ni les viene ser inteligidas. Por ello se califica a esta construcción de “irreal”. La irrealidad, sin embargo, es algo “de” lo real, pero en tanto inteligido. Dicho de otra manera, lo irreal es algo real y no arreal. No podemos añadir ni quitarle realidad a lo real como tampoco vamos hacia la realidad ni podemos salir de ella. Lo irreal es un modo de estar en la realidad, un modo ‘érgico’ de la inteligencia y por eso se dice que la inteligencia es “noérgica”. ¿Por qué “noergia” y no simplemente “noesis”? Porque el “noein” o acto de la inteligencia (nous) es un acto de elaboración, construcción o trabajo (ergon) y no una mera presencia o patentización. Lo único simplemente “dado” es la realidad en impresión sentiente (intelectivo-sentiente), pero en ella no hay “evidencia”, es decir, la realidad no se hace patente, sólo “está” y por eso “actualidad” no es presencia, porque toda presencia mienta el ser de algo, de modo que la verdad antes que ser presencia es actualidad. En la aprehensión primordial de realidad se produce una coactualidad como fusión indiferenciada hombre-realidad. Cae uno, entonces, en el pozo profundo de la realidad de las cosas.

Al inteligir construimos el contenido real de la realidad aprehendida; sólo en esta medida hacemos la verdad o la falseamos. La percepción de un percepto, la ficción de un ficto y la figuración de una idea en pos de un concepto son irrealidades. La modelación de modelos de comprensión, como teoremas o definiciones, la estructuración de hipótesis, como teorías y la creación de postulados o paradigmas, como axiomas o leyes son irrealidades. Toda ley es una postulación irreal de la realidad inteligida; por eso es absurdo hablar de una ley natural, porque no hay nada natural en una ley. En la ciencia actual el observador no permanece pasivo, meramente receptivo en la observación del mundo, sino que actúa y participa en la observación “haciendo” las verdades; la verdad queda determinada por la posición del observador (Kant). De este modo la ficción matemática, literaria o jurídica consiste en una figuración irreal de un contenido mental; es la figuración del “cómo” puede ser o sería una cosa. Se ficciona para “realizar” la verdad o un proyecto vital. Sólo el hombre, como realidad que consiste en su propia realización individual ficciona para realizar en sí mismo la figura de su realidad, para auto-realizarse. La realización de la verdad no acaba en la ficción, ideación, teorización o postulación de leyes, sino que en la “probación” de ellas. Probación es someter a prueba tales irrealidades, por ejemplo, ver si calza un modelo económico con la realidad económica del momento. Esta probación es esencial a la tentativa o ensayo de la libre creación de la inteligencia para acercarse a la verdad. La probación es el momento esencial a toda experiencia de realidad, la que, por cierto, conlleva en sí misma una vuelta permanente (o mejor dicho “inmanente” a fuer de constitutiva) a la aprehensión primordial, pasando por la instancia campal del logos.

La experiencia humana no es empírica ni es sensible, sino que real. La experiencia humana tampoco está en la AP, sino desde el logos (experiencia primaria del percepto ficto e idea) se constituye propiamente en la razón (experiencia ulterior de modelos, hipótesis y postulados). La experiencia está constituida por la probación y sólo hay probación de una figuración irreal.[4] Figuración y probación constituyen la experiencia en la realización de la verdad. La verdad se construye, se crea o realiza en la inteligencia. Sin constatación la ficción permanece sólo como ficción y sin probación una teoría permanece como mera hipótesis. Pero no sólo hay experiencia de la realidad inteligida, también hay experiencia de la realidad sentida, sentida realmente, es decir, experiencia de un sentimiento, por ejemplo, experiencia de amor o de temor. Así para experienciar el amor es necesario la ficción correspondiente. Todo amor, por una parte es afección de realidad, alteración del tono vital y por otra es una manera de aprehender la realidad de lo sentido. No hay otra forma de instauración en la realidad que en la AP, que comienza siendo impresión de las propiedades reales de las cosas en impresión sentida de realidad; y sí sucede con el amor entre personas, siempre comienza por ser amor de las propiedades reales de otra persona, propiedades que me afectan y me alteran y por la línea del gusto, me atraen y me complacen. Sin embargo la impresión de realidad siempre es construida en recurrencia, lo que constituye la percepción real y no la mera sensación, percepción unitaria de realidad: “esto” me atrae, aquello no me atrae. El amor entonces es vuelve amor por la realidad que posee tales propiedades. A esta primera afección de propiedades solemos llamarlo enamoramiento, se trata de un “pathos” y a lo segundo solemos llamarlo amor, como sentimiento, amor por la persona misma poseedora de esas propiedades. Propiedades que adquieren un sentido, un carácter irreal, como es el carácter de buenas, bellas, interesantes, divertidas, agradables etc. Experienciar el amor es realizar la probación constante de la figura irreal de lo que uno siente por otra persona en la fluencia recurrente de múltiples momentos de la vida, por ejemplo, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y el sufrimiento, en la desgracia y el bienestar…Desde las propiedades llegamos a la realidad misma que posee esas propiedades en propio. Pero no se trata de las propiedades sin más, sino en tanto adquieren la condición de “posibilidades” de realización personal. Las propiedades son buenas, útiles, gratas, benéficas…, y desde allí nace el amor por esa realidad posibilitante. Las personas llegan por este camino a ser queridas por sí mismas, aún cuando pierdan las propiedades que dieron origen al amor, es decir, aunque ya no exista esa atracción del enamoramiento. Por esta misma línea de consideraciones podemos ver que uno de los peligros de la infancia radica, precisamente, en la falta de temor en situaciones de riesgo debido a la inexperiencia de la edad. La experiencia del temor requiere la recurrencia y la ficción de lo riesgoso. La realidad debe percibirse en su condición (irreal) de riesgosa o peligrosa para engendrar el sentimiento de temor. Pero ello requiere retentiva, recurrencia y ficción. Igual cosa sucede con el amor. En la infancia no hay experiencia sólida de amor; sólo amores volátiles.

En cuanto a la realidad de las cosas en su devenir ¿podríamos decir que toda experiencia es experiencia de los hechos de la realidad? ¿Cuándo declaramos que algo es un hecho, lo hacemos porque hay constatación o probación de aquello? Un hecho es obviamente un ‘positum’[5], algo puesto ante la inteligencia, algo presente a la inteligencia. Podríamos llamarlo sin mayor dificultad algo “observable”. Pero no todo ‘positum’ es un hecho; para que sea además un hecho debe ser de suyo observable por cualquiera, aunque no haya sido observado más que por uno. Pues si la observación acaba sólo en un individuo, pero no es observable por los demás, eso jamás podrá constituir un hecho sino tan sólo un ‘positum’, como los momentos de exclusiva intimidad en nuestras vidas. Estas cosas no constituyen hechos. En consecuencia, hecho no es sinónimo de realidad experienciada. La experiencia de un hecho exige, además de la recurrencia, la concurrencia pública; si los demás no pueden concurrir a la observación de un ‘positum’, ese ‘positum’ no se constituye en un hecho. Aquí se manifiesta el carácter público de la verdad, lo que lleva a la necesidad de publicar las verdades descubiertas para que ellas se constituyan propiamente en verdades. Una verdad sólo mía no tiene fuerza de verdad. Para que haya experiencia de un hecho no sólo ha de haber un ‘momentum’ irreal – ficto o teoría — ante el cual realizar la constatación y probación de ese hecho, sino además recurrencia y concurrencia pública. De aquí brota algo esencial para toda ciencia: la necesidad de un método, de una vía o camino de acceso público hacia un hecho, es decir, que este hecho pueda ser experienciado públicamente y llegue a constituir así una verdad científica. La columna vertebral de toda ciencia es su método.


[1] Cfr. X. Zubiri. “Inteligencia Sentiente” (1980); “Inteligencia y Logos (1982); “Inteligencia y Razón (1983). Alianza Editorial. Sociedad de Estudios y Publicaciones. Madrid. España.

[2] Experiencia es una palabra que proviene del verbo griego “Peirao” que significa, salir, pasar, atravesar; de allí viene “empeiria”; y en español nace empírico, experto, poro, aporía, puerto, perito. Para experienciar la realidad hemos de pasar por las cosas. La tesis tradicional greco-latina, sin embargo, interpreta esto como un paso obligado a través de los sentidos, entendiéndose la experiencia como una experiencia sensible.

[3] Cfr. X. Zubiri. “El hombre: lo real y lo irreal” (2005). 1976. Alianza Editorial. Sociedad de Estudios y Publicaciones. Madrid. España.

[4] “Probación es probar cómo se inserta el mundo en el campo. La probación es probación de la realidad campal desde la realidad profunda o mundanal” ( IR Pág. 235)

[5] X. Zubiri. Inteligencia y Razón. 1983. Págs. 180-186

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Soy Carlos Zárraga Olavarría, nacido en Puerto Montt, Chile, filósofo, profesor universitario.

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